Un otoño sin grillos

Tras largo encierro, desde marzo sin salir de Tenerife y apenas transgredidos los límites del lugar minúsculo donde habito —en su collejura a escala íntima, por no llegar a puerto se llama Puertito—, hace unos días conseguí burlar reclusiones sanitarias y tomar vuelo a Barcelona, donde me instalo hasta que la curva contagiosa mortal acate órdenes de la autoridad sanitaria y el mundo vuelva a ser parecido al que era, aunque salga del desastre averiado y con bozal. Laus Deo.

Insomne estoy, sin embargo. No hallo paz nocturna en el silencio absoluto de estas noches peninsulares, bajo toque de queda, sin el arrullo lejano del canto de los grillos. Cierto, los climas tropicales tienen perfiles pintorescos, como la perpetuidad estridulante del grillo. Desde el uno de enero al 31 de diciembre, cada anochecer nos acompaña como el urgente crascitar de las pardelas y el ronquido atlántico de la marea que se viene arriba. Esa es la música de mis sueños.

A todo se hace uno. Recuerdo cuando siete años atrás, recién llegado a la isla, me atribulaba la necesidad de convivir adaptado a esa banda sonora repetida en bucle infinito: los pájaros nocturnos, las olas sin receso, el viento en cada esquina y los grillos en aria de solistas meritorios, infatigables. No aderezo la nómina de mis inquietudes de aquel tiempo con la evidencia, un tanto molesta, del medrar sigiloso y en mi propio domicilio de diez o doce especies animales, entre las que destacan por lo llamativo de su “aquí estoy yo porque he venido” los gatos de la calle, que entran cuando les da la gana, se tumban en el sofá y discuten con el telediario; los perros de los vecinos que idem de idem, las salamandras zampamoscas y mosquitos, los topillos, las avispas africanas llamadas alfareras —incordiosas pero inofensivas, no se alarmen—, las tórtolas que usan mi patio como lugar de recreo y descanso, las gaviotas que me revuelan cuando llevo la basura al contenedor y, en fin… Cualquier día sale un mono del armario, le pongo Amedio de nombre familiar y me lo llevo a lucir mascarilla por el paseo marítimo.

A todo se hace uno. ¿Lo dije antes? Dicho queda. Pero acostumbrarme a noches de otoño sin grillos… ¡Qué civilización tan inhóspita han inventado aquí lejos mientras yo dormía en el ingenuo, oceánico letargo de los grillos!

Publicado en IDEAL, Granada, 3/12/20




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About Actas de noviembre

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