Cómo NO hacer las cosas a conciencia

Los animales hacen las cosas tenazmente, a conciencia, por completo absortos en cualquier actividad a la que se dediquen. Si beben agua, beben agua y no se permiten desaplicación en la tarea: abrevan como si tuviesen el tiempo contado y el agua se fuera a agotar en el mundo. Cualquiera que haya tenido o tenga una mascota convencional, es decir, perro o gato, sabe de lo que hablo. Cualquiera que haya visto animales en el campo, trabajando o priscando, conoce esa bruta determinación: activan el “modo alerta”, por si otros animales o cualquier humano intentasen depredarlos, y emprenden la faena con voluntad inquebrantable. Si buscan comida, si acechan, si tiran del arado, si comen o duermen, lo hacen con absoluta determinación, incansables, con paciencia telúrica, la misma perseverancia con que crece la hierba y se marchitan los frutos en los árboles, hasta que las condiciones del entorno varían, impulsan un mecanismo instintivo, programado en su naturaleza, y les aconsejan cambiar de finalidad. Los pájaros construyen su nido ramita a ramita sin que lo ímprobo, fatigoso y tedioso de la tarea los desanime, y ponen la última brizna con la misma minucia con que llevaron la primera al que será refugio de su descendencia. Las hormigas hacen hormiguero y nada más, las abejas se centran en el panal y vuelta a lo mismo… Y nos dejamos de descriptiva barata y vamos al núcleo del relato: los animales saben hacer muchas cosas, pero hacen lo que hacen porque no pueden dedicarse a algo distinto ni introducir matices en su protocolo.

Los seres humanos, al contrario, somos capaces de distraernos mientras nos empleamos en faenas diversas. Incluso somos capaces de hacer dos o tres cosas al mismo tiempo. “En todos los trabajos se fuma”, decía el castizo, y decía bien. Podemos (con perdón) trabajar y bromear en la misma tanda, vaguear, disimular, estar con la cabeza en las nubes y las manos en la masa, conducir y recordar la frase amable que nos dedicó el cajero de la gasolinera o la mala educación con que nos despidió el funcionario del registro civil, lo simpática que es la mujer del vecino y lo extraño del desenlace de la última película que vimos. Somos una especie abocada a la ambigüedad porque sabemos gestionar lo ambiguo de la realidad. Por eso tenemos sentido del humor y tendencia a la ficción, y estamos biológica y psicológicamente capacitados para idear mitologías, seducir al prójimo, engañar y dejarnos engañar, amar y ser amados, traicionar y ser traicionados.


Aparte de los humanos, la única especie animal, que se sepa, capaz de engañar en su conducta socializada, en concreto aparearse con otros ejemplares sin que su pareja se entere —o sea: ponerle cornamenta—, son los delfines. Parece ser que la hembra de esta familia cetácea, de vez en cuando, siente el imperativo biológico de concebir con ADN distinto al de su acompañante estable. Para ejecutar la maniobra procede de manera inteligente —nada extraño en un delfín hembra—: con reiterados cabeceos aleja a la cría que suele nadar protegida entre padre y madre, hasta que el novatillo emprende senda propia en la distancia; el macho, muy preocupado, persigue al hijo díscolo para hacerle regresar a la seguridad de los adultos, momento que ella aprovecha para el rápido y furtivo retoce con otro macho joven que seguía prudentemente a la pareja. Cuando la cría y el macho protector regresan del paseo, ella pone cara de “aquí no ha pasado nada”. Esta escena, probablemente, viene determinada por un instinto poderoso, recóndito en el cifrado genético del animal: cuanto más variado ADN incorpore a su progenie, más prevalencia y posibilidades de subsistir tendrá el suyo propio, en el complicado y a veces duro mundo delfinario. Así son y así trabajan los animales, seres predeterminados por el mandato de la cualidad genética, la condición biológica y las circunstancias de su entorno, tres factores determinantes de su idóneo desarrollo y acomodo en el proceso evolutivo.

