El arte de comer lentejas

Sabido es que para escuchar dislates y juicios infundados, la televisión es medio idóneo. Según el principio de Goll, cuanto más supuestamente experto el opinador, mayor la majadería. Sin ir más lejos y por no cansarnos: pocos días antes de escribir este artículo, en un programa matinal de TVE presentado por formidables del mundejo cultural (uno de ellos exministro, no digo más), se trató el asunto de los escritores y novelistas y sus posibilidades reales de subsistir con dedicación exclusiva a este negocio. Según los oradores, la situación parece lamentable: sólo el uno por ciento de los autores literarios puede permitirse el lujo de pagar la factura de la luz con los beneficios de su industria. El criterio de otro notable, de prestigioso apellido en la escena, ahondaba en el drama: el colectivo de escritores “y escritoras” (cuando oigo la palabra “colectivo” junto al visibilizador de género me salta la alerta anticuñados) es uno de los más débiles en nuestro panorama cultural y, por tanto, “el más necesitado de ayudas públicas”. Servidor de ustedes, que es viejo por imperativos del calendario pero aún no chochea (creo), sufrió un espasmo neuronal que a punto estuvo de adelantarle once meses la edad de jubilación. Desolación, lo que se dice desolación, no es comprobar que hay gente que se ahoga por meterse en la piscina sin saber nadar; desolador, propiamente, es que aquellas víctimas de su imprudencia no conocían el agua por lo mojado.

A ver, centremos: todo el mundo tiene derecho a intentar ser novelista, poeta, jugador profesional de bolos, torero, cantante de tangos o concursante en “Ahora caigo”. Unos conseguirán su propósito, vivir de esas mañas, y otros quedarán en el camino. Un plan B siempre conviene para subsanar la contingencia; por ejemplo: opositar a notarías o meterse a asentador de frutas. A lo que no tiene derecho todo el mundo (ni medio mundo ni nadie) es a que las ayudas públicas cubran aquellos riesgos libremente asumidos y, de paso, mantengan económicamente la aventura, vía ayudas, subvenciones y otros apaños, aunque el viaje a Itaca nunca tome buen rumbo y no consiga el escritor salir de Albacete. La cultura de la ayuda en estos ámbitos de los que hablo es religión para quienes aspiran a un modo de vida, no a hacer algo que merezca la pena. Alguno me dirá que grandes autores consumaron excelentes obras inadvertidas por sus contemporáneos, y que el Estado podía haber remediado sus penurias. No lo niego, aunque también considero que, por lo general, los escritores de obras notables suelen ocuparse con devoción de eso mismo, su obra y nada más, no de sacar avíos de lo público o merecer la sonrisa condescendiente del poder. Su estar en la vida coincide con el consejo que diese Diógenes a Aristipo, quien le había recomendado aprender el arte del halago para librarse de comer lentejas a diario: “Por el contrario, si aprendieses a comer lentejas cada día, no tendrías que vivir halagando a los poderosos”.

Las ayudas públicas en el arte y la literatura son afanes de Aristipo: la creación instrumental al servicio de quien paga el viaje al sitio de siempre, el lugar donde el arte muere y su espíritu reencarna en camarero de festines a los que nunca fue invitado. Para esos beneficios tan miserables, mejor lentejas, que según los mitos antiguos hacían inmortal a quien las tomaba en desayuno, comida y cena. Y no es que tenga yo mucho interés en no morirme, pero sí me gustaría ir al otro barrio con el Ocaso pagado de mi bolsillo, no por subvención urgente, de las que se dan de mala gana y con el único fin de que el muerto no vaya a echarse a perder.

JVPascual-2020


Publicado en IDEAL de Granada, 06/02/2020



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