Odiseo rey de Itaca (y de Troya)



No, desde luego que no... ningún hombre con el juicio en sus cabales habría regresado a Itaca después de la conquista de Ilion. Puedo haber sido temerario y ambicioso, más de lo que me convenía, no lo niego, pero jamás fui sandio de criterio. Permanecí en la orgullosa ciudad del rey Príamo, ya demolida hasta sus cimientos, saqueada, arrasada por los valientes aqueos de largas cabelleras; un erial donde los cadáveres de nuestros enemigos se descomponían bajo el sol tirano del Ponto Dardanelo y en el que erigimos improvisados túmulos para incinerar a nuestros compañeros antes de que la pudrición mancillase sus nobles cuerpos. Lo de Aquiles fue lamentable, en efecto, pero no cabe muerte más decorosa a un héroe invencible que ser traspasado por una flecha justo en el lugar donde su dulce madre, la ninfa Tetis, asió cuando lo sumergía en la Estigia, recién nacido que era, para volverlo inalcanzable a las armas enemigas. De no haber tenido madre que lo sujetase, Aquiles habría sido inmortal, condición en exceso pimpolluda que sin duda lo alejase del afecto de los hombres. Todo en él fue sublime, perfecto gracias a que poseía la humana imperfección de tener dulce mamá. Lo he llorado mucho.

Menos gloriosa fue la muerte de Príamo, rey de los troyanos, a quienes muchos pueblos del mar y de la tierra firme llamaban teucros. Ahora no los llaman de ninguna manera porque se han extinguido. Los aniquilamos. Ahora sus mujeres nos pertenecen, como es ley. También matamos a Príamo, de quien todos sabíamos que se arrastró en la noche, desvanecido rey y hombre asustado, hasta la tienda de Aquiles para suplicar que le devolviese el cuerpo de Héctor, pues quería honrar a su hijo con funerales. Aquiles, generoso como siempre, accedió a aquellos ruegos. Llevaron el cadáver de Héctor tras los altos muros de Ilion y comenzaron las exequias. Ocurrió en ese entonces, mientras los troyanos se ocupaban de aparatosas honras al difunto, que el feo, bufonesco Tersites, empezó a convencerme sobre la estratagema del gigantesco caballo de madera. Ahora va contando por ahí que fui yo el ingeniero de aquella artimaña, lo que sin duda me ha otorgado fama de astuto. Mas puedo declarar sin sonrojo que todas y cada una de las historias en las que sale a relucir mi célebre sagacidad son ideación del mismo Tersites. Pura patraña. Ni sugerí a Agamenón que construyese un caballo de madera ni dije a Polifemo que mi nombre era Nadie, no dejé preñada a la bruja Circe, más bien escapé como el viento de su madriguera, ni se me ocurrió —en qué cabeza cabe—, amarrarme a ningún mástil para escuchar el canto de las sirenas mientras los marinos remaban con las orejas cubiertas de cera. Todo eso es fábula, y el feo Tersites su relator.

Lo que sí hice fue descabezar a Príamo, lloroso y empavorecido, oculto tras las mujeres de su corte mientras Troya ardía por mil esquinas. Arrojé su corona a los guerreros que me seguían, para que se la jugasen a los dados, y di una patada a la testa real, con todo mi desprecio por aquel viejo que había temblado de miedo antes de morir bajo mi espada. La cabeza rodó por las escalinatas de palacio y fue a amontonarse con los cadáveres de muchos hijos de Troya que esa noche, y durante mucho tiempo de venganza, conocerían nuestra crueldad. No me arrepiento.

Ni siquiera fui yo quien pensó primero en no volver a Itaca. Lo hizo por mí, como siempre, el feo Tersites. Pero... ah. Ya es tiempo de que os hable de él y, para empezar, os cuente cómo nos conocimos.

Es el único hombre normal —ni rey, ni héroe ni semidiós—, mencionado en los relatos sobre la gran guerra de los melenudos aqueos contra la indigna Troya. Aunque decir normal, refiriéndose a Tersites, resulta benevolente en exceso. Pero en fin, a lo que iba. Fue el caso que hubo reunión de jerarcas en la tienda de Agamenón, solemne asamblea de notables convocada para resolver el contencioso entre Aquiles y el rey de Micenas, a quien todos habíamos jurado acatamiento y admitíamos caudillo indiscutible de los griegos. Aquiles exigía a Agamenón que le devolviese a Briseida, esclava de la que andaba enamorado o cosa semejante, así como parte del botín que nuestro señor había tomado como propio. El hijo de Tetis y Peleo, en el caso de no ser atendida su reclamación, amenazaba con declinar la lucha y retirar a sus mirmidones del campo de batalla “hasta que el fuego de Troya llegue a nuestras naves”. En aquellos momentos que cualquiera puede imaginar muy tensos, saltadizos los ánimos entre guerreros que parlamentan conteniendo la cólera mientras las armas de bronce permanecen ávidas en sus talabartes, no se sabe de dónde apareció la figura risible de Tersites. Un hombre, un simple hombre, soldado ordinario que amén de mezquino en estatura era feo clamoroso, narigudo, calvo y contrahecho, avanzó entre los héroes uncidos por el prestigio de cien batallas, los príncipes argólidas, los soberanos de las grandes islas. Quedamos asombrados cuando aquel patizambo, corcovado pelafustán, se atrevió a interrumpir la grave oratoria de quienes intervenían en el debate. Y no sólo interrumpió, nada de eso. Nadie piense que Tersites hizo acto de presencia como una mosca ante el tarro de miel, a la que se espanta de un manotazo. Por el contrario, habló con tanto descaro y suficiencia que dejó sin respuesta a los atónitos dignatarios del ejército aqueo. Llamó cobarde a Aquiles por su negativa a luchar contra los troyanos, y afeó a Agamenón su tacañería por no compartir botín de guerra con el hijo de Peleo. No dio la razón a uno ni a otro, pero tuvo desabridas palabras de reproche para ambos.

