El pan y el aceite

Por motivos que sería tedioso explicar y que además no interesan a nadie estoy pasando una temporada en París, no tan larga como para inscribirme en el registro consular de residentes pero sí como para haber adquirido la costumbre de ir cada mañana a comprar el pan —o sea, la obligatoria castiza baguette—, a la boulangerie de la esquina. Aclaro que dada la multiculturalidad propia de esta ciudad y la salvaje gentrificación a que está sometida por culpa del turismo invasivo, la tradicional buolangerie de mi barrio es japonesa y está atendida por dependientas coreanas y chinas, con especialidades tradicionales tanto del país de acogida como del de origen de sus propietarios, que no se sabe a ciencia cierta si son del mismo Japón, de Corea o China. De cualquier modo, hay un notable entrar y salir de orientales afanosos a la hora del desayuno que compran y consumen en el mismo lugar unas bandejas estandarizadas, con cosas amarillas, azules y verdes que seguro resultan sabrosísimas aunque nunca me han entrado ganas de probarlas. Será por las manías propias de mi avanzada edad o por mi inveterado desinterés por las civilizaciones más allá del Helesponto, pero me ciño a la baguette a piñón fijo y algún croissant de vez en cuando. Refinamientos, los justos. Si son refinamientos orientales, casi que ninguno.

De regreso al hogar, casi todas las mañanas me concentro en el mismo rito: tostadas de baguette con aceite de oliva español y un poco —muy poco, hay que cuidarse—, de sal. La sencilla delicia matutina me regala lo mejor de la gastronomía francesa y lo más saludable y dúctil de la cocina española. El aceite, el pan y la sal son la demostración, creo que inapelable, de que la sencillez en las formas y la solidez de contenidos son el único camino verdadero para encontrar cosas de auténtico valor en la vida. No, ni lo imaginen: no voy a proponer una exaltación de “los placeres sencillos” porque un trozo de pan bien horneado y un chorreón de aceite de oliva bien depurado no son condimentos simples sino todo lo contrario: han hecho falta siglos y muchos siglos de civilización, algunos cataclismos en la historia, algunas épocas de tinieblas y brutalidad y alguna que otra guerra con sus consecuencias de carestía y hambrunas para que hoy, recién inaugurado el tercer milenio como quien dice, preparar en el propio domicilio y de buena mañana un alimento tan fácil de hacer continúe siendo un privilegio ante el que cualquier español o francés, europeo o del rincón donde no se estila, debería sentir inmensa gratitud. Sin ir más lejos, mis abuelos pasaron década y media, entre preguerra, guerra, posguerra y estraperlo, sin pan blanco caldeado en el horno; no digamos el aceite de oliva virgen que hoy puede comprarse en todos los supermercados del mundo civilizado. Cuando yo era niño, mi madre guardaba ese mismo aceite de oliva en los estantes altos de la despensa, y lo usaba para aderezos especiales y alguna que otra ensalada de compromiso. Como oro líquido. Como oro en una casa donde todo tenía un precio y un valor, y el precio y el valor se fundían sublimados en aquellos sabores humildes del pan y el aceite convertidos en alimento casi sacro.

Lo escrito en la última línea no es exageración. Mi abuelo nunca permitió que se cortase el pan a cuchillo. En su presencia, había que partirlo a mano, como los Apóstoles en la Sagrada Cena. Y si por casualidad caía al suelo un trozo de pan, lo recogía con ademanes contritos, como si hubiese ocurrido una verdadera desgracia, y después soplaba la corteza y besaba el chusco con veneración religiosa. Eran otros tiempos, desde luego, pero aquellas impresiones infantiles son un punto de partida y un lugar sólido para el regreso en la memoria: como la proustiana magdalena pero en clave gastronómica española, mucho menos exigente y bastante más consistente. Así que cada mañana, cuando me presento en la boulangerie y pido mi baguette a la dependienta japonesa —tal vez coreana, seguramente china—, vuelvo de oriente a occidente acariciado en la seda de los recuerdos: el pan, la sal y el aceite; las cosas humildes que siempre han tenido un precio módico porque para saber disfrutarlas hay que tener bien repleta y casi bien aprovechada la bolsa donde se guardan la inmensa riqueza de los años y el extraordinario valor de la memoria agradecida. Y de la vida.

Si ustedes gustan…

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En Ideal de Granada, 170872019



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About Actas de noviembre

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