Dar la chapa

Cuando las palabras se convierten en símbolos, por lo general se hacen odiosas. No por ellas mismas, pobres mías, que no tienen culpa de nada, sino por la reiteración atorrante con que se utilizan, su degradación hasta convertirse en comodines que lo mismo sirven para hilar que para tejer, para alabar que para denigrar, para defender ideas propias como para desbaratar las del contrario. Un latazo, por decirlo llanamente.

Una chapa insufrible.

A más desgracia, la ideología woke, pensamiento oficial del mundialismo –con perdón por lo de “pensamiento”—, lleva una temporada que en realidad son unos lustros desmelenándose con su diccionario oficial de términos procedentes, palabros necesarios y conceptos multiuso recurrentes; y esto es un sinvivir, un exceso, una orgía publicitaria de “sostenibilidad”, “ecoresponsabilidad” y abstrusiones similares. Que no digo yo, cuidado, que no necesitemos una economía y unos usos industriales, fabriles, locomocionales, comerciales y de consumo sostenibles, respetuosos con el medio ambiente y todo el etcétera que quieran, pero, oiga, eso está claro como un día claro en la meseta castellana y no hace falta insistir a razón de noventa por hora; pues, como decía mi padre: “no por repetir siete veces ¡Ay, Dios mío! el Señor va a escucharte”. Una cosa es concienciar al personal y convencerle de que dejar tiradas las colillas y latas de cerveza en la playa es un acto deleznable y otra, muy otra, redundar en el asunto hasta la generación de inventos plúmbeos como “reciclaje sostenible” o “ecología solidaria”. Caramba… Si el reciclaje no es sostenible y los comportamientos escrupulosos con el hábitat no son solidarios, entonces apaga y vámonos. Las palabras ya no tienen significado en sí, más bien operan como símbolos, señales de tráfico que dirigen el deambular de nuestras vidas, cuanto más visibles mejor, cuanto más urgentes más operativas. Sólo faltaba el invento de “finanzas éticas” para completar el catálogo ideológico con que las élites y el “mandarinato” globalista —Fernando R. Genovés dixit—, nos atormentan las entendederas. Faltaba digo, porque ya no falta. Ya se ha inventado. Me refiero a la construcción lexical “finanzas éticas”; el concepto es cosa distinta, una puerilidad tan incomprensible como el oxímoron más desatado que se le pueda ocurrir a cualquiera, no divaguemos.

Estas consideraciones que ahora les comparto sin que nadie lo haya pedido, y bien que lo siento, me llegan al santiscario después de leer un enjundiosos artículo, publicado en una prestigiosa revista digital universitaria, sobre la necesidad de establecer la “perspectiva de género” en la robótica y la inteligencia artificial. Si el título de este estudio les parece chocante, no les digo nada del artículo en sí, un bullicio de lamentos y una feria de intenciones cargadas con la bondad del dinamitero. Nada, que parece ser que los robots humanoides que van ingeniándose por aquí y por allá —más por allá que por aquí—, están saliendo bastante machistas, y eso no puede ser. No digamos las formas y maneras de las robots femeninas “innecesariamente hipersexualizadas”. Qué pecado. El feminismo netflix no puede consentir semejantes discordancias y las élites universitarias están ahí para algo. Al ataque.

Lo dicho: una chapa continua.

¿No se cansan nunca? ¿De verdad les parece obligatorio ejercer de guays a todas horas, desde que se levantan hasta que se acuestan? ¿Nunca van a dar tregua? Y lo más hiriente de toda esta bambolla: “¿En serio piensan que las personas de verdad afectadas por problemas, injusticias y atropellos reales, encuentran algún remedio o siquiera consuelo en estas ideaciones? Como dijo el sabio: por favor…

Visto lo que hay y cómo va consolidándose, lo malo de las élites no va a ser que estén formando una burbuja para que los pobres vivamos allí resignadamente instalados, con nuestros móviles y nuestro horario de uso solidario/ahorrativo de la lavadora; lo malo de verdad es que ellos mismos —las élites—, han creado su propio mundo, su pequeño paraíso de referencias entrañables y verdades blandas, y en él piensan quedarse hasta los restos mientras que los demás tiritan de frío, porque poner la calefacción va en contra del sano espíritu ecosostenible y “feminista”. Y para mayor complicación, tienen pensado darnos la chapa hasta morir con sus pijadas de conciencia a cuestas. Un horror de tedio en el oasis de aburrimiento que para ellos es la vida. Un horror de tedio en el oasis de aburrimiento en que se está convirtiendo la vida para todos. Y el colmo del delirio: este es camino forzoso, normativo, y cuidado con salirse del guión porque la pena de muerte civil acecha. Que se lo pregunten a Plácido Domingo o J.K.Rowling, por poner dos ejemplos lejanos.

Por mi parte, NO.
©José Vicente Pascual










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About Actas de noviembre

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