Reinos de otro mundo - Primeras páginas

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I - Los aspirantes 


Según los cronistas que dicen saber —y si dicen saber será porque saben, pues nunca hicieron fama de mendaces o mal documentados—, un día cualquiera, en el pasado remoto, el consejero Ável comenzó su mañana palaciega.

Añoso pero no achacoso, aún firme de carne y huesos, convertido en anciano vivaz, idéntico a como siempre se había imaginado cuando le llegase la vejez, echó dos vueltas a la llave de sus habitaciones y recorrió los pasillos del torreón con el mismo paso de siempre, un caminar seguro y sin apresuramiento ni sigilo. Era la forma de moverse, y ciertamente de comportarse, adecuada a los orgullosos miembros de la Asamblea del rey, quienes nada tenían que ocultar al mundo, mucho menos disimular como si fuesen medrosos cortesanos; por nada debían precipitarse, pues no había asunto grave, nimio o urgente que no pudiese esperar la llegada de un consejero y el beneficio de su dictamen experto.

Un tanto ufano bajaba las oscuras escalinatas hasta la sala recepcional. No era aquel un día como los demás, sin embargo. Dos novedades vagaban en los pensamientos de Ável, una de índole privada y otra vinculada a sus obligaciones como elector de los Guardianes de la Corona.

Saludó a algunos copistas que transportaban legajos desde la biblioteca a sus escribanías. Pensó que aquellos diligentes servidores lo habrían visto como acostumbraban, con la mirada de siempre: el venerable Ável, sereno partícipe en la Asamblea del rey, camino de sus tareas. Era el mismo Ável del día anterior aunque, eso no lo sabían, con un año más en la cuenta particular de su calendario.

“Setenta años”, se dijo. Setenta años no son demasiados cuando un hombre ha conseguido anclarse a la senescencia, administra una buena salud y disfruta de una posición como la suya. Setenta años son muchos años para un soldado; casi ninguno alcanza esa edad y, en caso de lograrlo, vive una corta vejez asediada por heridas a mal curar, cicatrices que aún arden sobre la piel y huesos rotos que claman y rabian en cuanto aparecen dos nubes en el horizonte. La vejez del soldado es inhóspita, casi tanto como la del campesino, y qué decir de la senectud que atropella a los marinos y cargadores del puerto. Que un marino, un cargador o un labriego llegase a viejo era un milagro tan improbable que no merecía la pena pensar en ello.

Sí le pareció oportuno pensar en cómo se regalaría durante el desayuno, cuando hubiese despachado con los tres aspirantes a novicios en la hermandad de los Guardianes de la Corona. Se alegró pensando en la mantequilla derretida sobre el pan caliente, el sabor dulce y ácido del jugo de moras mezclado con leche de cabra y miel de renuevo, y en la frescura de los gajos de cidra empapándole los dedos antes de llevarlos a la boca. Sí... Para un hombre como él quedaban reservados dos grandes placeres: cumplir sus obligaciones y saciar en la mesa los apetitos del paladar.

En cuanto Ável apareció en la estancia, los soldados que hacían guardia ante las puertas de la sala recepcional alzaron la barbilla y pegaron la lanza al hombro. En medio del espacioso recinto aguardaban los tres aspirantes; tres jóvenes que habían superado el período de instrucción y estaban decididos a integrarse en la selecta hermandad del reino de las Nueve Hogueras: los Guardianes de la Corona.

—Os conozco —se dirigió Ável a ellos—. Nunca he visto vuestras caras pero os conozco. He leído la memoria de instrucción redactada por vuestros superiores y las actas de dispensa para ser nombrados aspirantes. En esos documentos se detalla cuanto es preciso saber, lo único que ahora me interesa: quiénes sois y por qué estáis aquí.

Los aspirantes bajaron la mirada en signo de aceptación. Les habían recomendado que se mostrasen bien dispuestos, obedientes hasta la sumisión, y que no dijeran una sola palabra a menos que Ável les preguntase.

En silencio y respetuosos, por tanto, acataban las palabras del consejero.

—Quiénes sois, es muy sencillo deducirlo —continuó Ável—: tres temerarios que confían en su buena suerte, pues no otra cosa se necesita para superar la última prueba de iniciación. Por qué estáis aquí, es más fácil todavía contestarlo: porque no habéis muerto, como la mayoría de vuestros compañeros. Decidme, ¿cuántos se alistaron en la recluta para la Pretensión a la hermandad?

