Días bajo el volcán

He encontrado su punto a dormir con la tele puesta, mientras emite a cámara fija el panorama de Cumbre Vieja, con el volcán proyectando lava entre rugidos minerales y fogonazos de cíclope cabreado, un concierto del Tártaro que sobrecoge y despierta arcanos instintos de prevención y temor entre los pobres mortales. El fuego, los resplandecientes ríos de lava y las oscuras nubes de ceniza, más oscuras que la noche, componen un cuadro hipnótico ante el que podría detenerme horas y horas sin ningún remordimiento por haber perdido el tiempo: a fin de cuentas, estoy atento a un informativo especial sobre un evento que afecta directamente —y cómo—, a todos los avecindados en las islas canarias. Supongo que a mucha gente le pasará lo mismo. Cuando la naturaleza se desbrava y nada podemos hacer para enmendar su curso implacable, lo mejor es acogerse a inocencia bendita en el refugio del espectador. Aparte de esta ventaja, como decía, se duerme de maravilla, perfectamente relajado antes de conciliar el sueño, enmullido entre la amabilidad del viscoelástico y la penumbra anaranjada de la pantalla, un susurro de luz aletargante que en los últimos tiempos, sin gozo y sin queja, me acompaña hasta el amanecer.

No creo hacer daño ni ofender a nadie con este pasatiempo. La crisis humanitaria causada por la erupción, con cientos de familias isleñas desalojadas de sus domicilios, sus casas devoradas por el magma caminante y todas sus pertenencias perdidas, aconseja prudencia —mucha prudencia—, a la hora de manifestar emociones distintas a la consternación ante el colosal fenómeno. No voy a excusarme diciendo que la parte de contrición solidaria la llevo cumplida —que la llevo—, porque en estos asuntos de ayudar al prójimo soy partidario de que la mano derecha no se entere de lo que hace la izquierda, pero también es verdad que conviene distanciarse y dejar claro justamente eso, la distancia, con algunas actitudes incordiosas —incluso detestables—, que se están dando entre el personal instituido en público del desastre, las cuales oscilan entre la falta de empatía, la indiferencia ofensiva y el oportunismo descarado.

Lo de la ministra Reyes Maroto fue de clamor. En el mundo de unicornios y wonderful women donde ella habita, una erupción volcánica con diez mil damnificados, destrozos materiales, nube de ceniza, cierre del espacio aéreo… es una oportunidad singularísima para el turismo, como exquisitez artesana popular debe de considerar el arte birmano de cortar y reducir cabezas y convertirlas en colgantes. Pero, bueno, dejemos a Reyes en su nave con mástiles de plata y velamen de seda —viva la vida alegre y divertida— y vayamos a otros pintureros vagantes, como el ministro Garzón y la muy compuesta Belarra, ambos dos desplazados en plan “no preocuparse que allá vamos”, para comprobar sobre el terreno los efectos devastadores del volcán. Total, que se hicieron la foto y media vuelta. Luego, Ella Ministra lo contaría en la fiesta del PCE, en un tono como de exploradora decimonónica de regreso a la civilización, como si Canarias fuese Sudán de Enmedio, como si el territorio de La Palma fuese la Isla Calavera, con sus monstruos de magma incandescente y sus indígenas aterrorizados; como si ella fuese una intrépida Ann Darrow, domesticando al King Kong de la montaña maldita. Más condescendencia y más paternalismo del chungo, no caben. Eso sí, previo al discursito necesario para instruir al agradecido público sobre las tristezas volcánicas canarias, tuvo el detalle de acordarse y desear lo mejor del mundo a su (sic) “compañero” Garzón, “atrapado en La Palma” por el cierre del aeropuerto. Ahí es nada. Qué heroísmo, qué abnegación, qué coraje solidario, qué sentido del deber. Les ha faltado la intérprete para sordomudos de Rozalén. Sí, bien cierto: qué grima da toda esta bambolla, este humanitarismo angélico de manicura intacta, esta melaza batida y relamida sobre el sufrimiento del pueblo palmero. Sudar lágrimas y llorar sangre, que suden y lloren los jornaleros del platanal, que ni son ministros ni tienen plaza en el mundo solidario donde fabulosamente viajan los turistas felices de Reyes Maroto.

De los demás que han pasado por aquí, qué quieren ustedes que les diga… Cada cual a lo suyo. El presidente del gobierno llegó el domingo 19, dijo que todo estaba controlado y se largó el lunes 20. Y en cuanto los reyes de España tuvieron la ocurrencia de visitar La Palma —seguidos de “una legión de fotógrafos”—, don Pedro Sánchez y don Marlasca fueron detrás, infalibles, siguiendo el rastro de la corona y de la prensa, no vayan a perderse una foto. Ni una ni media. Finalmente, el detalle agudo lo puso la prensa, tras la comparecencia de Pablo Casado, tan popular como siempre y plantado en La Palma en busca de lo que todos: la foto perdida. Al acabar su intervención, requeridos los periodistas para que lanzasen sus preguntas, la respuesta fue clamorosa: ni una. Total, palabras no detienen volcanes y políticos, casados o solteros, hay más que días en el calendario; en estos tiempos, sobran.

Al final, la lucha de los palmeros contra su infortunio, su esfuerzo por salvar enseres, cosechas, animales, cualquier cosa de valor real o sentimental —como el objetuario religioso de la parroquia de San Nicolás—, posibilita su imagen reversa para beneficio de los astutos de siempre; ya no se trata de lo que está sufriendo la isla, sino de lo mucho que sufren nuestros mandamases al preocuparse por ella. Pues no les quepa duda: si toda historia necesita un héroe, el de esta novela fatal de cenizas y lava tendrá el suyo, y no va a ser ningún oriundo arruinado y en la puta calle sino el más listo y el más descarado de los que llegan en clase VIP y se marchan volando, antes de que las nubes cenicientas los dejen atrapados donde nunca querrían haber estado. Al tiempo. Llegará la hora de ponerse las medallas. Al tiempo.

Mientras la ignominia se consuma, servidor se relaja, a Dios gracias, viendo por tv cómo se consume la cresta del volcán. Cada cual peca como puede.
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About Actas de noviembre

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