El alma en la piedra, una acercamiento a la prehistoria

Al emprender la lectura de esta novela de José Vicente Pascual, “El alma en la piedra” inmediatamente me sobrevino el viejo planteamiento de si realmente se trataba de una novela histórica o de una novela prehistórica, pues si la historia es la reconstrucción del pasado humano, debe entenderse, por tanto, que ninguna época en la que aparezca el ser humano, en cualquier tiempo anterior, podría denominarse de otra manera. A pesar de esto no es menos verdad también que, cuando utilizamos el vocablo prehistoria, todos entendemos que nos referimos a un tiempo anterior a la historia. Por consiguiente, aplicado este principio a esta nueva entrega de nuestro autor habría que pensarse muy bien si en rigor la obra ante la que nos encontramos habría que clasificarla dentro de lo que el lector entiende como novela histórica.

En general, cuando hablamos de novela histórica, se entiende como un subgénero narrativo que trata de reconstruir el pasado, basándose en acontecimientos que ya conocemos a través de textos escritos en forma de documentos o crónicas. Antes bien, cuando la novela se remonta a tiempos en las que no existen fuentes escritas, es decir, a la prehistoria -como el caso de “El alma en la piedra”-, el autor debe usar para su creación, sobre todo, fuentes puramente arqueológicas. Fuentes que los arqueólogos, en su labor detectivesca sobre el terreno, nos han ido dejando para mostrarnos tan solo vestigios de un pasado remoto. Esos vestigios, encontrados en yacimientos o en cuevas, son como libros cuyas hojas se van pasando, pero que se destruyen conforme se van leyendo.

A pesar de todo, parece obvio que con la arqueología no encontraríamos los suficientes datos para adentrarnos, o mejor dicho, para acercarnos a reconstruir lo auténticamente humano. Se necesita el apoyo de otras muchas ciencias auxiliares o paralelas para reconstruir lo que fue el hombre en su expresión más fidedigna. En este sentido la etnología, como ciencia hermana de la arqueología, enfoca el pasado humano comparándolo con las sociedades actuales, ya que hoy día existen sociedades que habitan en el planeta y que conservan, como fosilizadas, formas sociales y espirituales propias de los tiempos prehistóricos y que nos iluminan en el conocimiento de la vida espiritual y social ante el pasado humano. De la misma manera, para reconstruir ese pasado desconocido, se utilizan otras ciencias auxiliares como son la antropología o la paleontología. Y con estas herramientas, como compañeras de viaje, emprende la aventura del “El alma en la piedra” José Vicente Pascual.

A partir de aquí, Pascual nos viene a mostrar que frente a la historia escrita (de guerras y dinastías), la historia remota une a los pueblos en una sola cultura: la supervivencia, que abarcó acaso todo el orbe habitado. Esto no quiere decir en absoluto que entre los pobladores de los distintos asentamientos no existieran hostilidades y contiendas incluso en el interior de los mismos clanes, pero todo en aras a sobrevivir. De hecho los protagonistas en la obra de José Vicente no son personajes, sino vida, la misma vida, la de hoy y la de siempre, la eterna pugna entre la ignorancia y la experiencia en la que sobrevive el que mejor se adapta o el que mejor resiste a su propia fragilidad; la vida también entendida con su carga de horror e impotencia, con sentimientos de atracción o de odio, con la inquietud ante el peligro amenazante o con el temor de andar en solitario sobre la tierra sin rumbo fijo, en donde el clima y la topografía (con sus numerosas cuevas), la fauna y la vegetación se imbrican como protagonistas de fondo entre unos personajes de mente ágil y sentir estético que sobrevivían fundamentalmente de la caza.