Yo no pude contenerme ante aquellas impertinencias. Tomé la lanza y, usando el astil a modo de garrote, propiné al descarado Tersites tal golpe en la morra que salió de allí corriendo, aún más deforme que cuando irrumpió en la asamblea. Entonces, todos hicieron burla de él.


 A partir de ese día, Tersites me tomó insólito aprecio. Me seguía a todas partes como perro apaleado que busca sumiso una caricia de perdón; cataba el vino de mis comidas y después lo servía con gesto tranquilizador; inspeccionaba la carne que luego yo devoraría, comprobando que no estuviese infectada de larvas o diviesos. Me traía agua fresca en la noche, cuando yo despertaba inquieto por el recuerdo de mi reino y mi familia. Me hablaba afectuoso, me adulaba e incluso se atrevía a aconsejarme sobre cómo conjurar el mal de la ausencia, al que los médicos del campamento llamaban nostalgia y los augures de Agamenón melancolía del soldado sin sangre que sacie su impaciencia.

Pasaron así unos meses, puede que algunos años, y el feo, diligente Tersites, se convirtió en servidor imprescindible. Negado para luchar, astuto como sólo puede serlo quien fía todas sus posibilidades de sobrevivir a lo raudo de su inteligencia, fue él, como ya dije, quien concibió la idea de construir el famoso caballo de madera.

Tal como había previsto, Troya fue devastada, muertos sus defensores y tomadas como esclavas sus mujeres, de entre las cuales —debo dejarlo escrito—, además de otras más jóvenes y hermosas elegí a la anciana Hécuba, viuda de Príamo, para que sirviera a Penélope en cuanto llegásemos a Itaca. Sería mi obsequio de amante esposo que vuelve al hogar.

Tras un tiempo de ociosa embriaguez que dedicamos al relajo y a olvidar la degollina, como me viese Tersites dispuesto a los preparativos del regreso, me habló de esta manera:

—Dime, Odiseo, hijo de Laertes, vencedor en la tierra y en el mar: ¿Por qué has dispuesto el aparejo y estiba de tus naves?

—Porque dentro de poco zarparemos rumbo a Itaca —le respondí.

—Eso puedo deducirlo por mí mismo —replicó, algo insolente como era su costumbre—. Pero dime: ¿Por qué quieres volver?

No supe qué responderle. Porque era mi deber, pensé. Porque la guerra había acabado, Troya era un pudridero y no parecía prudente permanecer más tiempo del debido como dueños de aquel triste campo de ceniza. Porque sí, porque la obligación del soldado es volver al hogar cuando ha matado a sus enemigos, portando orgulloso el escudo o tendido sobre el escudo y bendito por la honra de quienes dignamente perdieron la vida en el combate.

Indeciso debió adivinarme el astuto y muy feo Tersites, pues enseguida me hizo otra pregunta que resultó demoledora.

—Pero tú, Odiseo, hijo de Laertes, rey de Itaca y de las islas del mar occidental, ¿en verdad deseas volver?

—No lo sé... no he pensado en ello —respondí malhumorado.

—Si por tu gusto y libre voluntad fuese... ¿qué harías?

—Oh... Sal de este lugar, aleja tu retorcida presencia —lo amenacé—, porque si vuelves a incomodarme no tendrás tanta suerte como en la tienda de Agamenón, cuando sólo recibiste de mí un estacazo.

Tomé la lanza y no me hizo falta esgrimirla para que Tersites huyese a todo correr, levantando el polvo con torpes zancadas.

Unos días más tarde estábamos en los acantilados, más allá del templo de Apolo que Aquiles conquistase en los inicios de la guerra, cuando mató a los sacerdotes y obtuvo aquel célebre botín que más tarde Agamenón le arrebataría. Yo contemplaba el mar, meditabundo, y contaba las horas que faltaban para emprender el regreso a Itaca.

—¿Te sientes abatido, mi señor? —preguntó el ladino Tersites.

—No. Sólo pienso.

—¿Y en qué piensas, si puede saberse?