El ser humano, de nuevo al contrario, a partir de indeterminado momento de su devenir sobre el planeta, ha cimentado su capacidad evolutiva en un principio que contradice todas las reglas conocidas. Ha luchado con todas sus fuerzas contra los imperativos genéticos y biológicos, y superado la exigencia circunstancial del entorno, para constituirse en especie dominante. Se ha hecho a sí mismo contra la naturaleza. Y al perfeccionamiento de estos individuos fugitivos del orden nativo de las cosas, lo llamamos civilización. Lloramos y reímos, amamos y odiamos, prometemos fidelidad a nuestra pareja y lealtad a los amigos, acatamos las leyes, respetamos la propiedad ajena y cuidamos de nuestros padres y abuelos porque hacemos las cosas no a conciencia sino refutando el mandato ingénito de concentrarnos en nuestros intereses inmediatos y en nada más. Nos rebelamos ante la ley suprema que rige la existencia de los demás animales, nacer, crecer, reproducirse y morir, para incorporar a la ecuación otros elementos que consideramos superiores, como el conocimiento, el progreso material y el avance ético en nuestras relaciones sociales. Queremos sobrevivir a nuestro entorno, cierto, y aborrecemos la idea de que otros individuos, especialmente humanos, se dediquen a depredarnos, pero ese beneficio nos consuela bastante poco y resulta insuficiente, casi frustrante. Queremos, por encima de todo, tener más y ser mejores.

Desde esta perspectiva, y si un salto inesperado —milagroso— en la evolución humana no cambia la tendencia, estamos vocacionalmente condenados a la insatisfacción, un empeño y una visión contradictoria sobre nosotros mismos que siempre, históricamente, nos ha conducido al campo de batalla, el esplendor de los imperios y la consulta de psiquiatría. La tragedia humana es la grandeza de la especie, y viceversa.

Me dirán algunos y algunas que nada tiene que ver la ambición de los poderosos y sus consecuencias sangrientas, en el decurso de la humanidad, con el afán civilizador de las buenas ideas y los buenos principios; que la codicia por ser más y tener más ha causado enormes desdichas a nuestra estirpe, mientras que el énfasis benefactor del espíritu humano ha sido causa de felicidad y liberación de las masas. Ante lo cual sólo hay que remitirse al océano de desdichas que han originado las ideas perfeccionistas sobre la humanidad y la manera ideal en que deberíamos, en efecto, permanecer sobre la tierra. José Saramago, en las páginas de cortesía de su novela Alzado del suelo, introduce una cita de Almeida Garrett, muy puesta en razón: “Y yo pregunto a los economistas políticos, a los moralistas, si han calculado el número de individuos que es necesario condenar a la miseria, al trabajo desproporcionado, a la desmoralización, a la infancia, a la ignorancia crapulosa, a la desgracia invencible, a la penuria absoluta, para producir un rico”. Nobles palabras que describen la mitad del problema. Seguro que Almeida Garrett, y seguramente el buen Saramago, no se preguntaron nunca a cuántos individuos fue necesario condenar a muerte para producir el mito de un revolucionario, y a cuántos a la miseria, al trabajo desproporcionado, a la desmoralización, la puerilidad, el fanatismo, la desgracia y la penuria, para hacer una buena revolución.


Cierto: renunciar a la condición puramente “natural” de la estirpe humana aparejó la instauración de una complicada índole personal y colectiva, dramática para todos los integrantes de la especie. Mas observemos cómo todas —casi todas— las ideas que se proponen redentoras, conducen al absurdo idealizado de una bondad innata que, por incurias de la historia, ha sido ominosamente amordazada y sojuzgada a lo largo de los siglos. De ilusión también se vive, pero tonterías… las justas. El buen salvaje de Rousseau nunca existió; por el contrario: el buen salvaje, naturalmente, es un sujeto que propende a obtener lo que desea por cualquier método, incluido el homicidio, y que obedece el mandato de su ADN sobre crecer y multiplicarse hasta el extremo de la violación. El ser humano civilizado, con sus guerras médicas y sus pirámides de Egipto, sus esclavos y esclavas, su revolución industrial y su explotación de las masas, su Gioconda y su Arte de la Prudencia, su contaminación del planeta y su Greta Thunberg, nació opuesto al viejo orden natural/biológico del mundo, creció en medio de inmensas tempestades, destripó a cuantos oponentes pudo, trazó la única senda conocida para el progreso de la especie, y uno de cada cien acaba suicidándose (datos de la OMS, 2019).

Y todas esas desdichas nos acaecen porque, en tiempos de quiénseacuerda, nos negamos a hacer las cosas a conciencia, como los animales.

En otra entrega de esta sección de Posmodernia les comento cómo ha ido evolucionando el negocio.






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