"El alma en la piedra" sitúa en una cueva un grupo humano, el Clan de los Tiznados, en una etapa de la prehistoria donde el frío parece que alternaba con una climatología más suave según las épocas del año y cuando el deshielo daba una tregua a la supervivencia y permitía la resistencia mediante el acopio de todo tipo de recursos que proporcionaba la naturaleza o, en su defecto, fueron los hurones, almizcleros, o los propios perros, que acompañaban a los moradores de aquellos inhóspitos lugares, los que sirvieron de reserva alimentaria para épocas difíciles. Con el tiempo los pobladores de aquella cueva se fueron especializando en la caza de piezas mayores

El clan de los Tiznados “era una alianza de hombres con apetencia por la vida y rabiosos ante el misterio”, situado en un espacio concreto: la cueva y sus alrededores. Concretamente, el punto de partida desde el que Jose Vicente Pascual inicia la obra es desde un escenario cimentado exclusivamente en la pervivencia y desde el espíritu de inventiva de aquellos abuelos nuestros que se asentaron en la tierra hace decenios de miles de años en medio de las mayores dificultades ambientales. A través de la voz de los propios personajes, nuestro autor nos va mostrando la vida de estos hombres dedicados a la caza y a la necesidad que encuentran de satisfacerse en la reproducción de la figura animal. En “El alma en la piedra” cada personaje desarrolla en sí mismo un proceso que el lector va percibiendo casi sin otra referencia que lo que se le va descubriendo en el transcurso del relato. Sin embargo; a pesar de esto, Pascual no pierde de vista su intención ni la lógica interna que la narración va ofreciendo o insinuando al lector.

El temor, la impotencia y la inseguridad ante lo desconocido de las mujeres y de los hombres primitivos, en general, y del Clan de los Tiznados, en particular, son factores determinantes e inseparables acompañantes de la humanidad, no solo en aquellos momentos, sino también en cualquier momento de la historia hasta la actualidad.Tal vez el sentido de la indefensión se asome como una sombra acechante o como arquetipos que habitan en el ser humano durante el transcurso de los siglos. Decía Goethe que el estremecimiento es la parte mejor de la humanidad y que el miedo primitivo a lo inexplicable se modificaría con la historia hasta convertirse en sentimientos religiosos.

Pues bien, ya en "El alma en la piedra" el protagonista principal, Ibo Huesos de Liebre, aprende en cada cosa que ve o siente y trata de interpretar o, tal vez, de comprender inútilmente la realidad circundante en medio de una manifiesta incapacidad por no poder encontrar respuestas adecuadas al misterio mismo de la existencia; todo ello en un tiempo y en un espacio determinado y con unas condiciones ambientales en el que, como decimos, sobrevivir era tarea compleja. Por esto, Ibo Huesos de Liebre, ante el asombro permanente de la existencia, tratara de ligar lo humano con elementos espirituales a través de sus pinturas en la cueva, no solo como un sistema de comunicación social sino también en su anhelo de encontrar explicaciones fuera del mundo, es decir, trascendentales.

El arte, en este sentido, representa las ideas de la época acerca de lo natural y lo sobrenatural, es por tanto una ventana abierta al alma del hombre primitivo frente a la cultura material. De esta circunstancia podemos inferir del planteamiento de esta obra, siguiendo el pulso del del autor, que tal y como debió de suceder con aquel homo sapiens, las pinturas y los grabado cumplían la función, como decíamos más arriba, de sistema comunicativo que va desde el sentimiento íntimo a la creencia mágico-religiosa, o tal vez vertida hacia lo trascendental (cuando las representaciones se realizaban en los lugares más recónditos de la cueva, concretamente, en la segunda cúpula); por el contrario, lo funcional, que era lo mejor asimilado e interpretado por el Clan de los Tiznados, se pintaba o grababa en lugares de fácil acceso a la cueva, bien en las paredes interiores de la entrada, bien en las exteriores.

Pascual no plantea en esta obra un plan o una tesis sobre la que construir unos argumentos, calculando camino alguno, ni precisa metódicamente la existencia de sus personajes, sino que estos entran y salen arbitrariamente, aparecen y desaparecen, igual que ocurre en la vida y, a poco que pensemos, caeremos en la cuenta de que nuestra propia existencia no es más que un ir y venir como fue la de aquellos ascendentes nuestros que poblaron la tierra hace miles de años. En este sentido nuestro autor sigue la línea de la novela moderna y, aunque sus protagonistas se mueven en el libre albedrío, también le gusta a nuestro autor intervenir en la trama personalmente, bien a través de los personajes, bien describiendo algo y hablando en voz alta, al hilo de su descripción.

