Antonio Machado, un hombre bueno

La literatura no es territorio favorable a la divulgación. Por abundar, abundan los ensayos académicos, su antípoda de los ditirambos promocionales y, en señalados casos, la exaltación política del autor que más ajuste sus hechos y dichos a las preferencias ideológicas del hagiógrafo. Por eso el libro de Pedro López Ávila sobre Antonio Machado tiene el raro valor añadido de la exactitud en la cercanía: una aproximación que busca la nitidez del paisaje histórico y del personaje, su vida y su tiempo, cuidándose de no emborronar aquella visión clara, amena y concisa, con la nebulosa de las propias opiniones del ensayista, sus conjeturas más o menos plausibles sobre lo fáctico pertinente, su interpretación de la historia a partir de la experiencia individual del biografiado. En suma, este libro es justamente lo que promete: una mirada en resumen esencial sobre una vida y una obra apasionantes. Decirlo es sencillo. Lograrlo ya es otro cantar. El autor de Antonio Machado, un hombre bueno, ya sabrá lo que le habrá costado condesar en 120 páginas la trayectoria vital y el sentido de la inmensa obra machadiana. Si, como decía Torrente Ballester, la literatura (y el ensayo, género literario principal), es trabajo, trabajo y después más trabajo, este libro, sin duda, es una forma depurada del arte de decir lo necesario e incitar la curiosidad hacia el conocimiento del detalle.

Antonio Machado es (ha sido, desde hace mucho), uno de los autores más venerados en el imaginario común; paradójicamente, por sus virtudes humanas extraliterarias. Dicho sin diplomacia: lo que a Antonio Machado le sobraba y en realidad le molestaba de sí mismo, a la ideología dominante le encanta: su carácter taciturno, depresivo, acentuado por la temprana muerte de su gran amor, la jovencísima Leonor Izquierdo; sus escasas habilidades sociales, evidenciadas con mayor impaciencia por comparación a la mundanidad modernista y la elegancia algo campechana de su hermano Manuel, con quien colaboró, sobre todo en la composición de obras teatrales, durante casi toda la vida; su parquedad de medios económicos y su desaliño indumentario, al punto de que sus alumnos de Baeza lo motejaron “don Antonio Manchado”; su final tristísimo en el exilio, pocas semanas después de haber llegado a Colliure, fugitivo de la guerra civil y de un régimen con el que habría hecho malas migas. Todas esas dificultades han creado una leyenda sobre Machado que el mismo autor aborrecería. Antonio Machado no fue, por gusto ni elección, triste de temperamento, desdichado en amores, parco de bolsa, negado en el empaque personal y derrotado fugitivo en una contienda que sabía perdida prácticamente desde sus inicios. Él mismo se declara en rebeldía contra sí y sus manías cuando, en carta dirigida a su amor otoñal, la poeta Pilar de Valderrama (Guiomar), declara con ánimo de superación: “De mi indumentaria cuidaré también, aunque requiere algunos días. Soy apático para cuidarme de estas cosas y, además, gasto en libros lo que otros emplean en indumentos, pero en ningún caso consentiré desagradar a mi diosa”.

De nuevo la paradoja: lo que en verdad era importante para Machado, su obra, y aún más substancial para él, la inquietud existencial (a veces desaliento) ante el abismo incógnito del ser y la posibilidad de su sentido, parece un detalle de poco tener en cuenta por el ideario popular. Un poeta taciturno que viste ropas empercudidas y siempre se enamora de la persona equivocada, es divertido en el fondo y en la forma. Si le añadimos el irresistible encanto de la derrota tanto personal como colectiva en la guerra civil, entonces miel sobre hojuelas. Esa construcción estética da juego en el juego de los mitos culturales. Un pensador absorto en tratados filosóficos, obsesionado por el misterio del ser, la huella de Dios en el espíritu humano y el alcance del sentimiento cognitivo, la impotencia intelectual ante la soberanía de la muerte… Eso no vende, ni es entretenido ni renta políticamente.

Por eso el libro de Pedro López Ávila es significativo, porque nos habla del Antonio Machado de verdad, del hombre que sufría y que también pensaba hondo más hondo que muchos filósofos de manual (y cómo de hondo, con qué sutileza, con qué implacable rigor…); nos habla de la obra machadiana para aproximarnos a ella, sin intención erudita-hermenéutica sino con el sano propósito de despertar nuestro interés, sacarnos de la burbuja inane de tópicos e ideas simplistas que se ha construido en torno a Machado durante muchas décadas, y colocarnos frente a la realidad del hombre: el autor y el personaje histórico. Y ese trabajo, desde mi punto de vista, tiene más relevancia y resulta mucho más pulcro que la cantidad de biografías publicadas sobre Machado que se resumen en una sola idea rectora: la hermosa, decadente épica de la derrota. Por oposición, Pedro López Ávila nos consuela con un poco de realidad: Antonio Machado, la vida de un hombre bueno que libró la inmensa batalla de las ideas, del conocimiento, en la épica más difícil de todas: el heroísmo de querer saber pese a todo.

Se agradece.

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