La nieve cubrirá todas las cosas




Volverá otro invierno
caerán mil pétalos de rosas
la nieve cubrirá todas las cosas
y el corazón encontrará un poco de paz.

Bruno Martino
Estate


El pasado 21 de marzo, un viajero low cost español atrapado en Singapur por la crisis del coronavirus, víctima de los vuelos cancelados y los aeropuertos cerrados, se quejaba amargamente de su fortuna y anunciaba algo terrible: en cuanto pueda volver a la patria piensa reclamar hasta el último céntimo, por las incomodidades sufridas, a la agencia de viajes con la que contrató su escapada y a la compañía aérea que lo trasportó a tan remotos lugares y que ahora, al parecer, no puede regresarlo a casa. Quedé pasmado ante la ingenuidad del aventurero.

“Reclama, hijo… reclama”, pensé. “Ya verás qué pronto arreglan lo tuyo; no tienen otra cosa en que pensar ni otros problemas de los que ocuparse las compañías de vuelos, que han reducido su operatividad en un 90%, o las agencias de viajes, que llevan sin trabajar desde el domingo pasado. En serio, temblando deben de estar ante la amenaza, en TV nada menos, de un gilipollas que está de vacaciones en Singapur, subiendo fotos de playas paradisíacas a Instagram mientras que en España la gente muere a cientos cada día, los hospitales se colapsan, las UCIs se convierten en cementerios y Madrid se va reivindicando a marchas forzadas como el Wuham europeo”. Eso pensé. ¿Pero en qué carajo piensan las clases medias protestonas, histéricas por naturaleza, devastadas ahora —otra vez— por el cataclismo? ¿Piensan en volver tarde o temprano a un “punto de recuperación”, ese momento genial en el que todo funcionaba, se podía salir de cañas con los amigos, planificar el fin de semana en la playa, ver los deportes en Movistar, tomar el metro por la mañana para ir al trabajo —¿qué trabajo?—, y seguir la fiesta del bienestar y la queja ofendida, cuanto más indignada mejor, por cualquier pijada que perturbe su derecho a una vida felicísima, plena y próspera? Lo llevan claro. O dicho sin eufemismos: cómo se equivocan, pobrecillos.



Los necios precisan una negación selectiva de la realidad, una especie de burbuja paroxística de quejumbre y risa, de ira, sexo ordenado y consumo responsable del alcohol para reconocerse en su cabal lugar, su razón de ser y su manera de estar en el mundo. Les resulta intolerable todo lo que perturbe su obsesión por parecerse al ideal de sí mismos que los acompaña de la cuna al sepulcro, la posibilidad de ser protagonistas de aquella épica de dos pesetas en la medianía de vidas parias, esas biografías de saldo que transitan con exigencias de estrellas del rock y caprichos de diva de la ópera; cualquier contratiempo es inadmisible y objeto de furia infantil volcada con neurastenia contra la verdad del mundo. Sí, la verdad no sólo les incomoda: les horroriza. Son tan tontos que, seguro, ninguno de ellos —ni uno—, se identificará con el tonto de baba extraviado en Singapur, sin vuelo de regreso, jodido pero con el afán reivindicativo intacto: “¡Me van a oír!”. Mucho menos van a reconocerse, ni por lo remoto, en este artículo.

No, queridos niños. Nadie os va a escuchar. Vuestro mundo de “¡Por fin es viernes!” se ha demostrado una vez más ensoñación tan débil, tan de pringados sirvientes felices del sistema, que nadie lo va a echar de menos excepto vosotros mismos y, por supuesto, las compañías low cost y las agencias de viajes que se enriquecían con vuestros afanes párvulos, las cuales, por si os sirve de consuelo, han ido a la bancarrota en cuatro días. A chincharse todos.

Cuando os veáis de vuelta en casa, cuando termine el encierro —largo el plazo, me temo—, vais a encontrar un mundo muy distinto al que os despidió sin contemplaciones semanas atrás. Un mundo sin apenas contaminación en las grandes ciudades, con Venecia sin turistas y sus benditas aguas limpias como transparentes; con la capa de ozono cerrándose a la velocidad del sonido, el calentamiento frenado de golpe, los animales montunos bajando a los pueblos con toda tranquilidad, en busca de comida fácil, y las palomas citadinas desesperadas por el hambre, persiguiendo los carritos de la compra. Llegará el verano y los supermercados estarán llenos de alimentos y vacíos de clientes. Si es posible salir de casa, encontrar transporte será una odisea. Encontrar un transporte para ir al trabajo serán dos odiseas. Llegará el otoño y renacerá el temor al virus. Llegará el invierno y la nieve cubrirá todas las cosas. Nada será igual. Nunca.

¿Cuándo volverán a juntarse miles de personas para ver un partido de fútbol, asistir a un evento deportivo de cualquier índole, una manifestación, un mitin político? ¿Hasta cuándo nos sentiremos incapaces de compartir sudor y euforia en una discoteca, un concierto de música, una sala de cine, una conferencia en el paraninfo de una universidad o en cualquier espacio privado? ¿Quién hará la cena de navidad para 22 personas sentadas a la misma mesa, cada uno con su opinión, su joda política y su sospecha de virus a cuestas? ¿Soportaréis que los abuelos no se queden con los niños mientras andáis de copas, no los recojan de la escuela y no os abran la puerta de casa cuando vayáis a pedirles 40 euros para hacer la compra? ¿Cuándo os vais a dar cuenta de que todo ha cambiado y, por generaciones, ha cambiado para bien y para mal? Nuestra primera crisis global está teniendo dos efectos: devolvernos al drama de la realidad y acabar con la globalidad como paradigma del progreso.

El futuro no era el futuro, ni era de todos: era un puñetero virus que nos atrapa uno por uno. Lo de “todos”, para mejor momento. De la ilusión de “nosotros” felices en un lugar sin fronteras llamado mundo, a la desesperación del sálvese quien pueda en países con las fronteras a cal y canto. Ese es el viaje más largo, más instructivo, más exótico y fotogénico para lucirlo en redes sociales: el viaje hacia una era donde la queja del buen medioburgués frustrado por la realidad nos importa a los demás un pimiento.

Y el idiota de Singapur sin enterarse.
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About Actas de noviembre

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