Da la impresión de que Jose Vicente Pascual se siente atrapado imaginativamente en cada uno de los personajes, como si estuviera él mismo viviendo y reconstruyendo el instante, como si hubiera estado allí en ese justo momento; quizá por aquella misteriosa fuerza que adquiere el inconsciente colectivo en nosotros. Y así, produce la impresión de que el elemento esencial sobre el que gravita toda la obra es el instante vivido y el instinto por sobrevivir en aquellos remotos tiempos, al igual que en cualquier otro tiempo de nuestras vidas. Y así, leyendo “El alma en la piedra” tiene uno la impresión de que el drama de la vida humana no es sino la mínima expresión del drama cósmico que nos hace sentir la insignificancia del hombre en medio de la vida en el planeta, tras el paso de decenas de miles de años; como nos diría Rilke: … Pues el espacio cósmico en que nos disolvemos/¿no tiene sabor a nosotros?

A pesar de todo lo dicho hasta ahora, quizá, uno de los aspectos más relevante, que resuelve Pascual con elegante naturalidad y eficacia, sería el manejo de los recursos idiomáticos en el funcionamiento comunicativo de aquellos clanes que necesitaban transmitirse información o, lo que es lo mismo, comunicarse para la supervivencia.

Circunstancia esta que nos lleva a pensar -en función a los estudios realizados por los antropólogos- que el lenguaje ya estaría doblemente articulado en la obra de nuestro autor; es decir, ya se habría producido con muchísima anterioridad (quizá millones de años antes) el milagroso acto que consiste en articular entre sí sonidos, fonemas, monemas y palabras para crear nuevas realidades a través la voz. En este sentido, también, deberíamos considerar que la comunicación se encontraría en estadios muy poco evolucionados y, por tanto, debemos entender que los mensajes comunicativos que nos ofrecen los protagonistas de "El alma en la piedra" mediante sus diálogos son muy concretos y reducidos, aunque bien es cierto que nuestro autor, en un alarde del dominio imaginativo que posee, los adapte al pensamiento actual en una especie de anacronismo simbiótico para una mejor comprensión del lector y que, desde luego, nos parece de una creatividad y de una altura intelectual solo al alcance de muy pocos.

Lo que parece evidente -por los datos que se nos ofrece en la narración- es que en “El Clan de los Tiznados” prevaleció un lenguaje exclusivamente oral sobre cualquier otro sistema de comunicación por su mejor capacidad de interpretar sonidos durante la noche o en la distancia ante posibles amenazas; pero, por supuesto, insistimos en que las pinturas y grabados realizados a base de finas incisiones o cortes sobre la piel de animales, sobre huesos o sobre la roca constituyen un auténtico sistema de signos con un marcado carácter comunicativo en su forma de interpretar el mundo.

En cualquier caso, es importante constatar en el transcurso de toda la obra cómo aquellos cerebros prehistóricos de los sapiens asociaban los ruidos o sonidos fuera de la cueva o de detrás de la maleza con la presencia de animales hostiles en acecho o con otras tribus potencialmente conflictivas en estadios muy poco evolucionados -casi ancestrales-, que se situaban en la fertilidad del valle con claras tendencias antropófagas y que en el mundo del Clan de los Tiznados era asimilado e interpretado como una especie de holocausto caníbal. Por esto es muy llamativo, más allá del dato frío de lo narrado en cada momento del día o de la noche, el impacto sensorial y emocional que provocaba en el clan cada eco o retumbo que sabían interpretar, asociándolo a un significado de angustia, miedo o temor ante lo inesperado. Por tanto, la sucesión de lo imprevisible actúa también sobre el lector como el eje neurálgico sobre el que sustenta el suspense de la novela.

