Primeras páginas

Estamos de inauguraciones y lo regalamos. A Últimas Lecturas se suman estas Primeras Páginas, una sección cuyo propósito es ese justamente, ofrecer la lectura de primeros capítulos (o páginas no tan sueltas), tanto de obra propia como de aquellas que se consideren interesantes por la administración de este blog, o sea: mi menda.

Y como menda y este cura son la misma persona (¡al fin, secreto desentrañado!), empezamos por el capítulo primero de mi última novela publicada, Almirante en Tierra Firme.

Que os sea leve:

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I

Vuestra Merced quiere saber, y para saber ha culminado sano y salvo, por gracia de Dios, un largo viaje desde la ciudad española de Cádiz hasta el reino de Nueva Granada y esta plaza de Cartagena de Indias, donde le tienen encomendado investigar qué cosas de mérito y con buen criterio hiciera don Blas de Lezo y Olavarrieta, Comandante General de las tropas de mar y tierra que defendieron esta parte del imperio y de Tierra Firme contra la Armada de Vernon, la tremenda inglesada del año cuarenta y uno.

Y dice Vuestra Merced, muy bien dicho, que todas estas averiguaciones y diligencias, protocolos, memorias y datas le han sido encomendadas por la Audiencia de Cádiz bajo real orden de nuestro serenísimo don Carlos III, a quien la Providencia guarde muchos años. Y que el objeto de las mismas es rehabilitar completamente y sin tacha alguna, por resolución de este juicio de residencia póstumo,[1] el nombre y la memoria de don Blas de Lezo. También se dilucida en la presente causa si cabe otorgar el marquesado de Oviedo al primogénito de don Blas de Lezo, quien resulta ser don Blas Fernando Josef Tomás de Lezo y Pacheco, hijo legítimo del almirante y de su esposa doña Josefa Mónica Pacheco y Bustios.

Y a más decir, dice Vuestra Merced que con el resultado de todo ello se proveerá y, en su caso, han de servir el título nobiliario y otros agasajos y recompensas que tiene pensados Su Majestad para fijar a perpetuo la buena fama, honor y gratitud que España debe al Comandante General de Cartagena de Indias.

Todo lo cual me alegra e infunde excelente ánimo, pues desde hace mucho he mantenido la ilusión de que al fin, de una vez y por todas, se dignaran las autoridades y administración del imperio enviar delegados que se interesasen por la verdad de lo sucedido en aquellos tiempos de guerra, y sin prejuicios ni intención avisada ni mucho menos malmetencias quisieran saber tal como Vuestra Merced quiere saber.

Mas sepa antes Vuestra Merced quién soy yo y por qué comparezco en esta causa.


Pues es mi nombre Miguel Santillana, hijo de Miguel y Genoveva, natural de Cartagena de Indias y de treinta y ocho años de edad cumplidos, ya puesto en hacer los treinta y nueve y todos los que Dios Nuestro Señor tenga a bien concederme en este mundo.

Sepa que mi profesión es la de guarnicionero, tal como fue la de mi padre. Aunque no siempre ejercí este oficio, pues los ires y venires de la vida, los azares del mar y otras peripecias, entre las cuales hace bulto la guerra contra el inglés, me tuvieron ocupado buena parte del tiempo, absorbidos mis afanes, inteligencia y voluntad por la atención que requieren las tareas de buen corso en tierra, criado al servicio de honorable señor, vigía de fortín y tasador de efectos y estibas por cuenta de la Casa de Comercio Ultramarino. A todas esas labores me dediqué antes de sentar plaza como guarnicionero, y a otras que no menciono para que Vuestra Merced no tome mal concepto de mí.

Hace nueve años contraje matrimonio, ordené mis pasos en este mundo, dejé algunos provechos y ciertas amistades y costumbres que sin duda no convenían a un hombre casado y determiné ser persona del todo cabal, atento esposo y rectísimo padre de las criaturas que mi mujer empezó a traer a este mundo en cuanto salimos de la vicaría.

Nunca mejor dicho el refrán, porque mi amable esposa, la parda[2] y muy bella Eloísa, acudió ante el sacerdote que nos unió en matrimonio con la barriga tan crecida que el mismo clérigo se apresuraba muy mucho en dar los sanctus y bendiciones y nos declaró marido y mujer a los ojos de los hombres y del Altísimo antes de lo que tarda un cristiano en santiguarse, todo ello por temor a que Eloísa se pusiera a la faena de parir en la misma sacristía, cosa que a Dios gracias no sucedió.