—Esa no es pregunta que se le pueda hacer a un hombre —le reprendí—. Aún así, deforme Tersites, voy a sincerarme contigo: pensaba en los mares que debemos surcar en breve plazo, si los caminos del agua nos serán favorables o alguna tempestad agazapa su traición más allá de la línea del horizonte; si habrá criaturas abisales, escapadas del confín del mundo, acechando el momento propicio para lanzar sus tentáculos a nuestra nave. Pensaba, feísimo Tersites, que cualquier contrariedad surgida de azares en el gran azul podría frustrar mi regreso, convirtiendo en inútiles mis esfuerzos y gestas en la guerra contra la poderosa Ilion, pues a quien muere en el regreso más le valdría no haber partido.

—El mar siempre fue esquivo al anhelo de los hombres —me tentaba el contrahecho—. El mar es impredecible.

—Como la voluntad de los dioses.

—Seguro que ellos, los terribles dioses, cuidarán gustosos tu regreso a la patria —propuso con malicia el malhecho Tersites.

—No estoy tan seguro —lamenté, ya del todo sombrío.

—¿Por qué?

—Los dioses y yo... nunca fuimos muy amigos. Pero dejemos ese asunto, no quiero blasfemar ni irritarlos en la hora de mi partida. Dime no obstante, pues al final has conseguido hacerme caer en el desasosiego, maldito remedo de hombre. Dime y no calles la verdad, o aquello que consideres la exacta verdad aunque sepas que tu respuesta no ha de serme grata. Ni se te ocurra mentirme, Tersites del diablo, porque me daré cuenta enseguida y prometo que, esta vez sí, te atravesaré con mi lanza. Dime, te lo ordeno. Si el mar pertenece a los dioses, ora calmos, con frecuencia iracundos... ¿de quién es la tierra firme?

No demoró Tersites un instante su respuesta. Y me convenció del todo.

—Es el hogar donde habita el espíritu de los hombres. Nuestro templo. El único que la naturaleza nos ha permitido. La tierra firme, esa misma tierra que ahora pisas, Odiseo.

Hizo un gesto que invitaba a echar la vista atrás, apartarla del azul del horizonte y contemplar la tierra árida, borrosa bajo el sol de mediodía, de Troya convertida en escombros.

— Qué quieres que haga en este páramo plagado de moscas y detritos? —le pregunté.

—Conquistarlo.

—Eso ya lo he hecho.

—No... no es así, Odiseo, hijo de Anticlea y nieto de Autólico. Sólo has destruido una ciudad —me contradijo Tersites—. Hora es de poseerla, porque no has vencido para arrebatar un trozo de tierra a los teucros, sino para ensanchar tu alma hasta la morada de los inmortales.

Dimos media vuelta y caminamos hacia las ruinas de Troya, él satisfecho y yo resignado. No lo atravesé con mi lanza, de lo que en ocasiones me he arrepentido.




He edificado un gran reino. La tercera Troya vuelve a ser guardiana del Helesponto y sus naves imponen censo y portazgo a los comerciantes del mar oriental. Hemos vencido a los piratas de Ichnusa en el agua y a los bárbaros tracios en tierra firme. Nadie discute mi poder en estas regiones. Todos me temen y algunos, incluso, dicen amarme.

Tersites lleva veinte años enviando noticias mías a Itaca, historias de naufragios, padeceres y traiciones que deben de tener muy entretenida a mi amada Penélope y muy en alerta a mi heredero Telémaco. Algún día volveré junto a ellos, cuando me canse de las caricias de las nietas y biznietas de Príamo y cuando, como vaticinó Tersites, mi espíritu se reconozca pleno en las dulces dádivas de la inmortalidad. Mientras tanto, que esperen. Ellos y el mundo y cuantas personas en el mundo pudieran echarme de menos, aún pueden esperar.

También he cuidado del futuro de Tersites. Hace unos meses lo mandé llamar a mi presencia. Tan amable como me placía ser, le dije:

—Estoy satisfecho con tus relatos, viejo, horrendo Tersites. Nuestros contemporáneos los repetirán allá donde vayan, y otros muchos han de aprenderlos de memoria. De esta forma, seguro, se harán célebres para siempre. Hay algo, sin embargo, que deberíamos arreglar. Eres feo, narigudo, calvo, jorobado y patizambo. Pero te falta un detalle importantísimo.

Hice un gesto a los hombres de mi guardia. Dos de ellos sujetaron a Tersites mientras un tercero lo cegaba con el filo candente de su puñal.

—Un ciego que cuenta historias sí es del todo perfecto —le dije—, como perfecto fue el divino Aquiles, tanto en su vida guerrera como en aquella muerte que mereció hermosa leyenda. Aunque él, después de todo, no era inmortal como nosotros. Tendremos más fortuna, feo Tersites. En lo que a ti concierne, desde hoy llámate Homero: el que camina en la oscuridad y vierte la luz de su palabra desde el corazón.

Tersites... —perdón, quería decir Homero—, abandonó la estancia con paso vacilante, entre aguda quejumbre. De sus palabras heridas por intenso dolor me pareció entender agradecimiento.

Esta narración obtuvo el premio de relato breve "Villa de Sax", 2021.


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