Capitalismo woke

 “Activistas de la salud”, “La revolución de las terrazas”, “Al paso del más lento y sin dejar a nadie atrás”, son algunos lemas propagandísticos que he leído en los últimos días, campañas que anuncian respectivamente un seguro médico, instalaciones energéticas para el hogar y complementos deportivos.

Conclusión de urgencia: la ideología “woke”, de uso obligatorio en las universidades americanas y frenéticamente impulsada por todos los gobiernos de la Europa de brazos bajados, esa fe progre en la omnipresencia y omnipotencia de lo políticamente correcto, y por supuesto impermeable al sonrojo de lo ridículamente incorrecto, como todas las ideologías tiene un canalón por el que desagua: es perfectamente integrable en el sistema. Molesta —porque la tontería molesta mucho—, pero no le hace daño. Es mosca cojonera mas sólo mosca desde finales de los años 60 del siglo XX, cuando el lumbreras de Foucault tuvo la idea de “deconstruir” el “discurso burgués” sobre la vida y la realidad, sin reparar en que cuando se deconstruye hay que construir después; y hacerlo —intentarlo— con harapos, añicos, ripios y cascotes, no es buen método aunque el demiurgo sea gay. Así salió la “nueva izquierda”, que yo no sé qué tiene de nueva aparte de la palabra “nueva”: ágil de lamentación y desastrosa de acción.

Pero bueno, allá cada cual.

A lo que yo iba es que aquellas consignas tan combativas y rompedoras de los revolucionarios acomodados del 68, y los programas mao/leninistas de los 70, y el antiimperialismo y ecologismo de los 80, y el sursun corda atilano feminista sexual —“radical” lo llamaban— de los 90, pasando naturalmente por la indignación —“indijnación”, decían en Madrid y decía el inefable Bono—, de primeros de 2000, y así hasta el presente… Toda esa bambolla, todo esa pompa y prosopopeya, esa severidad de ademán y ese estilo entre jacobino y trabucaire, de cadalso y sacristía con picatostes sobre la mesa del cura y panfletos anarquistas en el ropero del sacristán, aquellas soflamas prosoviéticas y aquellas epístolas castro/guevaristas, estas condenas femichonis y estas penitencias calzonazas, todo, decía, todo ello, al final, se convierte en materia aprovechable para la trilogía Trabaja-Consume-Muere; un argumento susceptible de convertirse en guión para un anuncio que se paga a 8000 euros los 9 segundos. Si es que, hijos míos, todo en esta vida tiene un precio.

Así es, señoras y señores, queridos amigos progres de imaginaria que de vez en cuando me leéis y en el fondo —de vez en cuando—, me dais la razón: entre lo que ha cambiado el mundo gracias a las doctrinas colectivistas y lo que, pensando razonablemente las cosas, va a cambiar en los próximos milenios, lo más útil y práctico es aprovechar la parte ornamentaria del mensaje y transcenderla hasta el valor único de la publicidad y el consumo. Fijaos, sin ir más lejos, en el juego tan vistoso que da a los celestinos de Meeticla normalización multiculti, y no digamos la eclosión reivindicativa LGTBI por la parte tribadesca-fricadora, llamada lésbica en los textos no espinosianos.

Hay apocalíticos de l’autre côté que ven en esta simbiosis estratégica entre capital y riesgo una muestra de la expansión invasiva, avasalladora, del pensamiento woke. No les falta razón desde cierto punto de vista. Pero desde otro punto de vista, igualmente cierto, se equivocan como me equivoqué yo el día que decidí aprender a jugar al ajedrez. Las ideologías, en su dimensión sentimental/representativa de la realidad —“falsa conciencia” las llamaría un marxista de manual—, se expanden hasta el punto magmático y difuso en que el sistema empieza a fagocitarlas y convertirlas en sección inocua de su propio almacén de valores. Verbi gratia y ya que hablamos de publicidad: hace 40 años, el señor de la casa llegaba a su hogar y la mujer le servía una copa de Soberano para, entre otras cosas, librarse de que su amo le arrimara una hostia; hoy, casi a la viceversa —he escrito “casi”, no exageremos—, la señora llega sola y borracha y si el maromo que tuvo la mala idea de casarse con ella no tiene los platos fregados y a los niños acostados… malo. Las mujeres empoderadas al estilo Wokemil Viviendas son tan de temer —presque— como los maridos estresados del tardofranquismo.

En suma y abreviando: que el otro día alguien me dijo que los principios básicos del socialismo, asumidos ya por el sistema gracias a la heroica lucha del pueblo cubano, son Libertad, Igualdad y Fraternidad. El disparate tiene su lectura, no crean, pues los principios básicos del socialismo no son tales, cosa bien sabida, pero el enunciado fundamental del Moloch Mercado se cumple a rajatabla en este caso y en todos los parecidos: no hay principios extraños, todos los asume y a todos los transforma en menú propio; nadie a su izquierda ni a su derecha. Trabaja-Consume-Muere–y si mueres sin enterarte de nada, mejor—, es la única doctrina universal, la única interpretación del mundo válida para quienes no quieren o ni siquiera se plantean abismarse a la disidencia absoluta. Es decir: la soledad incurable. Lo demás ya se explica en los anuncios de la tele. O sea, en ningún sitio.

Y así la cosa, de momento.

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About Actas de noviembre

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