Aquellos estos tiempos

En otros tiempos, cuando empecé de meritorio en esta industria de la narrativa, allá por los tiempos de Travolta, se imponía un nivel de exigencia extraordinario a los jóvenes autores que soñaban con publicar en editoriales que mereciesen la pena. “Consulte nuestro catálogo antes de enviar su manuscrito”, te decían los editores. Y resulta que en el catálogo figuraban Ana María Matute, García Márquez, Carmen Laforet, Joan Perucho, Marsé, Carpentier, Cunqueiro, Vargas Llosa, Manuel Vicent, Juanjo Millás, Mateo Díez, Álvaro Mutis, Rosa Montero… Gente así. Y uno tenía muy claro que o bien escribía bajo la mirada de aquellos maestros, aquellos modelos, o no tenía nada que hacer.
Eso era lo bueno.
Lo malo: que había demasiada circunspección, demasiada ceja levantada, demasiada “pereza” de los consagrados por ayudar aunque fuese un poco muy poquito a los recién llegados. Eran tiempos de buena educación pero no de amabilidad, mucho menos de generosidad.
Por mi parte, decidí que cuando pudiese permitirme el lujo, nunca dejaría de echar un cable a los autores nuevos, aunque fuera para decirles que su obra aún no estaba lo suficientemente “cuajada” para merecer un hueco en el catálogo de una editorial importante. Y para merecer yo, de verdad, el que creo es el mejor piropo que he recibido en toda mi trayectoria como escritor, una frase entrañable que dejó escrita el inmenso Antonio Enrique, hace apenas dos meses, en el whastapp de la Academia de Buenas Letras de Granada: “José Vicente Pascual, el único escritor español que está de guardia 24 horas al día para ayudar a los amigos”. Y que conste que no tengo porqué conocer personalmente a muchos de esos “amigos”.
En estos tiempos, los antiguos niveles de autoexigencia han disminuido hasta, incluso, la degradación. Todo el mundo escribe y muchos escriben de aquella manera, obsesionados por estar a tono con los requerimientos comerciales del mercado y nada más, y encima importándoles un pito el nivel de exigencia literaria que anteponen (o mejor dicho, no anteponen) a la publicación de su obra.
Eso es lo malo de estos tiempos.
Lo bueno: que han desaparecido prácticamente las caras largas, las ínfulas y flatos, el pecho hinchado, la mirada hacia abajo y condescendiente, la medio sonrisa irónica que significaba: “¿Adónde irá éste…?”. Hay mucha camaradería y mucho “patriotismo” gremial entre los autores jóvenes, lo que me enternece y me hace creer, pese a todo, que los viejos buenos tiempos no siempre fueron inmaculados ni tan buenos, y los modernos tiempos no son tan medianos tirando a mediocres como algunos creen. La generosidad, la ilusión y la tenacidad en el poyo mutuo no tienen nada de mediocre; al revés, son valores superiores que, por desgracia, muchos autores consagradísimos nunca aprendieron a practicar.
Ayer, tras el anuncio de la próxima publicación de mi última novela en breve plazo, fue tal el número de mensajes de apoyo que recibí, ofrecimientos de hacer algo por esta obra, peticiones de información… que quedé definitivamente convencido y absolutamente agradecido. No, no son malos tiempos para la narrativa, sólo son tiempos difíciles en los que mucha gente está dispuesta a tirar hacia adelante con toda esperanza y, lo que más importa, con cabal sentido del apoyo mutuo necesario al esfuerzo individual.
Por otra parte, y siendo realistas: ¿Cuándo no fueron difíciles los tiempos para la literatura?
Seguiremos.
Peor aún: permaneceremos.

JVPascual-2020
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About Actas de noviembre

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