Recuerdos sin palabras

Nunca fui un niño tímido, y nunca he confiado en las personas tímidas porque estoy convencido de que tras la impavidez y los labios acallados y la mirada huidiza no se cobijan la ternura o la inteligencia sino la inseguridad, las ideas obsesivas y, seguramente, la mala índole. Oí muchas veces a los mayores decir de mí que era tímido porque no pronunciaba palabra a su presencia, lo cual me enfurecía: era capaz de entenderles pero no de responder porque aún no sabía hablar. Me habría gustado gritarles: “¡No soy tímido, soy pequeño!” El haber nacido corpulento y ser una criatura que aparentaba tener dos o tres años más que los de su justa edad, me causaba estos problemas; entiéndase: malentendidos. También las dificultades con el idioma me martirizaban. Vivía en Madrid, pero todos los miembros de mi familia, los mayores, los que sí sabían hablar, se dirigían unos a otros, en cualquier momento y por cualquier motivo, en valenciano, lengua que fue la primera en mi vida, la única que comprendía antes de emprender el riesgo de mi propia expresión. Es la primera sensación que tengo de mí mismo, ser mudo con muchas ganas de decir muchas cosas y sin estar remotamente capacitado para hacerlo. Esa circunstancia me mantuvo durante mucho tiempo aislado, fonéticamente hablando, de cualquier entorno que no fuese el estrictamente familiar. Mi madre, aprovechando aquella apariencia mía de “niño mayor”, me metió en la escuela a los tres años, cuando la edad reglamentaria de ingreso eran los seis. Siempre me contó que lo había hecho para que estuviese en compañía de mi hermano mayor, y, de este modo, ambos aprendiésemos las mismas cosas al mismo tiempo; lo que yo he traducido de distinta manera: no era un niño tímido sino bastante revoltoso, y ella se libró de mí por el método más edificante, enviándome a estudiar. La escuela fue entonces un suplicio. No sabía decir una palabra en castellano, no entendía nada, el libro de primeras lecturas era una especie de jeroglífico endiabladamente complicado y los parloteos de los demás párvulos, todos más mayores aunque no más crecidos que yo, me parecían un guirigay semejante al caos de gritos extraños que organizaban los aborígenes africanos en las películas de Tarzán cada vez que, histéricos arrebatados por el miedo, avisaban de terribles peligros selváticos en un idioma vociferante y por supuesto inventado. La maestra mantenía la teoría de que una de dos: o yo era un niño inusualmente tímido o estaba medio tonto. Mi madre no tuvo más remedio que confesar la verdad sobre mi edad una tarde en que la maestra, a la salida de clase, me sacó agarrado de la oreja, se plantó ante ella toda indignada y se quejó de que le había dado un mordisco como respuesta a sus pretensiones de que aprendiese a distinguir la U de “uvas” y la I de “iglesia” en el libro de lectura.


A partir de ese día, establecida mi auténtica identidad cronológica, la maestra fue mucho más comprensiva con mi presunta timidez y mi demostrada indisciplina. Me colocó en una mesa cercana al pupitre desde el que dirigía la orquesta asinfónica de la clase, acompañado de tres niñas y creo que amparada en la suposición de que, al ser tan corto de edad, me convenía más estar entre niñas que pegándome patadas por debajo de la mesa con sus alumnos varones, aquellos pequeños brutos casi tan brutos como yo. Para cubrir el expediente de mis tareas escolares me entregó un cuaderno, unos cuantos lápices de colores y una goma de borrar, y me invitó a que dibujase. No esperaba de mí otra cosa, por el momento. En tanto adquiría el juicio suficiente para comprender las dificultades filológicas del Ma, Me, Mi, Mo, Mu, pensaba tenerme entretenido con el rudimentario aunque universal arte del dibujo. Si los toscos hombres de las cavernas y los aborígenes de los rincones más incivilizados del planeta eran capaces de dibujar con cierta desenvoltura, no deberían disturbar mi ralo santiscario dudas importantes al respecto. Todos los niños dibujan, aun breve sea su edad, y no iba yo a ser una excepción. De tal manera, dedujo la buena mujer, la dejaría en paz con mis travesuras de niño mudo bilingüe en tanto ella se dedicaba al perfecto oficio de desasnar a quienes lo merecían y podían sacar algún provecho de ello.