Por otro lado, no sabemos el periodo de la humanidad en el que Pascual detiene su mirada para el desarrollo de la acción, pero intuimos por el clima, por las manifestaciones artísticas, por el utillaje y restos materiales que se relatan en la obra: armas, útiles de todo género, objetos de adorno, pinturas, etc., que son descritos con todo lujo de detalles y a los que nos referiremos después, que debería conducirnos a la época en la que el homo sapiens sapiens pobló la tierra.

De todo cuanto acabamos de comentar habría que deducir que para interpretar y entender a los personajes de “El alma en la piedra”, estos sapiens descritos por Pascual a las puertas del neolítico, habría que entenderlos como unos seres con una anatomía parecida a la nuestra, cuya forma de vida se basaba en una sociedad de producción también parecida a la nuestra (cazadores-recolectores), capaces de utilizar propulsores de lanzas y a su vez con un gran sentido de la belleza. Belleza que iría desde los adornos personales a las más complejas manifestaciones artísticas-espirituales.

Por esto, al representar la vida misma los personajes de la novela, Pascual interviene en el relato con un lenguaje claro, sencillo, simple y cotidiano, excepto cuando asoma muy discretamente la voz del narrador para referir algún utensilio o material específico; en resumidas cuentas, estamos hablando de un estilo de insólita llaneza por el que se deslizan los distintos personajes que van transitando por el relato. Sin embargo, la insólita belleza del lenguaje es de tal naturalidad expresiva que llama la atención con la fuerza innata que se imponen los nombres de los personajes, siempre en contacto con lo concreto.

Pero claro, la complejidad reside en manejar la narración ocultando la tercera persona omnisciente, nombrando lo sustantivo (con la carga simbólica que conlleva), referido a un sólo referente inequívoco: Por esto nuestro autor utiliza al referirse a los nombres, el accidente o las propiedades más destacable de las personas, animales o cosas. Antes bien, Jose Vicente Pascual lo justifica indicando que son los propios personajes los que realizan esta actividad para distinguirse o reconocerse dentro del clan. Sea como fuere, de esta manera o de otra, nuestro autor consigue en su novela con esta técnica narrativa dos objetivos:

El primero es distinguir unas personas de otras, bien por sus características físicas, bien por un acontecimiento determinado de su vida, bien por su origen, bien por su actividad, o bien por cualquier otra circunstancia o habilidad del personaje. Desde luego, en este sentido resulta profundamente llamativo el carácter con cierto tinte de ironía y gracejo que prevalece en la mayor parte de los mismos: Erizo Escondido, Tejón Castrado, Lobo sin Sombra, Ulo el que se Orina Encima, Gain Uñas Rotas, Aru de Ninguna Palabra, Oun Caráneo Brillante, Rag el que Ve, Agah la Cierva, Dod Vigilante Solitario, Dana Orejas Brillantes, Aún sin Nombre, Ojos Grises, Ibo Huesos de Liebre. Etc…

El segundo de los objetivos que alcanza Pascual es que, mediante este proceso tan personal de nombrar a los personajes de esa manera tan sutil, consigue tal economía idiomática que se hacen innecesarias tantas palabras y palabros que, a veces, chirrían como goznes sin engrasar en las descripciones que realizan muchos de nuestros autores contemporáneos y que para algunos son considerados el desiderátum de la literatura. La descripción para el autor de “El alma en la piedra”, en el recorrido de toda su obra y especialmente en esta, consiste en estar interesado tan solo en ver la palabra principalmente como símbolo, no como un alarde de conocimiento del léxico, ni siquiera del conocimiento lingüístico. Y así con tan solo dos o tres términos queda al descubierto y perfectamente definido el personaje que interviene.

