El saqueo de Roma

“Como el suelo endurecido por el frío. Como las copas de los árboles. Como las tristes techumbres de las casas. Como la cochambrosa torre romana de vigilancia que había una milla más allá y que habitaban tres soldados que decían pertenecer a la Legio VI Herculea. Se trababa de un padre y dos hijos con los que vivían la esposa de aquel y madre de estos y otras dos mujeres jóvenes. Los hombres llevaban más de un año sin percibir su paga, sin recibir siquiera órdenes. La torre estaba rodeada por una empalizada que sus moradores habían convertido en huerta y corral; allí tenían cerdos, ovejas, gallinas y una vaca”.

Este es el mundo civilizado en el siglo V dC, y así lo traza con unas cuantas pinceladas Pedro Santamaría, mediante su prosa eficaz y evocadora de siempre.

En una época extraordinariamente convulsa, decisiva para el futuro de la civilización, se daba la paradoja —más bien la realidad—, de que la mayoría de las personas podían pasar toda la vida sin ver a más extraños que algún ocasional viajero, el recaudador de impuestos y los dos soldados que lo acompañaban, y a nadie más.

Avanzaban y chocaban los ejércitos en batallas crudelísimas, conspiraban los poderosos, se aliaban con la misma facilidad con que se traicionaban, asesinaban unos y eran ejecutados otros por falsa acusación e injusta sentencia, robaban tierras y bienes, tomaban rehenes, concebían hijos destinados a matrimonios de Estado, la gloria o la muerte; erraban pueblos en guerra desde las llanuras danubianas hasta Hispania, las ciudades se protegían encerradas tras sus murallas y a menudo los ríos bajaban teñidos del color de la sangre… y sin embargo, esos tres soldados de la empalizada que imagino deslustrados, sucios y un poco barrigones, de barba sin cuido y en inútil posesión de armas herrumbrosas, con aspecto campesino entre el abandono y el recelo hacia sus vecinos, y esas tres mujeres que no necesitan ser descritas para que aparezcan en nuestro pensamiento como afanosas, malhumoradas y mal vestidas con cuatro harapos, representan la cotidianeidad vivida por unas gentes del común que sólo ansiaban un bien en este mundo: vivir a sosiego y morir de viejos. Tener en propiedad unos cerdos, unas cuantas gallinas y una vaca era una fortuna incomparable. Para la felicidad completa y parda sólo faltaba un detalle: que los bárbaros no apareciesen una mala mañana en el horizonte.

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