Los buenos malos tiempos

La librería-estanco-papelería de Petit Champs, en tiempos (en los buenos tiempos), ofrecía al público una selección de novedades literarias, guías turísticas, libros de utilidades, y una cantidad enorme de periódicos impresos. Su dueño actual, Roger, me cuenta entre nostálgico y aliviado que cada jornada, desde las cinco de la mañana, recibía cientos de ejemplares de los principales diarios franceses, una docena de tabloides con cabecera extranjera (para los turistas) y una provisión notable de revistas de todas clases y especialidades, desde las humorísticas a las deportivas, sobre viajes, decoración... En fin, que el suyo era uno de esos kioscos-librerías de enorme trasiego que todos hemos conocido en nuestras ciudades y que lo mismo servían para comprar el libro de moda, reservar una novedad o proveerse cada fin de semana con aquellos armatostes de papel y suplementos retractilados que componían "la prensa" del sábado mañanero. Aunque todo eso es historia, como sabemos.

Roger no parece muy contrariado con la muerte de los diarios en "formato papel". Ya no abre su establecimiento a las seis y media de la mañana sino a las nueve; ya no manipula, ordena, apila, carga y descarga miles de ejemplares cada día. Ahora se arregla con un expositor de cartón, unos cuantos ejemplares de unas pocas publicaciones y un fondo de libros bastante discreto. Su vida ha mejorado en cuando a horarios y volumen de trabajo. Compensa la desaparición del papel con la venta de loterías, apuestas diversas, tarjetas prepago de móvil, aparatos electrónicos para vapear y cosas así. Puede que Roger sea menos rico que hace década y media, pero es bastante más feliz.

La extinción de la prensa tradicional, ejecutada implacablemente por Internet, no sólo está salvando la vida a muchos árboles sino que también ha mejorado la existencia de los kiosqueros que han podido adaptarse a los nuevos malos tiempos y han conseguido sobrevivir a la catarsis. Todo sería casi perfecto, casi ideal, si no continuase ambulando la idea, más bien la certeza, de que tras la prensa de rotativa no hay nada sólido, ningún referente fiable, un lugar de especial atención en la conciencia de las gentes que sirva para distinguir la noticia del chismorreo y separar los hechos relevantes de los triviales, la realidad del bulo, la objetividad de la manipulación... la verdad de la mentira. Por más que las cabeceras tradicionales se empeñen en mantener sus marcas impresas como elementos de prestigio, los "medios acreditados" cada vez llegan a menos gente y son menos acreditados.

La prensa ya no es el relato cotidiano de lo que sucede e interesa a la gente, sino la interpretación de sucesos inciertos en el ámbito de lo virtual. Los nuevos viejos buenos tiempos no eran tan buenos. Los de ahora no están seguros de existir. Los establecimientos cargados de papel eran, desde cierto punto de vista, una barroca extravagancia como una feria de vanidades, un dispendio insoportable. Un disparate. La verdad compuesta al estilo Internet, expuesta a la manera viral y reinventada al gusto del usuario, es la muerte del papel y de algo más que el papel. Es el fin del criterio, asfixiado por la opinión del común; la cual, por lo general, no atiende a razones.
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About Actas de noviembre

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