La paradoja del precariado

Lunes 7 de octubre. Terminal 1 del aeropuerto de Barcelona. El vuelo a Nantes se ha retrasado una hora, lo que provoca que los viajeros a ese destino se mezclen en el embarque con los que se dirigen a París, a quienes, a su vez, se les ha cambiado dos veces de puerta. Entre unos que andan mosca con la dilación y entre los demás que no se enteran, se organiza un intenso lío, acrecentado por las protestas incesantes, casi clamorosas, de buena parte de los clientes de la compañía de bajo coste que va a trasladar a cada cual a su destino. Algunos reaccionan como castafiores, divas del gran mundo histéricas y exigentes; histéricos y exigentes. Gritan y reclaman atención con aires peneuvistas, como si en vez de veinte euros por el billete hubiesen pagado veinte mil, en condiciones de lujo y confort de película americana. La mayoría son jóvenes adultos, entre los 30 y los 45 años; parejas con niños, grupos de amigos/as y algún viajero solitario que tampoco pierde ocasión de elevar su protesta por el “trato degradante” recibido (¡Faltaría más, les han cambiado dos veces de puerta de embarque y el vuelo de Nantes se retrasa una hora! ¡Intolerable!). También hay personas mayores, jubilados de excursión en grupo, matrimonios con aspecto de haber estado de visita, alojados en casa de la familia, hijos y nietos a los que hacía mucho que no veían. Todos (casi todos) son unánimes en la indignación. ¡Esto no se puede consentir!

Todas esas personas que alborotan impacientes como si el avión con destino a Nantes y la aeronave rumbo a París fuesen suyos y alguien estuviese haciendo mal uso de las máquinas, y lo que es peor, haciéndoles perder el tiempo, hace sólo unos años, en condiciones normales, habrían hecho el viaje por carretera en autobús, o en ferrocarril, trayectos larguísimos e incómodos, de sueño y fiambrera, bota de vino y botellín de agua mineral, bocadillo de atún y maletas arrastradas dignamente como se arrastra el peso de una vida honrosa y menesterosa. Sin posibles. Mas ahora las condiciones han cambiado. Los aeropuertos han dejado de ser lugar casi exclusivo para ejecutivos en viaje de negocios, parejas en luna de miel y turistas japoneses; han perdido su aura silenciosa como solemne, catedralicia en el rito de la aventura aeronáutica para privilegiados, y se han transformado en lo más parecido a las antiguas y populares estaciones de autobuses. La única diferencia: que ahora el equipaje lo cargan otros, los mozos de Ground Force, y van de cinta en cinta hasta sus propietarios, dejando manos libres al viajero para sujetar el billete, la documentación, la mochila y el souvenir delicado que no puede facturarse porque los bultos de carga, en “bodega”, no se manipulan con el debido esmero. Otra diferencia: antes nadie protestaba por los horarios de llegada/salida de los autobuses, mucho menos de los trenes, ni por el trato del revisor/conductor, ni por nada; eran pobres aunque arreglados, gente modesta, y como gente modesta (arreglada) se comportaban; ahora, truenan de ira porque no se les mima como si fuesen caprichosos millonarios. ¡Ellos tienen derecho a volar, llegar a casa en hora y media, y ningún empleaducho de una compañía de bajo coste va a decirles, sin sufrir su denuesto, que el trayecto se retrasa media hora, una hora, por imponderables operativos! ¡Sólo faltaba!

El crecimiento económico genera bienestar, y eso está bien. El bienestar favorece el espíritu reivindicativo de las masas, y eso no está mal. La obsesiva vigilancia del precariado respecto a sus “derechos” ocasiona continuas situaciones de acritud, protesta destemplada, ansiedad mal gestionada y neurosis mal diagnosticada. Y eso es un horror. El sistema, cuando funciona, crea monstruitos egocéntricos que confunden su posibilidad de acceso a mejores condiciones de vida con su derecho (inalienable) a vivir como si todo el mundo les debiese el sueldo que cobran por un trabajo puesto a su servicio, sin excusa ni pretexto, las veinticuatro horas del día. En los aeropuertos se nota más esa tendencia a la pequeña tiranía del pequeño pobre con acceso a notables servicios/beneficios, seguramente porque la gente, a la hora de meterse en un avión, se pone un poco nerviosa; pero no es el único entorno en el que claman. Los hospitales y ambulatorios de asistencia médica, los centros educativos, los hoteles baratos que se reservan por Internet, los viajes organizados, los restaurantes, las oficinas de empleo, las colas de los bancos, los museos y los espacios abiertos donde se celebran conciertos o eventos deportivos, las comunidades de vecinos, las asociaciones de padres y madres de alumnos… El paisaje de la indignación favorable al precariado es extenso y variado; e inagotable su voracidad por la vida entre lamentos, de la que deben encargarse y cuidar con atención exquisita otros precarios. Cierto: el sistema a toda máquina crea cosmopolitas con espíritu barriobajero, consumidores de gustos groseros y exigencias gourmet, aficionados a la música que chillan como adolescentes en un concierto de OT si no los sientan en primera fila; crea enemigos ambientales donde debería haber, en buena lógica, gente agradecida, quizás satisfecha (o medio satisfecha) por su facilidad para disfrutar de una vida más ancha sin los agobios de una economía estrecha. Pero no es así. O mejor dicho: así es la paradoja del precariado: cuanto más reciben, más denostan al sistema que les favorece. Porque en el fondo saben que lo tienen todo agarrado con imperdibles, que una recesión o una mala racha en la vaguedad macroeconómica abrirá en sus vidas un abismo en caída insoportable hacia el pasado, cuando eran gente modesta, bien educada y de amable trato. Antes tiranos que pobres, antes beber la vida como si toda el agua fuese suya que regresar al botijo. Y así son y así resisten: siempre el ceño fruncido, siempre la queja en los labios. A gritos.

Verdad o no, verdad parece: el sistema cuando marcha, siembra el mundo de enemigos y adversarios hipercríticos. A gritos.

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