Granada, lejana y sola

En un restaurante de la calle Alhóndiga, tras consultar el menú, la profesora y escritora Cristina Pérez Valverde y yo intentábamos explicar al también escritor Antonio Tocornal qué cosa fuera la malafollá granadina. Tocornal, nacido en Cádiz —malos inicios para entender tan compleja cuestión——, pasó muchos años en París, y desde allí se instaló en Mallorca, donde persiste. Pensábamos que la alternancia residencial entre lugares tan distintos quizás hubiera estimulado su humano instinto defensivo, y que el concepto le resultaría asequible.

Andaba el hombre reflexionando sobre la cuestión, tras disquisiciones temáticas propias y de Cristina, cuando quiso la fortuna brindarnos un ejemplo en directo.

El camarero había llevado a la mesa, por error, un litro de agua —botella incluida en el “menú del día”—, en vez del envase correspondiente de 33 cl. Apercibido de su error, con singular presteza, asió la botella en el mismo momento en que Tocornal se disponía a abrirla y escanciar en su vaso el líquido elemento. “Déjela de todas formas”, solicitó el gaditano-balear, exparisino a más señas. “Es que no entra en el menú”, arguyó el camarero sin soltar la botella. “Da igual, déjela”, insistió Tocornal, igualmente asido con dos manos al recipiente.

En aquel momento, con una firmeza rayana en la violencia, el famoso camarero arrebató la botella con un tirón que nos dejó helados a Cristina y a mí, y entre KO espiritual y desolado al bueno de Tocornal.

—¡Pero no se va a beber usted solo toda esa agua! —remató el camarero la faena.

Diose la vuelta, regresó al mostrador, volvió con botella de 33 cl. reglamentarios, solemne como triunfante la colocó sobre la mesa. Fuese y no hubo nada.

—Ya lo voy entendiendo de qué trata el argumento —confidenció nuestro amigo. En voz baja, desde luego.

Dos años ha hecho en abril pasado que no vengo a Granada. Pandemia maldita por medio, el tiempo pasa y cada vez duele más esa parte de la herida que llaman ausencia algunos, otros escisión. Y lo mismo que Tocornal aprendió súbito lo que es malafollá, yo poco a poco voy aprendiendo qué es nostalgia por Granada, el vacío en mí de la ciudad que ahora sólo habita, literalmente, en mis sueños. Que episodios como el relatado resulten entrañables a la memoria y colmen el ánimo de dulzura, quizás melancolía, sólo puede explicarse en una frase: ay, mi Granada...

En IDEAL de Granada, 15/06/21:


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