Granadinos por el mundo

Sesentón mondo amargado, de inalterable semblante estreñido, el dueño de la cafetería San Pedro de Güímar es testimonio con dientes de cómo la virtud granadina y el sacrificio de la mala follá, siglos mediantes, se extendieron por las cuatro esquinas del mundo hispano.

Según “Google Maps”, entre Tenerife y Granada hay 1528 kilómetros en línea recta, pero entre ese paisano isleño y el entrecejo en alerta de los grandes expertos que señorean su “Kilómetro Cero”, de Trinidad a la Fuente de las Batallas y de Plaza Nueva al Camino de Ronda, hay la misma distancia que entre Al Pacino y Robert de Niro: profesionales que deslumbran allá donde aparecen. Almas gemelas.

No exagero. Tampoco es cuestión de animar para que se acerquen y comprueben el fenómeno in situ porque queda a trasmano, pero si hubiesen presenciado el portento igual que yo, serían creyentes igual que yo. Incondicionales. Granada es grande y la sombra de sus cipreses muy alargada. ¡Y qué perfecto granadino se perdió con el aborigen insular del café San Pedro! ¡No le arrancas una sonrisa ni dejando veinte euros de propina!

Tanto me ha seducido este esplendor petrificado de la desgana y la displicencia, como si los clientes mañaneros fastidiásemos la dedicación filosófica y en verdad importante del hostelero (lamentar que los demás hayamos nacido, supongo), que hace unos meses emprendí tareas de rastreo antropológico en la isla, en busca de la inmortal huella granadina. Tengo descubiertos unos cuántos locativos interesantes: Hoya Fría, Moriscos, Cueva Bermeja y Punta de Antequera (esto último por lo nazarí y por el viejo reino). Y un hallazgo gastronómico revelador: los suspiros de meregue, dulce capital muy propio de este rincón océano. Los dichos suspiros son réplica exacta de los soplillos alpujarreños, receta sin duda importada por antepasados del espécimen canario sujeto de mi investigación; conquistadores hirsutos y sin duda muy valientes que tras vencer a los guanches en La Matanza y asistir a acción de gracias en La Victoria, se dijeron: “Esto hay que celebrarlo”. Y se pusieron a cocinar.

De momento es todo lo que he averiguado. En cuanto reúna más datos los participaré gustosamente. De conclusión provisional, sepan que los soplillos están mucho mejor acabados que los suspiros. Como los de Granada, ningunos. El tiempo afloja y desvanece los esmeros culinarios. A la mala follá, gracias a Dios, no hay quien la borre de este mundo.

IDEAL, Granada, 13/8/20



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