Propósito

La vida, por más que nos empeñemos, no tiene argumento. Nacemos, nos pasan cosas, hacemos cosas y nos vamos al otro barrio, creo que para siempre. Para afrontar esa evidencia de lo transitorio y el sinsentido radical —en última instancia— del paréntesis irrelevante que supone la existencia de cada individuo, nos acogemos a algunas conjeturas sobre el más allá, todas muy loables, y al consuelo del mundo entendido como tarea compartida y materia organizable: esa “ilusión por el mundo” que unos traducen en afecto a la familia y allegados mientras que otros, más ambiciosos o de peor contentar, ensanchan su propósito hasta el valor de “lo colectivo”, el devenir de las sociedades y de grandes anhelos humanos como la justicia, la equidad y un etcétera tan largo como extensas sean las creencias del necesitado de creer. De ahí, los grandes compendios filosóficos, los grandes resúmenes ético-legales sobre el mundo y cómo el mundo debería funcionar. De ahí, las grandes estructuras sociales, los Estados y las naciones. De ahí, la historia.


Somos tan apasionadamente humanos, tan ilusionados por nosotros mismos, que llamamos civilización al logro de dichas estructuras complejas, sean objetivas o ideológicas, y las consideramos cúspide del conocimiento, como objetivo superior y felizmente alcanzado por esa excepción abismada a su propia paradoja que llamamos conciencia.


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About Actas de noviembre

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