La Voces de Juan Villa

Lo difícil es interpretar el espíritu del lugar. La literatura (y la narrativa), son artes de representación en el tiempo y a través de personajes. Hacer frente al reto del lugar, cuando el entorno es emanación natural del mundo y la historia, y conseguir conferirle esa categoría de “ente” autónomo, con su propia ley y sus particulares condiciones, su presente inabarcable y su destino indescifrable, es tarea que, sinceramente así lo pienso, trasciende lo literario para asentarse en el territorio de los fenómenos que seducen nuestra conciencia, aquellos que nos hacen sentir humanos en la medida en que nuestro yo participa de esas mismas leyes inmutables del ser y comulga gracias a ellas con el además diferenciado de cuanto existe. A lo mejor esto resulta un poco enrevesado, pero si usted, atento lector, echa un vistazo a las Voces de la Vera, del onubense almonteño Juan Villa, comprenderá exactamente de qué estoy hablando.

El paisaje es paisaje cuando lo observamos en distancia. Si consigue llegar reescrito a nuestro santiscario se convierte en pura vida. Esa es la tarea del autor de este libro: un tratado de seres latientes, plenos de sí mismos e inmersos en la naturaleza donde desarrollan su existencia, en un espacio real y mágico al mismo tiempo. La Vera es el centro de los caminos de Doñana, y el inmenso parque y sus tierras próximas en la desembocadura del gran Guadalquivir son el ámbito donde Andalucía se expande y se desintegra en un laberinto de canales, isletas, lagunas, trochas y riachuelos, playas y arenales, caminos y bosques en una especie de desenfreno natural, de exceso de vida bullente donde los animales emergen también como protagonistas en la sinfonía, peces y aves, bichos de tierra adentro, de caza y cazadores, de presa y apresados, de carga y de faena. La Vera es un arca de Noe desembarcada en tierra fértil. Y aparte, claro está, tenemos el paisaje humano.

Hay un orden jerárquico en el parque. Primero está (Primus inter Pares), el Guarda Mayor de Doñana, Manuel Montero, merecedor del cargo por autoridad personal, dedicación y decencia; un hombre sólido como el tronco de un árbol robusto, capaz de apuntalar en su persona la tradición de siglos de orden y desorden en el parque, interlocutor entre el señorío de Doñana (en la antigüedad, la casa de Medinaceli; en tiempos de este libro, los amos del Palacio, centro neurálgico del poder en estos remotos enclaves); allá donde la ley y la voluntad de vivir en paz se funden en una clara exención o “ley propia” del lugar, de la cual es el Guarda Mayor su autorizado intérprete, siempre sobre consenso de los demás. Tras él, su delfín, Ventura Montero, quien según la tradición debería seguir los pasos del padre, aunque el destino tiene otros planes. Más allá, se extiende una nómina de personajes traslúcidos, enraizados a la tierra y el agua y el fangal con la fuerza de la predeterminación, habitantes estables en un mundo vagante, repleto de gentes de aquí y de allá, contrabandistas y furtivos, pescadores, faeneros, fugitivos de la justicia ocultos en cualquier isla perdida entre este laberinto de tierras difusas, comerciantes, guardias civiles, funcionarios que no conocen palmo del terreno, buhoneros portugueses, gitanos en errancia, carboneros, ganaderos… Doñana es un mundo y más que un mundo: es la representación milimetrada del mundo. Lo que no exista allí, no puede existir.



A través de una larga nómina de estos personajes, seres voluntariosos, a menudo atormentados, sabios e ignorantes, aventureros y temerosos, traza Juan Villa los ejes elementales de su libro (me resisto a llamar “novela” a las Voces de la Vera, es mucho más que una novela); gentes como el entrañable Tío Cardales, aficionado a contar historias en las tardes álgidas, también dado a decires rotundos: “¡La vida, valiente desperdicio! A dónde coño irá a parar la gente”; o como el atrabiliario Gruñeiro, al parecer fugitivo de vaya usted a saber qué pleitos con los tribunales, gallego de marca y apegado a sus tradiciones del noroeste al punto de que hizo desviarse dos mil kilómetros a la Santa Compaña para que acudiese a Doñana y le participara el secreto de su muerte.

Con una prosa impecable, como es costumbre en él, Juan Villa construye un libro delicioso y profundo, ameno, terrible, sugerente y bravo. Personajes y situaciones, reflexiones y navegos que componen, al final, un panorama inudito sobre tierras abiertas a todos aunque sólo descubiertas a unos pocos, los privilegiados que son capaces de ver y, al mismo tiempo, conocer el pálpito del ser en estos entornos mágicos.

Se agradecen mucho las delicadas ilustraciones de Daniel Bilbao, trazos como de cuaderno de campo que muestran el más allá de la simple presencia estudiada por los “violos”.

Un goce de lectura. Yo no me la he perdido y nadie con sabor en lo literario debería perdérsela.

JVPascual, 2020



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About Actas de noviembre

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