La fiesta de los locos

El clochard es una marca figurada, como los farias; una pincelada entre dramática y pintoresca en el paisaje humano de París. Hay clochards como hay cuervos en Saint-Germain-des-Prés y bateaux en el Sena. Nada nuevo y nada llamativo en realidad. Joseph Roth contribuyó a descaricaturizar la figura del vagabundo parisino con su piadosa leyenda del santo bebedor, una historia un poco triste en la que uno de aquellos expulsados de la vida se va quitando la mugre de encima como si se desnudase, se va vistiendo como si se acicalase para un evento importantísimo: su entierro. Está bien La leyenda del santo bebedor, una obra entretenida y tal; muy humana.

Pero hoy no estoy de humor. Ni para santo ni para bebedor me perfilo y valgo. Para nada y casi que para nadie. Quejas llegan.

De los locos que recorren las calles del centro de París, entre gritos desaforados y ademanes estentóreos, nunca se ha ocupado nadie. Joder, los franceses son listos: llegan siglos friendo patatas con manteca y han convencido al mundo que eso es alta cocina; llevan toda la vida vendiendo la imagen del clochard como simpático holgazán borrachín pegado a las orillas del Sena igual que las moscas al mostrador de un bar de pueblo, gente desenfadada y en el fondo (bastante en el fondo), feliz en la inanidad existencial de quien a todo ha renunciado porque todo lo ha perdido. Y les ha salido bien la ingeniación: el clochard no es la zorra ante las uvas verdes sino la Guardia Imperial en Waterloo, ante los artilleros ingleses que les exigían rendición o muerte: ¡Merde!

Pero, ¿y esos locos peripatéticos de asfalto y semáforo? ¿Por qué gritan tanto? Y sobre todo: ¿Qué gritan? Entre la urgencia del delirio, el delirio en sí, el argot y la sequedad de sus gargantas afónicas, no hay bombero que les entienda una frase. Aunque algo dicen, seguro. Y seguro que se quejan de la vida, del mundo, con toda la razón de su alma. ¿Alguien va a escucharlos, algún día?




Me dice un amigo bretón, vecino de Ópera, que en Nueva York hay más locos que en París... aunque más silenciosos. Es posible, sí. Improbable me parece, también. Los locos silenciosos de Nueva York (lo tengo visto en las películas) manifiestan su rareza por la costumbre de llevar la casa a rastras, dormir en los parques y protegerse el cráneo con papel aluminio. Pero luego resulta que la mitad son genios del ajedrez y la otra mitad científicos nucleares depurados por los servicios secretos. En París, los locos son locos de verdad: de viacrucis diario norte a sur y sur a norte, discurso delirante sobre ideas obsesivas, palabras medio muertas entre dientes podridos y, por encima de cualquier otra habilidad, gritos a soberbio pulmón que llenan las avenidas y retumban como portazos a la lógica del malvivir, concluyendo escena en el gran teatro del mundo que no los escucha. Lo peor de su perfecta representación es que tras la última rotunda sentencia, nunca cae el telón. Vuelta a empezar.

Los clochards son simpáticos y los locos molestos. La historia tiene su ley y su poca crueldad: Molière a du génie et Christian était beau! Y entre el genio de Molière, la belleza de Christian y la desdicha de Cyrano, los locos siguen dando miedo. Ni caso.

No. Hoy no estoy de humor. Y aunque eso ya lo dije antes, lo que abunda, a veces, no sobra.


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About Actas de noviembre

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