Pigalle de las mil noches

 Hace tres cuartos de siglo era un mito, el núcleo canalla de Montmartre donde la vida licenciosa reunía a músicos de cabaret, rufianes, prostitutas, cantantes de escasa fortuna, artistas más o menos de verdad y aficionados al sexo de pago. Le Moulin Rouge expandía su influencia de templo lujurioso desde el boulevard de Clichy: si Pigalle era el pecado, Le Molulin Rouge era todo perdición. En aquellas épocas, la aventura del sexo furtivo y la transgresión del sexo mercenario tenían un algo de subversivo y maldito, como acto rebelde ejecutado ante las mismas narices de la moral burguesa, siempre impasible ante provocaciones, siempre en su sitio y sin querer enterarse de nada, pues por eso mismo era moral muy señora y burguesa más señora todavía.

De aquello hace ya mucho. En Pigalle no quedan santos viciosos. La célebre plaza y el entero barrio montmartrino se han transformado en pasacalles para turistas, para algún curioso con ganas de remover cenizas del pasado en el mejor de los supuestos. Las casas de citas, los famosos burdeles de Martyres y Navarin, los cafés de la golfemia ilustrada como Au Claire de Lune, Boudon o Liceux, cedieron su lugar a establecimientos lastrados por la modernidad de los vigesémicos años setenta, un vanguardismo de baldosines op-art, escaparates de plástico y anuncios de neón con letras de diseño popular que lo mismo podrían anunciar una película porno como otra de vaqueros. La venganza de la virtud burguesa, no olvidemos, es lo risible en la caída, lo entrañablemente grotesco de la pequeña falta. Bien cierto: la diferencia entre un pecado mortal y otro venial se encuentra en que para los vicios pequeños vale casi todo el mundo. La democratización de las tentaciones nos ha dejado sin culpa verdadera, casi en la ineptitud para pecar como Dios manda. Imagino a algún rijoso parisino quizás turista en busca de penitencia: "Padre, me acuso de que estuve en el Cinemá X de Pigalle, viendo una película de esas". "Ah... Hijo mío: ¿no tienes internet en casa?"

Son los tiempos y las ruinas que han quedado de otros tiempo. Lo desaforado y sublime, el exceso y el clamor de las legendarias malas costumbres, sencillamente dejaron de existir cuando la industria del ocio para adultos decidió que los pequeño burgueses apacentados en la rutina también tenían derecho al disfrute de lo prohibido; cuando las catines y chaperos de Montmartre  descubrieron que sale más barato y más rentable hacer un servicio rápido en una toilette pública que tomar habitación en el cochambroso hotel de siempre. Lo sórdido infernal se dejó sustituir por la tarifa plana de "la revolución sexual". Yo lo tengo cada vez más claro: la culpa fue de Wilhem Reich y sus inquietos bambarrios seguidores.

Ya, ni pecar sabe nuestra civilización. De aquí  a morder el polvo, un paso.



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