Al burro grande todos los palos


Hace años mantuve una interesante conversación con cierta señora de Barcelona, muy admiradora de Gabriel García Márquez y los vivezas que se le ocurrían cada vez que abandonaba su domicilio en Macondo, como aquella tan vistosa de cambiar la ortografía del castellano para que el idioma escrito y el hablado quedasen en justo empate: suprimir la H, la Ll, la Q, el sonido zeta de la C y cosas así. Yo aduje que la idea me parecía estupenda, pero siendo como es el castellano la lengua franca en todo el territorio nacional y en cantidad de países de Iberoamérica, la segunda más usada en EE.UU, etc, sería conveniente empezar los experimentos ortográfico-gramaticales en ámbitos más reducidos, donde los posibles efectos adversos (secundarios, indeseados sin duda), produjeran menos colisión con la necesidad de entenderse las personas por escrito; y le sugerí como medida a probatura empezar esos cambios radicales por la lengua catalana. Nunca lo hiciera, pues sufrió tanta turbación la buena mujer que los vecinos estuvieron a punto de avisar al 112, dado el papalús nacional lingüístico que le entró a la ilustrada. La lengua de Pla, por mínima y delicada, intocable como la Biblia. Faltaría más.

Lo mismo se aplica a las demás lenguas que se hablan y se escriben en España. Salvo las ingenierías políticas de la “normalización”, los idiomas minoritarios son sagrados. A nadie con mínima sensibilidad hacia las cosas valiosas y pequeñas se le ocurriría entrar a saco en la casita del bosque. Nadie en Cataluña, hasta el momento y que yo sepa, ha cuestionado ese genérico plural tradicional de “tothom” (“todo el mundo”, “todos”, literalmente y apocopado “todo hombre”) por expresión mucho más inclusiva como sería “tot hom y tota dona” (“todo hombre y toda mujer). En realidad, nadie usa el espantoso buen tuntún del idioma políticamente correcto en catalán, ni en gallego ni en euskera. Los “todos y todas” son para el castellano, burro grande que admite todos los palos que le quieran dar; “los vascos y las vascas” son para que en Castilla y sus páramos entiendan la necesidad de visibilizar al género femenino; pero en la patria-oasis sabiniana, con “guztiak” va que arde. Igual vale para los barbarismos, igual para la inclusión en el idioma cotidiano de expresiones coloquiales, neologismos y conceptualizaciones en torno al mundo cada vez más ancho de la tecnología. El tabú pervive, la doctrina se estanca y la dignidad cultural se arrisca: pocas bromas con el idioma venerable de los ancestros aborígenes. Queden los inventos para el español, esa lengua que en España y porque la Constitución lo dice se llama castellano.

Cierto es que ese mismo castellano, enriquecido con miles de arabismos, americanismos, galicismos y barbarismos en general (incluidos los provenientes de las lenguas “periféricas”), fue destilado por la historia como lengua común precisamente para preservar dos derechos fundamentales de las gentes: conservar la lengua de cuna y entenderse con el vecino. No aprenderá catalán el gallego para hablar con la familia política de Barcelona, ni euskera el barcelonés para sus negocios en Bilbao. Para eso está el castellano (a veces llamado español); salvo en el Senado de la nación, que es la cámara de representación territorial y, por tanto, escenario de toda la majadería andante, nuestra maltratada, apaleada, denostada lengua común sigue siendo capaz de cargar en el saco de su paciencia todos los inventos de los ingeniosos habidos y por haber, incluido el gran García Márquez y su admiradora dama militante del cambio ortográfico, aquella con la que inicié este artículo. Se recuperó bien del pampurrio neuro-filológico, y al día de hoy vive sana y convencida de que talentos como el suyo (y el de García Márquez), siempre serán grandes incomprendidos. Et beati omnes.

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About Actas de noviembre

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