Personajes que, por cierto, no nos enardecen en absoluto ni nos acucian a comportarnos como ellos, ni siquiera nos causan admiración, pero que si nos afectan, y mucho, a nuestra capacidad imaginativa. Solo nos llama la atención las peripecias y creencias que en la vida cotidiana van aparejadas a estos hombres y mujeres muy próximos al neolítico, cuyos pilares básicos se fundamentaban en el azar, en lo incomprensible y en lo misterioso. Así, para ellos el mundo era todo lo que había más allá de la cueva, aunque, eso sí, estructurado en el Mundo de Arriba que era el Hogar de Todos, frente al de Abajo: Los que Aún Viven. Estos últimos no podía ser representado en Los Cielos del Alma de la Tribu, es decir en el techo de los lugares más profundos y recónditas de la cueva (en el techo de la segunda cúpula que había en la cueva), porque todavía no habían llegado al Hogar de Todos, al estar en el mundo de los que Aún Viven. En medio de los dos mundos se encontraba Rag El que Ve, es decir, el guía espiritual que era como una especie de médium que interpretaba la voluntad de la divinidad, es decir, a La que Existe como el espíritu invisible de todo cuanto poblaba el mundo y mantenía el orden de todas las cosas.

Es verdaderamente llamativa la capacidad persuasiva que han ejercido a lo largo de la historia del hombre los líderes espirituales en cualquier comunidad (presente o remota), en el que el pensamiento y el sentimiento se aúnan, se imbrican y se despliegan conjuntamente. Así, Rag el que Ve, mantiene una serie de planteamientos dogmáticos, plagados de prohibiciones, que se imponen en El Clan de los Tiznados, frente a la acción meditativa y racional en la búsqueda del conocimiento de Ibo Huesos de Liebre, que pensaba que “si no fueran tan ignorantes, tendrían muchas menos leyes”. El conocimiento, como podemos observar, pareciera que desde siempre ha estado disociado de las creencias espirituales en sempiterna lucha entre el Bien y el Mal o. quizá, como emerge en nuestros tiempos al modo de William Blake en la pugna entre inocencia y experiencia.

Continuando con las manifestaciones artísticas, como proyección del espíritu de los moradores de la cueva, tendríamos que tener en cuenta, igualmente, que el arte representaba las ideas de la época acerca de lo natural y de lo sobrenatural y que las pinturas tenían un carácter sagrado. Rag el que Ve, interpretaba la tradición desde una firme convicción doctrinal basada en la costumbre y promulgaba: “pintar figuras humanas estaba prohibido, pintar animales que cazaban a los seres humanos también estaba prohibido, pintar cualquier cosa que no fuesen animales a los que cazan los seres humanos igualmente prohibido”..., aunque, por otro lado, la costumbre entendía que sí estaría permitido que se pintasen las manos de los cazadores, porque separadas estas del cuerpo ya no tenían espíritu. En conclusión, para el Clan de los Tiznados el planteamiento sería así: animal pintado, animal cazado. Y es que no son pocas las insinuaciones que a través de los personajes nos hace José Vicente Pascual, en el sentido de que existían ritos de reparación al espíritu del animal venerado, pues de él dependía la vida y la salud del clan, pero, no obstante, al mismo tiempo, debía ser sacrificado para la supervivencia del grupo.

El alma en la piedra nos presenta una organización social perfectamente definida, los personajes se reúnen en torno a la cueva para protegerse ante el medio hostil que los rodeaba bien por las amenazas de la naturaleza, bien de otras tribus antropófagas, siempre al acecho; los personajes que son cazadores-recolectores son presentados siempre con gran oportunidad, esto es, nunca amontonados de tal forma que se distraiga la atención del hilo principal de lo que se narra o describe en cada situación, Y es que nuestro autor, con gran maestría y dominio del género, salta de una a otra acción sin enumerar todos los pasos que las relacionan, con el objetivo de dejar puentes imaginativos en la atención del lector.

Sin embargo, lo que más llama la atención, lo más sobresaliente en "El alma en la piedra" es el dominio técnico en la caracterización de los personajes que realiza Pascual, pues estos dan a conocer su carácter a través de sus acciones o, incluso, por el sobrenombre, técnica que nos deja un sello profundamente personal en la economía descriptiva como ya hemos reseñado anteriormente.

Y aunque en el Clan de los Tiznados no existían diferencias de poder, si se reconocen el liderazgo de algunos protagonistas que inciden de forma significativa en el desarrollo de la obra y en las peripecias que se relatan. Enumeramos algunos:

Ibo huesos de liebre, un adiestrado cazador, delgado escurridizo y flexible como ningún otro miembro del clan, además de experto en tallar las imágenes sagradas en el techo de la segunda cúpula de la cueva; es decir, en los cielos del alma de la tribu, donde se pintaban las figuras que representan al mundo, muy especialmente las que cazaban.

