Estamos muertos, pero aún no nos hemos enterado

Fernando R. Genovés, en su reciente ensayo
El virus enmascarado, argumenta cómo “la humanidad ha sido encerrada en un monstruoso campo de concentración con forma de hospital de campaña, amenizado por una megafonía que le dicta órdenes y ordenanzas y donde sólo los mensajes cifrados y de contrabando permiten una correspondencia saneada y la supervivencia mermada entre los supervivientes despiertos y todavía no sedados”.

Yo no creo —como algunos creen—, que sea ésta una visión apocalíptica sobre el giro emprendido por nuestra civilización desde hace poco más de un año, esa mezcla de camarote de los hermanos Marx y campamento de reeducación maoísta en que se ha convertido casi todo el planeta, con honrosas aunque no esperanzadoras excepciones. Genovés, como corresponde a un filósofo, reacciona ante la brutalidad y el cinismo de la dirigencia mundialista con las únicas armas que asisten al pensamiento libre: la verdad y la razón. Y la verdad y la razón nos dicen que esto no lleva buen camino.

Nos dicen —la verdad y la razón—, que nuestro mundo ha muerto, aunque todavía no nos hayamos enterado.

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