El buen naufragio


Siempre me han gustado las novelas de náufragos. Las que más. Si encima el perjudicado llega a la costa con memoria extraviada, qué belleza. Qué pureza, dice Gimferrer de los amnésicos. La memoria, tan de invocación en los últimos tiempos, desde cierto punto de vista está sobrevalorada. Si sirve para recordarnos quiénes somos, nada que objetarle. Si nos encadena al convencimiento de que no podemos ser cosa distinta a lo que fuimos y seremos, se parece un abuso del destino tramado por nosotros mismos. Aunque para eso están el azar y la aventura, para que siempre quepa la posibilidad del cataclismo en nuestras vidas, la crisis y la catástrofe, palabra esta última que, como todo el mundo sabe, en sus originales griegos tiene un sublime significado: desenlace. Para eso sirven los naufragios: fin de ruta y a empezar de nuevo; eso o morir, aunque sea de aburrimiento.

Son tiempos de naufragio, mas no teman, no voy a hablarles ahora de virus ni encierros obligatorios sino de una reclusión voluntaria, la del náufrago vocacional que protagoniza la novela Bajamares (Antonio Tocornal), última lectura sobre la que he balseado estos últimos días. Claro que el dicho náufrago no es náufrago del todo sino farero, un hombre solo en una isla minúscula, próxima a la costa, desde la que contempla el mundo justo al contrario de como anhelan mirarlo y poseerlo los hombres de tierra firme. Por supuesto, se revela “extraño tanto mar”, voraz en la conciencia de quien otea el horizonte de “los otros” igual que Robinson Crusoe vigilaba a los caníbales habitantes de ambas orillas en la desembocadura del Orinoco, donde su isla por civilizar le prestaba refugio aunque no indemnidad. Para el farero de Bajamares el mar es todo y la soledad su única vida posible; y un diccionario enciclopédico es el cofre del tesoro que nunca acabará de desenterrar, las monedas que no podría contar por siete vidas que viviese y que, naturalmente, nunca podrá disfrutar.

Siempre me han gustado las novelas de náufragos. Quizás por eso he acabado viviendo en un pueblito minúsculo, en una isla insignificante en mitad de un océano inmenso, en época de confinamiento y leyendo la novela de un farero solitario como el recuerdo de las olas que se marcharon para siempre. La vida siempre te devuelve la novela que buscas, digo yo. Y el karma es como es, digo yo.

En IDEAL de Granada (14/05/20)




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About Actas de noviembre

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