Cuarentena, día 1001

Toda existencia contemplada de cerca es un drama aunque vista de lejos es un sainete. Lo vamos aprendiendo a base de letra de esa que con sangre entra, confinados, aburridos y desconfiando de los demás porque no sabemos si nos van a alegrar el día con un par de memes ingeniosos o nos van a poner la cabeza gorda a base de conspiraciones, mensajes apocalípticos sobre terribles escabechinas hospitalarias y vídeos en los que la policía persigue a insurrectos paseantes como si fuesen zombis de The Walking Dead.

Servidor nunca aprendió a obedecer a ningún gobierno pero se mantiene precavido hacia todos y, por tanto, guarda escrupulosamente el encierro y las recomendaciones para amenizarlo impartidas por nuestro presidente Sánchez: oír música, leer y estar en familia. (De escribir y ver series en Netflix-Movistar-HBO no dijo nada, pero lo añado de mi cuenta). Y precisamente de lecturas quería hablarles, esa posibilidad de acercarse a los libros para llenar cualquier jornada tediosa con algo de más chicha y un poco más de sustancia que el zascandileo por las redes sociales y las llamadas telefónicas al amigo de siempre que nos va a contar lo de siempre: que está solo y aburrido como nosotros.

No vienen mal unos cuántos títulos a propósito y muy a propósito de la situación de enclaustramiento que ordena nuestros días. Por ejemplo: Robinson Crusoe, de Daniel de Foe; y ya puestos a mares y soledades, las mismas Soledades de Góngora (por si se les pone cuerpo de Góngora), publicadas, poniéndolo fácil, en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes; Relato de un náufrago, de Gabriel García Márquez (Planeta); El Robinson urbano, de Antonio Muñoz Molina (id.); Bajamares, de Antonio Tocornal (Ed. Insólitas); incluso Isla de Lobos (Ed. Versátil), con todo impudor. ¿Más intensidad? Como manden: La peste, de Albert Camus; o la insuperable historia de Jonás (Biblia Vulgata) que fue a Tarsis y sobrevivió tres días con sus noches en el vientre del monstruo antes de ser regurgitado (náufrago) en una playa más desierta que las terrazas de los bares. No olviden La muerte en Venecia.

La calle está fuera y nosotros dentro. Y dentro de nosotros está lo que más importa: nosotros mismos. Cuídenlos. Cuando pase la pandemia y bajemos a la calle son las primeras personas que vamos a encontrar. Ya lo dijo quien lo dijo: un confinado sin libros está en mala compañía. Rebélense.

IDEAL, Granada - 02/04/2020




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