Nuestro primogénito, que tiene por nombre el de su padre y su abuelo, nació cuatro días después de la boda, y sepa Vuestra Merced que desde ese momento no ha habido época del año en que mi Eloísa no se encontrara encinta o me recibiese para estarlo pronto, pues se ha dado tal maña en darme descendencia que, a la presente, soy progenitor de ocho vástagos, cinco hombres y tres niñas, y los que en el futuro quiera la Suprema Misericordia enviarnos para bendecir esta santa unión, muy santa y muy fértil, que me ha convertido en persona íntegra, vecino a sosiego de su hogar y su trabajo en el barrio de Getsemaní de esta plaza, padre vigilante y solícito esposo de una real hembra que trae hijos al mundo cual si fuese coneja de cría, dicho sea esto último con el debido respeto a Vuestra Merced y sin menoscabo del que debo a la madre de mis ocho descendientes. Es hablar por hablar.

No tema Vuestra Merced, sin embargo, que salga demasiado hablador y acabe por contarle mi vida entera. Nada más lejos de mis intenciones. Referir estos hechos sobre mi persona y circunstancias tiene su motivo y explicación: que Vuestra Merced se haga una idea del hombre que soy y del hombre que fui, cómo sería mi existencia y cuáles mis inquietudes hace casi veinte años, cuando entré al servicio de don Blas de Lezo y de su esposa doña Josefa en la casa que ocupaban muy junto a la muralla del sur. Allí se me acogió como mozo de recados para lo doméstico y mandadero de confianza para asuntos oficiales del almirante; algunos de ellos no tan oficiales pero siempre importantes y de delicada ejecución.

Por eso estoy aquí, en el día de la fecha, ante Vuestra Merced. Porque muy pocos conocimos los interiores de aquella casa, quién entraba y quién salía, con quién se entrevistaba el comandante general y quienes evitaban pasar por sus mansiones, precavidos como si allí habitaran apestados. Salvo la criada Jacinta, de la que más luego hablaré a Vuestra Merced, nadie como yo condujo y devolvió tantos documentos, cartas, memorias y peticiones, ni hizo tantos encargos para mis señores, unos a la luz del día y otros a cobijo de la noche, sigiloso y con temor a ser descubierto, apresado y llevado ante el virrey don Sebastián Eslava y Lazaga, quien por esa época era ya público y declarado enemigo de don Blas de Lezo.

Por eso he venido, porque Vuestra Merced quiere saber y yo sé.

Acerca de los últimos tiempos del hombre que salvó Tierra Firme y a todas las colonias de España en el continente, sé más que nadie. Me está feo decirlo, pero he venido para decir la verdad sin adornos ni reservas, sin disimulos ni exageraciones. La verdad tal como yo la presencié. Y como Vuestra Merced ha tenido la gentileza de citarme para oír la verdad, llanamente se lo digo: la va a saber.

Ruego a Vuestra Merced, sin embargo, un brevísimo ínterin. Del mucho calor como hace en esta época del año viene el mucho beber agua y algún sorbito de vino fresco, costumbre que no he dejado de observar esta mañana. Si bien, como Vuestra Merced no ignora, también del mucho beber se sigue el mucho desaguar, y es el caso que en tal sentido me llama la naturaleza. Como voy sólo a menores, tardo menos que su secretario escribiente en enjugarse el sudor y que Vuestra Merced mismo en abanicarse. Tras de lo cual tendré sumo gusto en seguir con esta grata comparecencia.




[1] ‘Juicio de residencia’: Procedimiento especial del derecho castellano e indiano que consistía en que al concluir el ejercicio de un funcionario se sometían a inspección sus actuaciones y se oían todos los cargos que pudiese haber en su contra. Tuvo gran importancia en la administración colonial y a él estaban sometidos todos los funcionarios, desde los virreyes y presidentes de Audiencia a gobernadores, incluso alcaldes y alguaciles.
[2] ‘Pardo/a’: Mulato/a

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Interregno


Si te apetece saber sobre mi próxima novela por publicar y leer las primeras páginas, sigue el enlace. No irás muy lejos de aquí pero, con un poco de voluntad y otro poco de imaginación igual te transportas... a saber dónde y cuándo.


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