El secreto de los Buendía

Decía Jorge Luis Borges que sólo hay un género literario: la lectura. Cualquier obra literaria en su origen, concepción y desarrollo, habita únicamente en la cabeza del autor, quien, siguiendo con esta lógica subjetivista, es el único que no puede leerla. No invento nada: Sartre afirmó alguna vez ser el único desdichado humano que no podía leer a Sartre. Dejando aparte el hecho no insustancial de que el bueno de Jean Paul no se perdía gran cosa, no voy a quitarle razón. Un libro, sea del género o la temática que sea, no existe cabalmente hasta que la mirada del lector se posa sobre sus líneas y, de esta manera, se establece el diálogo entre texto y pensamiento que (re)crea la obra en la mente lectora. No hay sistema más poderoso de comunicación ni manera más luminosa, eficaz por otra parte, de obsequiarnos con el deleite cognitivo de nuestra conciencia.

Esa capacidad creadora de la lectura me ha hecho estimar desde siempre —desde que aprendí el contento de leer, se entiende—, los estudios críticos, comentarios, glosas, reseñas y análisis sobre obras y autores, trazados justamente desde la perspectiva del lector. Cuando el crítico participa su experiencia como lector, siempre es certero; y lo es porque no sitúa la obra en un contexto establecido, a menudo impositivo/selectivo, de oportunidad, pertinencia y eficacia, sino que expresa el íntimo valor del gusto propio y la emoción particular —a menudo intransferible, o “incomunicable”, o como se quiera decir—, de la observación individual enfrentada a una visión del mundo concreta, ofrecida a través de una obra que precisa de ese mismo lector para cerrar el círculo exacto del hecho literario. Por expresarlo en resumen: la “crítica” desde la perspectiva del lector es una interpretación en primera instancia, construida sobre el acontecimiento estético/cognitivo y la impresión que la obra deja en nuestro ánimo e inmediato criterio, y sobre nada más. Hace años leí un párrafo sobre este asunto que me pareció bastante atinado, y bien lamento no recordar dónde lo leí ni quién es su autor… Más o menos venía a exponer —cito de memoria—: “El comentario de una lectura es como hacer puenting, la crítica académica es contarnos cómo es el puente desde el despacho del ingeniero conservador del artefacto”.




Después de pedir mil disculpas por esta introducción un poco larga, cosa que acabo de hacer, les participo mi gratitud por el estudio de Sultana Wahnón sobre Cien años de soledad, de García Márquez. En primer lugar porque El secreto de los Buendía, tal como está concebida la obra, requiere situarse radicalmente en la perspectiva lectora, y no para establecer una pormenorización detallada de impresiones y opiniones sobre el narrado sino para realizar una función “rastreadora” que, sinceramente, me ha parecido original hasta —incluso— lo transgresor. Me aclaro:

Sultana Wahnón (Melilla, 1960, ensayista, catedrática de la Universidad de Granada, especializada en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada), por medio de El secreto de los Buendía no acude a Cien años de soledad para analizar “desde fuera”, en la distancia metodológica de los eruditos, uno de los entramados literarios más importantes del siglo XX, sino para escuchar con minuciosa paciencia a la novela, en busca de las revelaciones sobre ella misma que han aguardado mucho tiempo en segundo plano, en el terreno a menudo confuso de la realidad sentiente no desvelada, sólo desentrañable por quienes tengan suficiente conocimiento y sensibilidad para percibir esa “otra voz” en el entramado coral de la obra.

La sensación que tiene el lector de El secreto de los Buendía —ahora sí tiene sentido hablar de emociones inmediatas de lectura—, es que Sultana Wahnón ha “resucitado” el texto de Cien años de soledad, las situaciones, personajes, argumento y estructura, para extraer otro argumento “invisible” pero operante con lógica propia y pulso poderoso a lo largo de la narración. En suma: si hay una voz inaudible pero vigente y activa en la novela, entonces hay una segunda historia que contar sobre los Buendía. De pura lógica: no estamos ante un ensayo literario al uso —por eso lo calificaba antes de transgresor—, sino que nos adentramos en una construcción (meta)literaria sobre el completo y definitivo significado de la obra.

¿Trazó García Márquez, deliberadamente, ese argumento subterráneo en Cien años de soledad para que fuese descubierto por quien lo buscase y lo mereciera, al modo de los conocimientos arcanos siempre sugeridos a los iniciados, nunca puestos en evidencia ante el común? ¿De una hermenéutica tan novedosa, inédita, sobre esta obra, cabe esperar una nueva visión puramente literaria, sustancialmente vinculada al núcleo de la novela pero distinta en cuanto a su interpretación? Esas preguntas corresponde satisfacerlas a la autora de este singular, en cierto modo inquietante ensayo; argumentadas quedan a lo largo de las 240 páginas y cientos de notas y referencias consignadas en el transcurso de la exposición. Y, por supuesto, corresponde también a los lectores de El secreto de los Buendía.

A todo esto… ¿cuál es el famoso secreto? ¿Por qué una investigadora de la talla de Sultana Wahnón dedica esta obra suya, esta aventura y, ciertamente, este riesgo, a descifrar todo lo que García Márquez no quiso escribir y dejó elocuentemente dicho en su novela? Pues hasta aquí llego, querido lector. Quien quiera descubrir el multicitado secreto, empaparse y gozarse con lo hasta hoy inexplicado sobre una obra cardinal de la literatura de todos los tiempos, ya sabe el camino: hágase con un ejemplar de El secreto de los Buendía. Y a disfrutarlo.

Y no digo más, que a mí me gustan los spoilers tan poco como a usted.


















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