Aunque dibujar, dibujé poco. Lo que más me gustaba era la goma de borrar, artefacto que me pareció milagroso. Era un lujo insólito llenar la página con garabatos compulsivos y después sentir el poder de borrarlos, destruirlos y hacerlos desaparecer con minuciosa determinación y a mi completo capricho, como si la realidad de aquellas mañanas interminables en la escuela de los niños mayores fuese igualmente un garabato sin sentido, una probatura y experiencia ficticia que podía desvanecerse cuando yo quisiera. El resultado era siempre alentador, la página otra vez en blanco -llena de pizcas renegridas de goma usada, sucia, amarronada, pero según mis saberes y entenderes, en blanco -, de nuevo dispuesta para el ritual de aparición de confusos trazos automáticamente concebidos en mi no menos confusa conciencia, y reenviarlos de inmediato al limbo de lo que nunca debió existir, pues es sabido que las ideas y nociones sobre el mundo de los niños, sobre todo si son niños mudos con cierto caos lexical en las mientes, no sólo no sirven para nada sino que, en cualquier caso, son expresión del error. Borrar y que nunca más se supiera de mis apasionados garabatos nacidos para morir a los pocos minutos, ese fue mi entretenimiento durante una buena temporada.

Pero un día la maestra dejó de quejarse sobre el sospechoso detalle de que gastaba más goma de borrar que lápices y papel, lo que no significaba creencia en mi perfeccionismo artístico sino resquemor a que estuviese dedicándome a distracciones de distinto fondo. Yo, incauto como sólo puede serlo quien todavía no conoce el significado de la palabra cautela y mucho menos el concepto que entraña, no caí en la cuenta de que estaba observándome, miraba de reojo, me espiaba, y bajo su atención me tuvo hasta descubrir que su alumno más joven, un poco aburrido de dibujar y borrar, había descubierto una nueva manera de entretener la mañana. En el lenguaje de los hechos definitivos, que es idioma más universal que el dibujo, convencí a las tres niñas compañeras de mesa de que en vez de atender a las explicaciones de la maestra sería mucho más instructivo enseñarnos lo que no estaba bien visto enseñar a nadie y en ninguna parte. De modo que ellas, alternativamente y con mañas clandestinas que me parecían deliciosas, se agachaban bajo la mesa para enseñarme la rajita, gesto que yo agradecía mostrándoles mi pequeño endurecido pene. La maestra, horrorizada, castigó a las niñas una semana sin recreo, y añadió a la punición copiar diez veces el Ave María en sus cuadernos de escritura. A mí volvió a sacarme tomado de la oreja en cuanto sonó el timbre de salida, de nuevo se encaró con mi madre y le dijo algo parecido a “Mire usted, señora, faltan tres semanas para que acabe el curso y sólo por ese motivo no voy a mandar a casa a este salvaje. Ahora bien, para el próximo año, en cuanto pase el verano, o me lo trae usted educado como Dios manda y sabiendo hablar o, desde luego, en esta escuela no entra”. Terminó su alegato con una frase demoledora: “Y yo que pensaba que era un niño tímido”. Sentí rabia y mucha impotencia y me habría gustado dejar de ser mudo bilingüe en aquel mismo momento para contestarle algo apropiado, como, por ejemplo, que los niños tímidos de su escuela, en cuanto salían al recreo y daban cuatro carreras en el patio, se desinhibían y dejaban de ser tímidos, presuntamente buenos, para comportarse como auténticos sádicos, conmigo y con los más pequeños y los más débiles. Todo eso me habría gustado decirle, pero me quedé con las ganas.

Aquella noche me ardía el culo por los zapatillazos de mi madre. No pude dormir cara al techo, como acostumbraba. De modo que dormí de lado. Panza arriba o de costado, en aquellos tiempos yo dormía muy bien.

