Elogio del bachillerato

Curso 1970/71. Segundo de bachillerato clase C.
Portacoeli
Decía Max Aub que uno es de donde hace el bachillerato, cosa razonable en el mundo humanizado, aquel espacio donde cada cual es dueño y responsable de su vida y construye su propia identidad sobre las posibilidades de la experiencia, el cambio, el ir y venir y aprender acá y allá. Aunque eso sí: lo que se aprende en el bachillerato es para siempre, porque lo echamos al bagaje sin más objetivo ni ambición —nada menos—, que edificarnos a nosotros mismos, desasnados y preparados para otros conocimientos de mayor especialidad, los cuales, acaso, servirán en el futuro para ganarnos la vida y no acabar de inquilinos bajo un puente.

Aprender por la elección de aprender, por la obligación de saber, por el gusto de conocer, por la satisfacción de crecer: eso es el bachillerato; unos estudios que andan muy de capa caída, según me cuentan amigos que todavía pelean en las trincheras de la enseñanza. A mí esos fragores ya me quedan muy lejos, pero siento perplejidad y desasosiego cuando leo sobre la supresión en algunas comunidades autónomas —competencias mandan—, de asignaturas troncales como la filosofía, las lenguas clásicas, la historia de la literatura o la geografía. Ya les digo que a un servidor le da más o menos igual, pero no soy indiferente a los resultados del experimento. Si el futuro de la juventud es la vejez, el futuro de la vejez son las nuevas generaciones, y no precisamente para que nos paguen la pensión sino para que cuando vayamos a la caja donde acaban todas las piezas tras la partida nos quede el consuelo de dejar un mundo no tan áspero como el que nos recibió, allá por tiempos que ya no se estilan. Dicho anhelo, sin geografía y sin filosofía en las aulas, se me antoja casi imposible.

Y este cuento viene a cuento de una fugaz conversación mantenida hace días con dos señoras españolas —de las de antes y de Las Palmas de Gran Canaria, por más señas—, en la parisina avenida de la Ópera. Ambas ancianas, turisteando, andaban como perdidas. Las vi consultar con avidez un mapa anticuado, en papel plegable, observando a derecha e izquierda de la calle con expresión entre desolada y estuporosa. Uno, que siempre ha sido un caballero —por más que malas lenguas afirmen que nunca monté a caballo—, se ofreció para ayudarlas a reconducir sus pasos en la inmensa ciudad y entre los millones de turistas que la desbordan. La más joven de entre las damas, de unos setenta y cinco años—, muy agradecida y obsequiosa tras indicar a las expedicionarias los doscientos metros que las separaban del Louvre, observó: “Pero usted, aunque tenga su casa en Tenerife, no es canario. ¿De dónde es usted?”.

Cuando me hacen esa pregunta, infaliblemente me gripa el mecanismo estabilizador del ego. Explicar en pocas palabras mi origen familiar valenciano —eso que algunos despistados llaman “raíces”—, si bien fui nacido en Madrid, crecido en Granada, con cartilla sanitaria de Cataluña, Galicia, Andalucía y Canarias y residente en una isla muy pequeña bajo un volcán muy grande, es otro imposible. “Por abreviar”, prometí: “Soy de Granada. Del colegio San Isidoro”. Nunca acertase tanto: “¡Granada, qué bonita!”, exclamó la otra viajera. “El año que viene tenemos que ir a ver la Alhambra, que es preciosa y aún no la conocemos”.

Eso mismo, por abreviar: Max Aub fue un gran hombre, de los que resuelven problemas al prójimo. Y Granada muy bonita, Tenerife un alivio entre mares, Madrid una muchedumbre y París un sitio muy caro. Y para eso sirve el bachillerato, para cuando alguien pregunte de dónde eres o, ya puestos a lo más difícil entro lo complicado, interese con aquella pregunta fatal: “¿Y tú, quién leches eres?”.

Me sé la respuesta gracias al bachillerato: “Alguien que hizo el bachillerato”.


Publicado en IDEAL de Granada, 29/08/19
De Buenas Letras.





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