Los tres aspirantes se miraron entre sí, dubitativos, preguntándose cuál de ellos debía responder.

—Vamos, vamos.... Tú mismo —señaló el consejero al más alto y fornido de ellos, un mozanco de larga cabellera negra atada tras la nuca con un lazo de cuero—. Seguro que lo sabes. ¿Cuántos?

—Cuarenta y dos —respondió el aspirante.

—¿Cuántos abandonaron?

—Treinta, señor.

—¿Y cuántos han muerto?

—Los demás —titubeó el joven—. Todos los demás murieron... Menos nosotros.

—Tres elegidos entre cuarenta y dos —sonrió Ável—. No es mala proporción. En otros tiempos se llegaba a tres de setenta, puede que unos cuantos más. Siempre han sido tres los elegidos para la última prueba. ¿Sabéis por qué?

Los tres negaron, sin atreverse a mirar a la cara al consejero.

—Muy pronto vais a enteraros —dijo Ável—. Os recomiendo que escuchéis y no perdáis palabra de cuanto tengo que deciros. De cómo esas palabras os infundan determinación, dependerá en buena parte vuestro éxito o fracaso.

Asintieron de nuevo los aspirantes. Si se les hubiese permitido el privilegio del miedo, sin duda los tres temblarían ante la gravedad con que Ável les hablaba del inmediato futuro.

—No sois gente común, sino elegidos desde el mismo día de vuestro nacimiento. Bien lo sabéis. Nada más salir del vientre de la mujer que os trajo al mundo, vuestros padres os señalaron para servir en los Guardianes de la Corona, os condujeron a la fortaleza y el maestro forjador estampó en vuestra piel de recién nacidos la señal del destino al que os ofrendaban, aproximando una aguja incandescente.

Ável siempre pronunciaba el mismo discurso y la reacción de los aspirantes, cuando decía aquella frase, siempre era la misma: miraban, palpaban la cicatriz indeleble del antebrazo, la marca del volcán bajo cuya cima ejercía su poder el rey de las Nueve Hogueras.

—Vuestros padres no quisieron que fueseis tristes campesinos ni marinos entregados al azar del océano, ni codiciosos comerciantes barrigones. Anhelaron para vosotros el mejor de los destinos: servir al rey. Hasta hoy, el sagrado deseo se ha cumplido.

Hizo una pausa el consejero Ável, indagando el efecto de su alocución en los aspirantes. Los tres jóvenes permanecían impávidos. Por dentro tiritaban de ansiedad; por fuera, tal como les habían enseñado durante el período de Pretensión, se mostraban indiferentes a cualquier inquietud, atentos a las palabras de Ável y dispuestos a obedecer de inmediato cuanto se les ordenase.


—Habéis superado dos meses de adiestramiento, preparando esta prueba final. Muchos renunciaron y otros perdieron la vida. A quienes cejaron en el empeño y decidieron rendirse, se les arrancó a cuchillo el trozo de carne donde llevaban la marca del volcán, el emblema de la corona. Ninguno de esos cobardes, condenados ahora a malganar su existir en las faenas campesinas, guardando rebaños o descargando mercancías en el puerto, merecen llevar grabada en su piel la noble enseña. Los que murieron, fueron a la tumba con honor y los despedimos como a bravos soldados. De todos ellos, sólo quedáis vosotros, tres hijos del volcán que sin duda merecen servir a la corona y formar parte de su guardia. Pero, lamentablemente, sólo dos pueden conseguirlo.

Repitió las condiciones, algo sombrío. Amenazador.

—Sólo dos... ¿Lo habéis entendido bien?

Asintieron de nuevo los aspirantes.

—Si alguno quiere renunciar, está a tiempo.

Los jóvenes no se inmutaron. Ável sonrió. Encogió los hombros por un breve instante. Después dijo:

—Si es vuestra voluntad, seguidme.