Los malentendidos con el lenguaje, mi incipiente pero no desarrollada capacidad de hablar, fueron un problema durante aquellos años. Demasiado problema y demasiado serio para un crío de edad minúscula. En algún libro tengo leído que las personas bilingües suelen retrasarse mucho a la hora de decir sus primeras palabras, debido a la multitud de perplejidades que apareja el comprender y más tarde usar dos idiomas al mismo tiempo. Algo muy parecido me sucedió con las originarias manifestaciones de mi oralidad, no tanto por haber sentido algún pudoroso arrepentimiento a causa de mi edénica torpeza clamatoria como por el desconcierto que me ocasionaron los efectos de aquellos breves, fundacionales discursos.

Mi primera frase completa fue dicha en valenciano, como era previsible. La escena resulta grotesca en el recuerdo, pero la inmediata vigencia del hecho en sí me acarreó aproximadamente un mes de prórroga voluntaria en el uso del lenguaje y, de añadido, una tunda con la célebre zapatilla de mi madre. La situación es más o menos esta: estoy con mi hermano mayor, jugando en las obras que hay frente a casa. (Huelga aclarar que en aquellos tiempos, en el barrio donde vivíamos, las obras eran una constante demiúrgica y un extraordinario parque de juegos infantiles en cuanto los albañiles daban de mano cada tarde). Me encuentro en lo más alto de una montaña de arena, eso me parecía o eso imaginaba que era, una montaña recién coronada y temerariamente posesionada, aunque seguramente fuese un montón no muy elevado que el encargado de manipular la mezcladora encontraría al día siguiente esparcido, contratiempo que denostaría con unas cuantas blasfemias. Mi hermano mayor y yo manipulamos cubos y palas, no sé si bajados de casa o aprovisionados sobre el terreno porque junto a los ladrillos y sacos de cemento y montones de arena solían encontrarse herramientas, ya sabemos que aquellos eran otros tiempos, otras costumbres. Yo estoy empeñado en que mi hermano mayor suba hasta la cumbre de la montaña, transportando un cubo cargado de arena. Me impaciento, lo apremio, y casi sin darme cuenta grito: “¡Puja...puja ja!” (¡Sube... sube ya!). No tengo idea de como sonarían aquellos gritos en el recién estrenado idiolecto párvulo bilingüe, pero es seguro que la transcripción fonética de aquellas voces, algo semejante a “Putxa”, debió parecer una expresión horrenda tanto a mi madre, que nos observaba desde el balcón, como al grupo familiar que en esos momentos -casualidades de la vida -, pasaba justo frente a nosotros: una niña vestida de primera comunión acompañada de sus padres, hermanitos y algún otro allegado. Detuvieron un instante su andar cuidadoso y un poco brincador por entre las baldosas partidas de la acera y se me quedaron mirando con expresión escandalizada. Mi madre, siempre atenta a mis azares, siempre un poco chillona como siempre fue, me llamó desde el balcón con su voz más potente de soprano valenciana, pronunciando mi nombre en el tono que no admitía dudas cuando mi nombre y una condena inapelable a zapatillazos iban unidos como la tinta al papel donde se escribe la sentencia. En resumen, había cometido el sacrilegio de llamar “Puta” a una niña que acababa de hacer la primera comunión en la parroquia del barrio, un ser inocente y en aquellos momentos, recién recibido el cuerpo de Cristo, absolutamente puro, angelical como quien dice.

Nunca me dolieron los zapatillazos, pero sentía un dolor adentro, acaso en mi orgullo, puede que en lo más improfanable y por ello mismo más sensible de la idea que cada cual tiene sobre su prestancia interior, cuando ella me castigaba con aquellos inanes golpes de zapatilla, artefacto a todas luces inútil para el fin perseguido porque la goma de la suela rebotaba en mis posaderas como un balón lanzado contra una pared. No dolían, pero me hicieron daño, y más ardieron las heridas en la garganta inepta para explicar copiosamente, como habría sido mi deseo, los pormenores que convertían en inofensivo malentendido aquel nuevo incidente.

Aquella llamada a mi hermano mayor para culminar la construcción de la torre sobre la montaña de arena, acabó como acabó y me mantuvo en prudente silencio hasta que mis pulmones volvieron a soltar aire modulado en forma de voz humana. Pasó tiempo antes de que me atreviese a hablar de nuevo. Demasiado tiempo...


José Vicente Pascual, 2020

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