La doble estructura de "El alma en la piedra"

 

José Vicente Pascual es un narrador de raza que desde hace varias décadas nos ha ido ofreciendo grandes novelas como “Juan Latino”, “El país de Abel” o “La Hermandad de la Nieve” entre otras y ha dejado en el ideario de sus lectores el recuerdo de algunos personajes llenos de verdad y de fuerza. 


Este mismo año, en la editorial “Pámies”, acaba de publicarse su último título, “El alma en la piedra”, novela que, a mi juicio, presenta una doble estructura y en consecuencia admite dos posibles lecturas diferentes entre sí, pero que se complementan.

En la estructura más de superficie la obra constituye una novela histórica y de aventuras, pero de gran originalidad por la época que refleja: el Paleolítico Superior. Y, en efecto: la Prehistoria es un periodo que hasta ahora apenas se ha tocado en nuestra narrativa pues son muy pocos los datos que se poseen sobre el mismo. El cine, sin embargo, si le ha prestado una mayor atención.

José Vicente Pascual, con su imaginación poderosa, sabe recrear aquí esa sociedad casi desconocida del hombre de las cavernas. Se ha documentado en la medida de lo posible y lo que desconoce lo intuye porque sabe que el hombre de hace 13.000 años, en los esencial, se parece más de lo que pensamos al hombre de hoy. El autor, en suma, refleja muy bien las crueles leyes de la naturaleza, ese “cazar y no ser cazado, comer y que no te coman. Vivir otra temporada cálida. Llegar a un nuevo invierno.”

Refleja también el culto primitivo a la diosa madre (“La que existe”) relacionada con la propia naturaleza, así como las prácticas mágicas y los rituales funerarios de aquel tiempo remoto.

“El alma en la piedra” está escrita con una asombrosa amenidad y se lee casi de un tirón. El novelista sabe dosificar bien las escenas de intriga sobre todo en las magistrales escenas de caza o en las del peligro que acecha a los protagonistas. Describe con una plasticidad admirable, sin esconder la crudeza en algunos pasajes ni la ternura en otros de contenido erótico. Y si en ocasiones llega a alcanzar un tono casi épico, otros momentos de la novela nos parecen de un gran lirismo como cuando nos dice que “El viento es el aliento del mundo cuando el mundo duerme”.

Muestra el autor también grandes conocimientos de la fauna cantábrica en la Prehistoria y para mantener el interés del lector recurre a menudo al empleo de narraciones alternas.

Pero la novela de José Vicente Pascual tiene, ya lo hemos dicho, una segunda lectura que se dirige a lo más hondo del lector: si el hombre de nuestros días en poco se diferencia del de aquella época lejanísima, el de entonces se haría las mismas preguntas que el de hoy y sus reflexiones pueden aún resultar de actualidad. Y aquí la novela adquiere matices filosóficos y ofrece hondas reflexiones a través del protagonista acerca de la inmortalidad o cuando intenta explicarse a sí mismo el universo, porque ese Ibo Huesos de Liebre guarda muchas semejanzas con el Andrenio de “El Criticón” o con el personaje central de “El filósofo autodidacto” de Abentofait.

En ocasiones, cuando se nos habla del miedo universal y de la indefensión del ser humano, el libro adquiere un tono marcadamente existencialista. Con la figura de ese protagonista lleno de inquietudes internas se nos retrata lo que pudo ser un paso adelante en la evolución humana de una manera mucho más verosímil que la reflejada en obras como “2001, una odisea espacial”. Ibo Hueso de Liebre es alguien que no se conforma y quiere siempre saber más e ir a más. Y la lección que nos da el novelista es que “los que ignoran las costumbres de sus antepasados”, los adelantados a su generación, los que con sus infringimientos dan un paso adelante, “los que alteran el orden del mundo” engendran dolor a la comunidad.

“El alma en la piedra” desemboca en un final rotundo que no voy a desvelar, y después el autor añade una nota explicativa con ciertas conclusiones como que “la cooperación social es nuestra clave para la supervivencia” o que su propósito al escribir el libro fue el de adentrarse “en los terrenos más privados de los individuos: el florecer de la conciencia y la interpretación del mundo conforme a la capacidad sapiencial de cada uno de ellos”.



Fernando de Villena.

Comentarios