Ciudadanos: el destino del centrismo

Los vi nacer en 2006. Por aquellos tiempos yo vivía en Castelldefels. Cataluña era un festín de tiburones. Entre los herederos de Pujol, los allegados al nacionalismo barato de la socialdemocracia pop de Maragall, Montilla y otros visionarios, los malabaristas del 3%, las ITVs, el Palau, el expolio y las multas lingüísticas, el ideario obligatorio, el peloteo del infumable Zapatero, quien se comprometió a acatar sin peros ni pegas la reforma del estatuto de autonomía que saliera del parlamento regional (la que fuera, como fuese, dijera lo que dijese), la retirada de la Guardia Civil y la práctica desaparición de la Policía Nacional, el desvanecimiento del Estado, reducido a imagen remota, ajena a la vida cotidiana, algo pretérito instalado “en Madrit”… Entre unas cosas y otras decía, las personas más o menos normales teníamos la sensación de vivir en un manicomio: el país-oasis monolingüe que no existía pero donde todo el mundo hacía como si existiese; la “nación sin Estado” donde cualquier “tieta” culturizada en el espacio multiusos de Viladecans y adoctrinada por TV3 se permitía sermonearte: “Ah… si vive y trabaja usted en Catalunya, debería hablar en catalán”. Así de horrendo entre la incomodidad y la vergüenza ajena.

Fue por esos tiempos, recuerdo, cuando un grupo de intelectuales y jóvenes políticos (Rivera, Arcadi Espada, F. de Carreras, Boadella, Félix de Azúa…), aparecieron en aquel escenario surrealista con unas formas contundentes y rompedoras, lo cual parecía adecuado y conforme al ambiente: el inédito Albert desnudo, cubriéndose las vergüenzas con las manos, y un lema: “Nacemos desnudos”; una forma tan llamativa como otra cualquiera de reivindicarse ajenos a la corrupción y los pasteleos tan habituales, familiares por así decirlo, en el entorno idílico autonómico. Nadie les hizo caso, salvo los energúmenos de siempre que se liaron a golpes (de lejos viene la costumbre indepe de la hostia y el adoquinazo) en el primer acto público de la plataforma impulsora fundacional del partido. En las primeras elecciones al parlamento catalán obtuvieron 3 escaños. Desde cierto punto de vista, una resultado paupérrimo. Desde otro punto de vista, también cierto, un enorme éxito. Por primera vez en 40 años de parlamentarismo cuasidemocrático, entraba en aquella casa un partido dispuesto a no dejarse avasallar por el paso de la oca nacionalista, y preparado para denunciar el aquelarre de connivencias, silencios y complicidades que tenía convertida la política catalana (igual que hoy), en una alianza indestructible entre bandidos y gatopardos donde sólo imperan dos sólidos principios: trincar todo lo que se pueda y, por supuesto, independizarse de España para robar de una vez por todas un país entero, servido de plato fuerte en la orgía de los dráculas. Ciudadanos se convirtió en el gran referente de la ley y el constitucionalismo, la decencia y la política entendida como servicio público, no como vocación obsesiva de carteristas. Y en esa ola fue creciendo hasta convertirse (2017), en el partido más votado de Cataluña. Por el momento.

El desastre actual que vive Ciudadanos, al borde la extinción, con Rivera retirado de la política y las próximas expectativas electorales más nubladas que Finisterre, ya ha tenido cientos de hermeneutas, sesudos articulistas y sabiondos tertulianos que han mirado por delante y detrás, por los lados y el revés la crisis de esta (supuesta) alternativa política. En el fondo, todo ese caudal de información y todos esos análisis son inútiles. Sólo hay una bomba exacta de precisa relojería que ha estallado en el núcleo de la formación, tocado y hundido: la transversalidad. El centrismo. Y mejor me explico.

