El capitalismo amigable

Si un millonario con empresas afincadas en España, aunque no tribute en España, pide a sus empleados que se hagan autónomos, se paguen ellos mismos la seguridad social y demás gastos laborales y fiscales, los compensa con una nómina miserable y además los tiene sujetos al régimen de despido sin explicaciones (no “despido libre”, no: por whatsApp y si te he visto no me acuerdo), tal individuo será denostado públicamente, considerado paradigma del capitalista explotador y tal y cual… a menos que el tinglado sea simpático como Amazon, o como Netflix, o HBO, Microsoft, Apple e ingenios parecidos. Se meriendan al personal lo mismo que los demás tiburones, pero, como dirían mis admirados Los Meconios, “por lo menos no son fachas”.

El capitalismo amigable es así: un artista español forrado gracias a las ayudas oficiales (del Estado español), naturalmente con residencia fiscal en Miami, te dice a quien debes votar para frenar a la “extrema derecha” (en España); y otro espabilado, titular de una de las mayores inmobiliarias (de España), aboga por una ley antidesahucios justa y equitativa mientras él, por su cuenta y a capítulo de ejemplaridad, desahucia entre sesenta y cien familias al año. Haz lo que yo te diga, pero no lo que yo haga, sería el lema.

El asunto es de sobra conocido, no creo que sea necesario poner muchos ejemplos, ni unos pocos siquiera, porque la gente está al cabo de la calle sobre estas situaciones. Ni siquiera términos como “hipocresía”, “incoherencia”, “doble rasero” o “doble moral” tienen ya mucho sentido. Esta disociación entre supuestos “principios” y hechos escandalosos es marca de la casa, algo innato, estructural por así decirlo, en el capitalismo amigable. Muchas veces he leído, sobre todo en redes sociales, el célebre aserto: “no hay nada más tonto que un obrero votando a la derecha”; error de apreciación que se subsana al comprobar lo lamentable de gente humilde (proletarios o no proletarios) votando a millonarios que lo único que quieren de ellos (en realidad lo necesitan), es que sigan pagando impuestos, para que el gasto público se mantenga, las élites biempensantes continúen agarradas al timón y la orgía no decaiga.

Creo, sin embargo, que hay un elemento de autodefensa en el capitalismo amigable. Como tontos no son, han vislumbrado el alcance de la última revolución tecnológica, la que concierne a la comunicación. Saben que donde hoy se encuentran masas desaforadas clamando contra el cambio climático (por decir algo), y desgañitándose con pamplinas del estilo “El capitalismo es incompatible con la vida”, dentro de un tiempo, mañana mismo si mañana despertaran las conciencias modorras que mean en twitter, puede haber millones de personas que se pregunten por el verdadero trasfondo de todo esto. Un negocio que les iría fatal de necesidad.

Sinceramente lo creo: es autodefensa. “La revolución de las azoteas”, los “Activistas de la salud”, las series de tv embutidas de ideología woke, la filosofía de las cajas de ahorros, la religión climático-animalista predicada desde el Boletín Oficial del Estado, a cargo de un ministro que no reconoce un gorrión de un pollo de perdiz… Toda esa bambolla, esa impostura, ese teatrillo de bondades y farsas, se vendría abajo como castillo de naipes (con perdón por el lugar común), en el momento en que algunos sectores de las masas, ahora narcotizadas, empezaran a replantearse seriamente la situación.

Han pasado dos años de revolución y ya se ven los frutos con satisfacción”, decía una canción militante castrista, en 1959. Sesenta años después, los famosos frutos de la revolución cubana siguen sin dar el paso definitivo, más bien todísimo lo contrario. Mas en Europa y en occidente no va resultar tan sencillo dar contento a las buenas gentes que esperan nuevos tiempos. Recuerden, nuestro sistema de enseñanza y nuestros dogmas de igualdad y solidaridad han engendrado generaciones hipersensibles respecto a su propio bienestar; gente que no va a esperar sesenta y más años para ver los frutos de “la revolución de las azoteas”, ñoñeces parecidas y parecidas mentiras.

No me cabe duda: el capitalismo amigable es una estrategia autodefensiva de los de siempre para seguir haciendo lo de siempre: mangonear a la clientela, que somos todos los demás.

A ver hasta cuándo.






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About Actas de noviembre

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