Ojos Grises, bella mujer, dulce, orgullosa y deseable por distintos hombres del clan. No deseaba engendrar hasta que alguien se hiciera cargo de su hermana, Aún sin Nombre. Una vez que su hermana se hizo mujer, mostró su deseo monogámico (algo insólito en la cueva) a Ibo Huesos de liebre para unirse a él y tener sólo hijos suyos.

Rag el que Ve, el padre de cada uno de los cazadores y el que interpreta la costumbre y declara las normas por las que debe regirse el clan. Su fatalismo, basado en el sentido sagrado de las pinturas y su estricto sentido ontológico del ser humano en el mundo y la trascendencia, llevará al clan al descalabro final. Entendía que todo origen es femenino y, por tanto sagrado.

Agah la Cierva, madre y espíritu de las mujeres; es la única que tenía un sobrenombre, cuyas razones eran desconocidas, pues las mujeres elegían su forma de llamarse y de ser nombradas según distintas casuísticas. Poseía el secreto de las pócimas y del valor curativo de raíces y de hierbas para curar distintos dolores; desvelaba a las mujeres del clan el valor catártico de la palabra.

Aún sin Nombre, hermana menor de Ojos Grises, era callada introvertida, pensaba que estaba destinada como el resto de las mujeres a traer hijos y dar cazadores a la tribu, muy joven, ágil y sin desánimo. Trepaba por lo alto de los árboles y saltaba por encima de las peñas, hasta que Agah la Cierva descubrió el verdadero sentido de esta noble alma en el mundo: “había nacido sabiendo y por tanto necesitaba un nombre” que, sorpresivamente, se desvelará con el desenlace de la obra.

Podemos decir que los personajes de la novela que nos presenta Pascual son tan humanos que muchas veces al verlos o adivinarlos nos quedamos suspensos, llenos de sorpresa y de inquietud; pues, hoy a pesar de haber pasado miles y miles de años, nos parecen como hermanos, sentimos una descarga eléctrica de admiración y de asombro, una corriente de simpatía, sentimos los arquetipos del alma del ser humano. Más aún, como si ellos fueran nosotros y nosotros fuésemos ellos, y en donde el dolor y el sufrimiento se conjuran en el Hogar de Todos en “donde nada duele y donde ninguno hace daño a ninguno”. Este sentido animista de la existencia, que se produce con el florecer de la conciencia, se da en el momento en el que el ser humano muestra su curiosidad y su permanente asombro ante cosas inexplicables, a las que trata de dar respuestas desde su permanente anhelo existencial de encontrarse con algo fuera del mundo.

Sin embargo, el espacio narrativo que elige Jose Vicente es la cueva y sus alrededores; no obstante, conviene decir que sobredimensiona el espacio cuando los protagonistas tienen que caminar durante jornadas enteras en busca de la caza para el sustento del clan, o cuando salen en busca de la osa herida, circunstancia aprovechada por nuestro autor para hacer uso del conocimiento que posee con todo lujo de detalles descriptivos de las armas utilizadas en aquel periodo de tiempo. Así, ya desde el principio podemos observar, tanto para la caza de la fauna mayor como la caza de fauna menor una serie de elementos utilitarios para tales finalidades como: confección de redes, propulsores de flechas, cepas, estacas, aguijones de astas de ciervo, o distintas herramientas como cuchillos de astas de hueso o de sílex que eran utilizadas por aquellos hombres con distintas funciones según conviniera.

