El público

Si el público fuese censor supremo y en última instancia tuviese razón, los partidos de fútbol los ganarían siempre los equipos locales. Si el éxito de una obra literaria, en cualquiera de sus géneros, se midiera infaliblemente por su buena acogida entre las masas consumidoras de ocio, la obra poética más importante del siglo XX habría sido la letra de “Macarena”, y la composición musical de primerísimo mérito, por goleada, en lo que llevamos del XXI y en el mundo hispano, los compases de “Despacito”. Si el grado de “compromiso” de un autor con cualquier causa, incluidas las ecuménicas de “libertad”, “dignidad humana”, etc, fuese valor añadido a su excelencia, los premios Nobel de literatura deberían fusionarse con los de la paz. Total, no conozco nobelizado de la paz que tarde o temprano, incluso antes de recibir el despampanante galardón, no haya escrito sus memorias.

El imaginario popular anhela autores accesibles, entretenidos, que vendan mucho y recauden en taquilla, buena gente que un día apoya a los refugiados de Eritrea y otro protesta por la caza de ballenas en Japón; dechados de virtudes que transiten directamente de la venerabilidad en este mundo al mito intocable en el santoral laico de la Bondad Universal. Pensaba en estos desenfoques hace unas semanas, mientras paseaba entre las sepulturas del cementerio más repolludo del mundo, el Père Lachaise de París, donde se han citado para la eternidad todos —casi todos—, los artistas rutilantes de la cultura occidental, desde Óscar Wilde a Jim Morrison, de Moliére a Edith Piaf. Si no estás enterrado en el Père Lachaise, o como poco en Montparnasse, salvo brillantes y escasas excepciones, no eres nadie en el mundo del arte. Allí, de Balzac a Delacroix, de Chopin a Miguel Ángel Asturias, yacen despojos de humanos que fueron y se elevan leyendas de semidioses.

Dejando más o menos aparte las biografías de los mencionados, me dio por pensar igualmente que entre tanto y tantísimo túmulo sobrecogedor en los esplendores de la posteridad hay enterrada una colección más que notable, celebérrima, de rematados vividores, borrachuzos, fulleros y aventados de la parte de la cabeza. La prudencia y la ejemplaridad nunca fueron bandera mayoritaria entre aquellas gentes brillantes, luminosas y, con casi toda seguridad, peores enemigos de sí mismos. Sin ir más lejos, sólo cambiando de barrio, encontramos en Montparnasse el modesto panteón donde reposa el inmenso Charles Budelaire, quien comparte domicilio funerario con su madre, la delicada y sufrida Caroline Archenbaut, y con su padrastro, el honorable general, senador y embajador Jacques Aupick, a quien el poeta visionario del simbolismo odiaba sin disimulo. No hubo medios, ni suyos ni ajenos, que lo librasen de la lobreguez perpetua junto a los restos del aborrecido prohombre, encumbrado por su indesmayable dedicación a la “grandeur” francesa. Baudelaire no pudo permitirse tumba privada porque, mira por dónde, lo gastaba todo en absenta, láudano y señoritas de buen ver y regular vivir. Porque esa es otra: el ideario del común se satisface con biografías triunfadoras y ejemplares; pero si el artista muere pobre como Miguel Hernández o la hermana menor de Las Grecas, mejor aún. Y claro, pájaros y huevos no puede ser. O tienes el pastel o te lo comes. O haces caso al público o te dedicas a lo tuyo, acogido a la sabiduría del viejo rockero: “Yo no sé, ni me importa, lo que le gusta al público; sé lo que me gusta a mí, y lo único que me importa es hacerlo bien”.

Nunca escuchase mejor consejo. Si el público quiere, que aplauda. Si no quiere, tan amigos. Y la posteridad… Muerto Pascual, todo le da igual. Seguro que se me entiende.

Publicado en IDEAL, 26/12/19

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