Las personas inteligentes saben que reducir la política, la vida social, las perspectivas de futuro e incluso la existencia personal a la vieja, cansina dicotomía izquierda/derecha, es una necedad. Lo dijo Ortega, y Gasset estaba muy de acuerdo: “Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral”. Sin embargo, una cosa son las convicciones y otra la realidad. En efecto, pensar en términos exclusivos de derecha/izquierda es una solemne necedad, pero las urnas no entienden de barcos ni de geometría. En tiempos de 3-D, de física cuántica, de estética fractal y descubrimiento de galaxias más allá del infinito, las urnas responden a la lógica del elemento más simple, una línea recta, con su mitad central y su más y sus menos a derecha e izquierda. Ni siquiera los nacionalistas y separatistas (los más transversales de todos), se libran de esa tiranía cognitiva que se condensa en la raya tirada a tiza en un pizarrón de escuela. Si acercamos la lupa al maremagno viscoso que es el mundo nacionalista, nos damos cuenta enseguida de que los indepes de derechas no pueden ver ni la sombra de los izquierdistas de su misma convicción; se odian como se odiaban los falangistas y tradicionalistas tras el decreto de unificación de 1937. Van juntos en pos de un objetivo común (uno sólo, lo demás es laberinto), porque, como dijo un reputado dirigente de ERC: “No hay más cojones”. Por lo demás, en España, en términos electorales, no hay centro político. Hay derecha, izquierda y, en todo caso, separatismo de calimocho y pedrada, que no es de izquierdas ni de derechas sino de código penal.

Ciudadanos se ha mantenido durante algunos años en la parte principal del escenario español porque enraizaba perfectamente con su presencia-referente en Cataluña. Pero tras la espantada (no encuentro otra manera más delicada de decirlo), de su líder Inés Arrimadas, inmediatamente después de ganar las elecciones de 2017, para catapultarse hacia el Congreso de los Diputados, el desenlace era previsible como una película de Martínez Soria. “Venganza catalana te alcance”, dice el dicho. Los catalanes constitucionalistas (que son mayoría) no han perdonada la dejación escandalosa de Ciudadanos tras el éxito de 2017, el mutis por el foro madrileño, convertirse en el Pepito Grillo del estrambótico Torrá en vez de postularse como alternativa real de gobierno para una sociedad muy castigada por el delirio separatista. Si eres de centro y juegas a la derecha, pierdes; si juegas a la izquierda, pierdes más todavía. Si el electorado se polariza e insistes en mantenerte centrado y bien centrado, pierdes. El centro político —transversal dentro del sistema—, es la opción política para los días de fiesta, para cuando no hay nada urgente. Un partido que no sirve para nada en concreto, más que representar la idea de centralidad por oposición al enfrentamiento cainita, sin más horizonte que una moral de equidistancia entre malos y más malos todavía, no sirve para nada. Y como no sirve, los electores se desprenden de él. En cuanto surgen las complicaciones de verdad y la cosa se pone fea (pero fea en serio, por ejemplo: con un inepto ambicioso y trepa que recorre España en Falcon como si fuese un Icaro del progresismo yeyé, prometiendo leche y miel a todo el que lo apoye, al precio que ellos digan), y el votante medio con sus medias entendederas acude al colegio electoral, el centro desaparece. Se vota a los modelos originales: izquierda y derecha. Ejemplos tenemos unos cuántos: UCD, CDS, UPyD… La subida espectacular de VOX y la recuperación del PP, así como la elevada abstención y el estancamiento de socialistas y podemitas en las últimas elecciones generales, lo han dicho bien claro: no está el panorama para funambulismos. Y el centro es justamente eso: equilibrio inestable en tiempos previos a la gran zambullida. Tarde o temprano, te caes y vas al agua. Esperemos que Rivera, ex jugador de waterpolo, recuerde las artes de nadar en la vida mejor que las de mantenerse a flote en la política. Que el olvido le sea leve.

JVPascual-2020

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