Se organizó una pequeña comitiva: Ável en cabeza, los tres aspirantes tras él y dos soldados cerrando el cortejo. Tras abandonar la sala recepcional, descendieron una escalinata que conforme se iba ahondando en los sótanos de la fortaleza era más retorcida, de peldaños más estrechos y toscamente pulidos. Para iluminar la última parte del trayecto, Ável tomó una antorcha de las que ardían ancladas en la pared de piedra. Descolgó de su cinto un aro de metal con dos llaves que tintineaban en lo oscuro. Abrió primero una puerta de recia madera, después un enverjado medio comido por el óxido y con trazas de ser más antiguo que la misma fortaleza. Por fin llegaron a un lóbrego pasillo, a cuyos lados había pequeños portones con ventanucos protegidos por gruesos barrotes. Los aspirantes comprendieron que se encontraban en las mazmorras de la fortaleza.

Ável se detuvo. En tono paternal, como si se compadeciese de ellos, se dirigió a los jóvenes con estas palabras:

—Decidme ahora vuestros nombres, pues tengo que despedirme y, en verdad, no sé si volveré a veros con vida. A uno de entre los tres, seguro que he de encontrarlo únicamente en el más allá.

—Me llamo Haridmo —dijo el que parecía más resuelto de los tres, quien ya antes había respondido a Ável, cuando el consejero se interesaba por el número de aspirantes desistidos o muertos en la última Pretensión.

—Pareces un hombre fuerte y listo. Espero que te resulte útil para salir vivo de esta última prueba.

Haridmo sonrió con orgullo. A sus compañeros les pareció que había en aquella mueca algo de desprecio hacia ellos.

—Soy Áderv —dijo enseguida el segundo aspirante—. Mi padre fue estibador en el puerto hasta que los piratas que se ocultan en la bruma atacaron el embarcadero oriental, hace unos años, le cortaron la cabeza y echaron sus tripas a los peces. El resto de mi familia corrió la misma suerte. Yo me libré porque ese día me habían encargado transportar pescado en salazón a la fortaleza.

—Si entras en la hermandad de los Guardianes de la Corona, podrás vengarte de todos los piratas que aparezcan por nuestras costas —respondió Ável.

—Mi nombre es Ducas —dijo el último de los aspirantes—. Mi padre es campesino, orgulloso de sus uñas sucias y de que yo, hoy, esté dispuesto a merecer un lugar entre los Guardianes de la Corona.

—Eso está muy bien, valeroso joven —contestó el consejero—. Ahora decidme: conocéis las normas de la ceremonia, ¿no es cierto?

Aunque no tenían muy claras aquellas normas, los tres asintieron.

—Pues todo queda dicho. Que nuestro padre el volcán os sea favorable, conceda fuerza y coraje a quienes más lo merezcan y elija a los más aptos para el servicio del rey.

Inclinó levemente la cabeza, en un gesto algo ceremonioso.

Dio media vuelta. Empuñando la antorcha, comenzó el consejero a desandar los turbios pasillos en lo profundo de la fortaleza.

Los soldados que habían custodiado la comitiva se dirigieron en ese momento a los aspirantes. Había en su expresión una mezcla extraña de antipatía y compasión. Ellos también habían pasado la prueba. Aunque de eso hiciera mucho tiempo, no habían olvidado la excitación, el miedo y la furia de aquellos momentos.

—Ya imagináis lo que debe hacerse —dijo uno de los soldados.

Señaló la puerta de la mazmorra que había frente a los aspirantes.

—Tomad cada uno una tea encendida, entrad ahí y avisadnos cuando dos de vosotros estén vivos y uno muerto. Bien muerto.

—No tardéis demasiado —advirtió el otro soldado—. Debemos estar de vuelta en la guardia dentro de poco. Si nos castigasen por el retraso... Ah, tened la certeza de que no íbamos a dejar correr el asunto.

Reían los dos mientras los aspirantes tomaban cada cual una antorcha, frotaban el pedernal y la encendían. Enseguida entraron en la celda. Los soldados cerraron el portón tras ellos.

Alumbraron la estancia. Era bastante amplia para entablar una lucha entre tres, a manos desnudas, y aplicar cada cual las artes del cuerpo a cuerpo que tanto habían practicado durante el período de la Pretensión.