Digamos, en este sentido, que no se pretende afirmar excelsitudes inexistentes del conocimiento que posee el autor de las armas, utensilios y demás enseres de aquellos hombres y mujeres que poblaron la tierra hace miles de años, ni tampoco ofrecer un cúmulo de datos sobre los mismos, ni tampoco utilizar un ejercicio de investigación, apoyado en un conocimiento con causa del propio autor. Ni mucho menos. Esta obra se erige ante los ojos del lector como una voz que nos estremece ante la presencia, quizá monstruosa, de un mundo en donde el azar reina sin oposición alguna y en donde se busca una suerte de verdad liberadora en el Mundo de Arriba, en el Lugar de Todos. Un latido espiritual que, ya aleteaba en aquel hombre primitivo, como lo haría muchos de miles de años más tarde en los Salmos de David.

Pero es que además en El alma en la piedra, Pascual, nos presenta al Clan de los Tiznados, un asentamiento en vías de especialización para la gran caza, a un grupo casi familiar que va a seleccionar este modo de supervivencia cada vez con más fuerza como su actividad preferente, debido al carácter gregario de estas especies agrupadas en manadas o rebaños de uros, caballos, bisontes, ciervos, bueyes, lobos, linces, osos, leones, alces, almizcleros, hozadores…, son muchos y necesitaban mucha comida. Todo esto, claro está, sin olvidarse de otras piezas menores, como serpientes, hurones, ratas, o los propios panales tejidos por las abejas e, incluso, como comentábamos anteriormente, se alimentaban de los mismos perros -cuando apretaba el hambre- que los acompañaban a la entrada de la cueva.

Lógicamente, en el Clan de los Tiznados, no todo estaba basado exclusivamente en la búsqueda del alimento, guiados exclusivamente por el instinto, sino que atendían al aprovechamiento total de la especie cazada; es decir, les interesaba también el animal en su totalidad, entre otras cosas, para la obtención de pieles para abrigarse, o para calzarse, o para extraer vísceras y tendones de los animales, que luego serían empleados con distintas finalidades como podría ser crear arpones para la pesca o la caza. De ahí que también fuera extraordinariamente apreciada la grasa del cadáver de la presa cazada o pescada, puesto que les proporcionaron infinidad de beneficios, tales como iluminar el interior de la cueva, o para fijar los volúmenes de las pinturas, mezcladas con óxido y polvo de arcilla, o para curtir pieles de bisontes o de la pieza que fuere.

Todas estas circunstancias del Clan de los Tiznados, “una especie extraordinariamente hábil para la supervivencia”, son descritas por nuestro autor con una rigurosidad de imágenes sobresalientes (documentadas con toda seguridad en la antropología y en la geología). Su objetivo no es otro, sino describirnos en momentos concretos en que se desarrolla la acción cómo debió ser el cambio climatológico en la realidad fenoménica de la época en que se sitúa la narración; es decir, Pascual, con un lenguaje familiar y muy expresivo, nos pone delante de los ojos a aquel sapiens en el centro de una naturaleza primigenia (áspera y hostil), dentro de las múltiples transformaciones que se estaban operando con el deshielo, con el objetivo de mostrarnos e introducirnos de lleno en los distintos aspectos atmosféricos a través de las fuerzas naturales extraordinariamente desenfrenadas por momentos:

“Lluvia tirana, gruesa, poseedora, con charcos de agua dispuesta a convertir el mundo en una ciénaga”; “lluvia que impedía ver el mundo y se interponía sobre el mundo”; “lluvia que descendía furiosa hacia el valle; “lluvia aplastante que enfangaba al mundo” y en donde el agua formaba arroyos cenagosos”.

Como podemos observar. Nuestro autor presenta una naturaleza en toda su grandiosidad sin enmascaramientos, muy al contrario y muy lejos de aquellos jardines románticos que les hacían perder fácilmente el carácter de jardines para convertirlos en un trozo de selva, y más lejos aún de los que creen en la actualidad en una naturaleza idílica y llena de bondad y que creen poetizar a través de utopías y de paraísos imposibles.

