Envejecer


Hace unos días asumí el compromiso de explicar a un joven amigo dos asuntos de cierta trascendencia: por qué la Real Academia de la Lengua no tiene entre sus cometidos imponer el uso de vocablos y por qué el Consejo General del Poder Judicial no es poder judicial.

La tarea resultó agotadora. Exigió un acopio de paciencia extraordinario y un minucioso despliegue pedagógico. Cual explorador que avanza por rumbos selváticos a golpes de machete, desbrocé la tupidísima enredadera de ideas mal imbuidas, conceptos malinterpretados, nociones confusas, prejuicios absurdos y falsas certezas que obnubilaban el entendimiento de mi interlocutor. Creo que salí con bien del empeño, y que el sano muchacho preocupado por la necesidad de un “poder judicial elegido democráticamente por el parlamento” y de una academia de la Lengua “paritaria, inclusiva y democrática” despejó bastante sus inquietudes y asesó en la conveniencia de analizar lo importante antes que arremeter contra la apariencia de las cosas, anteponer la razón a la emoción y la verdad a la representación de algunos sofismas que andan por ahí muy extendidos y bastante compartidos.

No sé si sirvió para algo el ejercicio, pero a un servidor le fue útil en un aspecto fundamental: darme cuenta de que me hago viejo.

En otros tiempos, tan inalcanzables como siempre queda el pasado, no habría resistido diez minutos de aquella conversación. A la segunda asnería escuchada habría levantado la sesión y mandado a freír monas a mi interlocutor. Ahora no, pues parece ser que con el invierno de la vida llegan las nieves de la temperanza; los cero grados donde las ideas propias y ajenas no dan frío ni calor. No es que los asuntos de mis semejantes me importen menos, sino que me doy cuenta de que se ocupan de asuntos que no importan tanto como casi todo el mundo cree, y ni por lo remoto importan lo que yo creía que importaban.

Decía mi buen Felipe Romero que le encantaba ser viejo porque puede uno no hacer lo que no le apetece, y nadie te pide cuentas. Gran verdad. Mas empiezo a convencerme de que el gran lujo de la senescencia es no preocuparte por lo que no tiene importancia, que es casi todo. Mi maravilloso y tardío descubrimiento: los viejos no es que sean pacientes, es que nuestras tonterías les importan un pito. Casi por experiencia lo digo.

Publicado en IDEAL, Granada, 29/10/20



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