—Soy más fuerte y estoy mejor preparado para la pelea —dijo Haridmo, el de larga cabellera recogida con cinta de cuero—. Doy oportunidad a uno de vosotros de salvar la vida y convertirse en mi compañero en los Guardianes de la Corona. No me importa cuál de los dos se me una. Quien luche conmigo vencerá, mataremos enseguida al otro y acabaremos esto rápido. ¿Qué decís, amigos?

La luz de la antorcha recién encendida desveló una sonrisa de suficiencia y dominio en su semblante.

En la media luz de la mazmorra, Áderv y Ducas se miraron durante un segundo. Un brillo de inteligencia acudió enseguida a la mirada de ambos.

Como si se hubieran puesto de acuerdo desde mucho antes, como si hubieran practicado la maniobra varias veces al día en los últimos tiempos, se lanzaron al mismo tiempo contra Haridmo. Áderv estampó un cabezazo contra los testículos del grandullón. Ducas se le agarró a la garganta, abrió la boca como un animal cazador hambriento tras semanas de ayuno y le clavó los dientes en la nuca. Haridmo lanzó gritos de dolor mezclados con una rabia inmensa. Intentaba zafarse de Ducas cuando Áderv, tras el golpe tremendo que le había propinado, se incorporaba súbito y ágil, nervudo y sin vacilación. Con el cuerpo prácticamente pegado al de Haridmo, alzó la mano derecha de arriba abajo. Con la palma abierta y con toda la fuerza que pudo acopiar, golpeó en el lugar preciso. La mandíbula de Haridmo sonó como un montón de huesos rotos, justo en lo que se había convertido. Ducas soltó presa en la nuca del fornido oponente, se dejó caer a sus espaldas y le agarró a la altura de las rodillas. Áderv aprovechó para empujar entonces a Haridmo. Desequilibrado por Ducas, Haridmo se desplomó y cayó de espaldas, a peso vencido de su corpulenta humanidad. Ducas, con viveza de ratón, esquivó y salió de debajo del cuerpo abatido. Dobló el brazo, levantó el codo, golpeó con furia y partió la nariz a su oponente. Áderv saltó con los dos pies y con todo su ímpetu sobre el estómago del pretensionario que lucía larga cabellera negra sujeta con cinta de cuero.

Cuando entre los dos lo tomaron a pulso, lo arrastraron hacia la pared y estrellaron su cabeza contra el muro, Haridmo no oponía ya resistencia. Golpearon dos veces, como si el cuerpo del que había sido su compañero en la Pretensión fuese un ariete. A la primera, le destrozaron el cráneo y le causaron la muerte. Pero los soldados les habían advertido que el perdedor debía quedar “bien muerto”. Repitieron la maniobra. La cabeza de Haridmo quedó convertida en un amasijo de carne y sangre, huesos, cabellos y materia blancuzca como viscosa.

Ambos se apartaron del cadáver.

—Pobre insensato —responsó Ducas a su antiguo compañero.

—Nuestro padre el volcán le dio boca como a todos los mortales, de eso no cabe duda —dijo Áderv—. Pero olvidó poner dentro de su cabeza algo más que ese montón de porquería que ahora se desparrama por el suelo.

Se abrazaron eufóricos. Llamaron a la puerta:

—¡Abrid, hermanos! ¡Está hecho!

Los guardianes del rey descorrieron el cerrojo. Observaron con cierta incredulidad el resultado de la pelea. Uno de ellos, jocoso, aún sin ocultar su sorpresa, preguntó a Áderv y Ducas:

—¿Sabéis por qué siempre quedan sólo tres aspirantes?

Negaron los vencedores del combate.

—Porque siempre que hay tres hombres juntos, si ninguno de ellos pertenece a los Guardianes de la Corona, al menos uno es un imbécil. Por esa razón se os convoca de tres en tres y se os admite de dos en dos. Hay que librarse de los más necios e impedir a toda costa que se cuelen en nuestra hermandad como gatos en las tripas de un burro muerto.

—Vayámonos —propuso el otro soldado—. Los servidores de la fortaleza se encargarán de recoger estos despojos.

Áderv y Ducas caminaron tras los soldados.

—¿Adónde nos dirigimos? —preguntó Áderv.

—Al que va a ser vuestro hogar y vuestro infierno mientras que la vida os dure.

Los dos aspirantes, ya miembros de la hermandad de los Guardianes de la Corona, sonrieron satisfechos por la noticia.
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