De esta manera el enfoque del autor de “El alma en la piedra” nos parece tan real que la consecuencia final de la narración resulta casi fotográfico y, a su vez, dramatizado a través de los personajes; pero, lo que se percibe más complejo, si cabe, es que Jose Vicente Pascual aparece, en cada página leída, cada vez más oculto tras el ruido de las voces de los personajes. Es una evidencia, por tanto (para cualquier lector algo avezado en la lectura) que nuestro autor domina, sabe y conoce perfectamente escudriñar en el dialogismo a extremos insospechados para conseguir estos efectos narrativos. Y todo esto llevado con claridad, fuerza y elegancia, sin digresiones y sin pensar en el estilo, sino en la comodidad del lector, sofocando el peligroso énfasis retórico contra el que Heinrich Heine nos advertía.

El paisaje, como elemento fundamental es, consecuentemente, como decíamos más arriba, un polo de atracción más en El alma en la piedra, pues junto a los pastos y a la aparición de la agricultura para la supervivencia del Clan de los Tiznados, nuestro autor nos hará referencia, por medio de los personajes, casi de un plumazo, casi sin percibirlo, a todas las formas intangibles del paisaje y, por ende, al origen sagrado contenido en la naturaleza. Paisaje que, por otro lado, nos aparecerá en la retina como pequeñas secuencias o ráfagas fotográficas en su realidad física, frondosa y exuberante en vegetación: matorrales frescos o fresca hierba brotada a la sombra de bosques profundos, o árboles frutales, o todo tipo plantas, arbustos y raíces, que, por otra parte, eran bien conocidas por los más ancianos del clan y que utilizaban para sanar heridas o para calmar el dolor de muelas mediante ungüentos y brebajes experimentados..

Concluyendo, diremos que José Vicente Pascual a través de esta obra de ficción, enmarcada probablemente en las puertas del Neolítico, nos relata a través del dialogismo el medio y las condiciones de vida en que sobrevivieron aquellos hombre y mujeres que ocupaban la tierra hace miles de años. Para ello el autor se apoya en las más prestigiosas fuentes arqueológicas con ávido deseo de penetrar en los orígenes de aquellos pobladores, rastreando toda referencia documental existente hasta la fecha.

En esta ambiciosa amplitud de miras, Pascual recopila la más amplia información sobre el modo de vida de grupos humanos que tienen que enfrentarse con graves y crecientes limitaciones, sobre todo, cuando se están produciendo hondas transformaciones en el paisaje vegetal y cultural, pues los personajes no encuentran la manera de despojar la realidad de la trascendencia, y en donde la conciencia se había convertido en contemplación, en mirada atenta ante la obra de arte como elemento catártico liberador y que se sobrepone a la derrota de la muerte. Una tensión emocional ante el temor, la insatisfacción, el azar, lo incomprensible y el misterio recorre a todos los personajes, esperando siempre el advenimiento de la trascendencia.

Y aunque el asunto tratado en la obra es un tema hondo, difícil y especializado en muy distintas ramas del saber científico y humanístico, José Vicente Pascual, renuncia a la inflación pretenciosa del estilo y nos ofrece junto a un léxico profundamente técnico, unívoco y universal, páginas de un lirismo entrañable, bellísimo, al par que una delicada tonalidad de matices cromáticos; pero eso, sí con una visión tan interpretativa del idioma que consigue con su anti retoricismo llegar a acompañar al lector, para descifrar el mensaje con la mayor naturalidad Y aunque el asunto tratado en la obra es un tema hondo, difícil y especializado en muy distintas ramas del saber científico y humanístico, José Vicente Pascual, renuncia a la inflación pretenciosa del estilo y nos ofrece junto a un léxico profundamente técnico, unívoco y universal, páginas de un lirismo entrañable, bellísimo, al par que una delicada tonalidad de matices cromáticos en la selección de vocablos dignos de las mejores imágenes que nos pueda ofrecer la naturaleza. Por todo esto, “El alma en la piedra” esta trabajada en el yunque de la palabra exacta y en el pensamiento requerido y esperado en cada uno de los personajes, con objeto de  quede lejos de toda afectación, lo que provoca en el lector  un sentido de veracidad cautivadora que, unida a la mesura lingüística y al tono empleado por José Vicente, nunca entra en disputa con la sobriedad del tema tratado.

PEDRO LÓPEZ ÁVILA

Catedrático de Lengua y Literatura Españolas

Invierno de 2021


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