La vida en ciclo

Primero fue el grupo, los prehumanos reunidos aunque poco unidos en pequeñas catervas que respondían al estímulo de la manada, pendientes de alerta continua, propia del cerebro de mono. Después fueron el clan y la tribu, originario y exitoso ensayo de colaboración por intercambio de habilidades y división técnica de tareas, en aras de la supervivencia: los cazadores cazaban, los recolectores recolectaban, las mujeres cuidaban del fuego y traían hijos al mundo, y los ancianos —y ancianas— aportaban experiencia, que es la forma más primitiva y más auténtica de sabiduría.

Más adelante fue el asentamiento, con un incremento brutal de la población, el trabajo, la especialización y la penosidad vital. Fuimos muchos más, nos convertimos en dueños incontestables del planeta, mas pagamos el atrevimiento —el progreso— con unas condiciones ambientales deplorables. Vivir más de treinta años era excepción, superar los cuarenta un triunfo sin brillo en la miserable senectud.

De la ciudad neolítica, sometida a la babélica ley del más fuerte, se pasó a la ciudad-Estado, y poco después a la corona-Estado y los grandes imperios de la antigüedad. En este avance de la civilización, Oriente puso el método y las fachadas policromadas, y occidente las ideas. De Mesopotamia a Roma hay un salto importante, un desarrollo conceptual: del poder inamovible, ambarizado en medio de los desiertos, al poder dinámico que se expande gracias al comercio, el ingenio de carreteras y la evidencia bien aprendida de que toda conquista supone imposición de hegemonía cultural. En cierto modo, este último esquema no ha sido superado.

Tras la administración imperial, resurge el poder de las ciudades modernas con vocación federativa y bajo premisa de dos construcciones ideológicas eficientes: la corona y la iglesia; aquello fue un lapso relativamente efímero hasta alcanzar la nación cultural, la división nomotética del territorio conforme a ámbitos civilizacionales: los vikingos con los vikingos y los germanos con los germanos, o todos moros o todos cristianos.

Apenas unos siglos se sobran para el advenimiento y vigencia del Estado-nación. Las ciudades, los gremios y los estamentos vertebran pero no dirigen las sociedades, únicamente sujetas a dos imperativos insoslayables: la ley fundacional —constituciones— y la ciudadanía. Hoy lo llamamos progreso. A eso hemos llegado y por eso hemos alcanzado los niveles más altos de bienestar en todo el mundo —en todo el mundo—, desde aquellos tiempos del grupo antehumano, nómada, que huía de la depredación mientras intentaba conseguir comida, siempre vigilantes gracias a nuestro poderoso radar del peligro que los antropólogos y psicólogos llaman cerebro de mono.

Cíclicamente, vuelta atrás. En la pura perspectiva del progreso apenas estamos en edad adolescente, y por esa razón volvemos a la tribu; y de la tribu al grupo hay sólo un pequeño paso, ya recorrido antes en sentido inverso. Retorna el cerebro de mono, en alerta perpetua aunque, ahora, en percepción no supervivencial sino cultural. El grupo se queja y aúlla, no por daño o advirtiendo riesgo inminente, sino por malestar emotivo. El grupo ya no es un rejuntado de bípedos que corre ante la muerte y come sobre la marcha sino una identidad débil, sin relevancia en la historia —la historia del progreso—, a la que sus chamanes llaman colectivos. Los que nunca empujaron la rueda —no como tales, al contrario: por separado y cada cual según su posición y actividad—, se proclaman hoy dueños del carro, en virtud de su condición. Y por eso mismo, el retorno al grupo no es progreso. Es todo lo contrario: barbarie. El cerebro de mono sin objeto real ni sentido en la dinámica de la historia, pendiente sólo de sí mismo y su desahogo en la inmediatez, pierde el cerebro: ignorancia y barbarie.

Y así va el asunto. No sé si me entiende.

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About Actas de noviembre

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