Los alegres muchachos de Denfert Rochereau

Hace un par de días, de paseo en busca de la librería La Petite Lumière, di con mis huesos en la plaza de Denfert Rochereau, un espacio parisino lleno de particulares recuerdos. Hace cuarenta y un poco más, casi cuarenta y cinco años, compartí apartamento durante una breve temporada, con un grupo de jóvenes españoles, en una calle próxima al león tranquilo que siempre está a punto de bostezar y quedarse dormido y nunca remata la faena. Qué tiempos...

Ocurrió allá por 1974, durante aquel largo verano en que nuestro Caudillo sufrió una tromboflebitis que estuvo a punto de llevárselo al otro barrio. La inquietud política ascendía geométricamente y los revolucionarios de poca edad y menos madurez (en verdad ninguna madurez) conjeturábamos que el fallecimiento del dictador, tan cercano (lo deseábamos inminente) acarrearía de pura lógica no sólo la instauración de las libertades en España sino su necesario siguiente paso en la lógica marxista de la historia: una buena dictadura del proletariado o, en su defecto, una democracia popular al estilo chino, que también molaba. Ya he dicho que éramos jóvenes, inmaduros y (excusa cualificada) arrasados por los sucesivos seminarios sobre materialismo histórico y materialismo dialéctico que habíamos recibido cada uno por nuestra cuenta, siempre a cargo de profesores y otros "concienciados" sin mácula, personas que no eran jovenzuelos sino adultos, aunque de caletre resultaron tan ventoleras y pirados como nosotros. En fin, la vida.

El caso fue que  en aquel apartamento de Denfert Rauchereau nos juntamos cinco saltabalates de parecida índole: cuatro declarados comunistas y un anarquista. Uno de Valencia y los demás de Granada. Nuestro propósito era trabajar, ganarnos la vida, poner un fondo común para comprar tabaco y alimentos (por ese orden de prevalencia, fumar Gauloises era de proletarios y comer de burgueses), y organizar una especie de comuna anarco-marxista que sirviese de refugio intelectual y solaz espiritual para nuestras inquietudes doctrinales. Juntamos todos los libros que nos habían regalado en las embajadas de China y la URSS, organizamos una pequeña biblioteca y decidimos (democráticamente), mantener un debate diario de dos horas sobre los aspectos teóricos más controvertidos y apasionantes que se contemplaban en las valiosas obras publicadas por la Editorial Progreso de Moscú y por la vayaustedasaber china en la que había parecido la versión en español del Libro Rojo de Mao.

Yo casi siempre llegaba tarde a las reuniones porque tenía que trabajar. Estaba empleado en una empresa de limpieza que se ocupaba de dejar decente y como Dios manda las oficinas de Esso en París, incluido el párking de empleados, una árida extensión de cemento cuyo solo recuerdo me produce agujetas. Mas, cuando aparecía pasado de horario, notaba mala cara en mis compañeros de iluminación, como si pensasen: "Puto individualista burgués...". Aunque la cosa no llegaría por el momento a mayores. Después sí.

Yo notaba que los demás comunistas y el anarquista de la mansión, no trabajaban. Doblar el lomo, lo que se dice sudarla para comprar leche, baguettes y sobrasada de resistencia, no. Pasados unos días, no recuerdo si muchos o pocos (hace demasiado de aquello), uno de los integrantes de la comuna me confesó que ellos, en realidad, no tenían obligación de trabajar porque sus padres les enviaban dinero regularmente para mantenerse con dignidad en la capital francesa; y además: prepararnos teóricamente para la espectacular lucha ideológica y política que comenzaría en España nada más morir Franco era mucho más importante que dejarse explotar en un mísero trabajo por el que pagaban 14 francos (con perdón por la redundancia) la hora. Yo, la verdad, sí supe qué decir: o trabajaba o me moría de hambre, pues estaba comprobado que el humo de los gauloises alimentaba el alma del revolucionario pero no su estómago.

Sucedió entonces algo decisivo, desencadenante en la crisis de mi relación con la comuna. En la empresa donde yo trabajaba despidieron a un eventual, español también, madrileño con barba y muy sabido en cooperativismo a la yugoslava. No tengo idea de cuál sería el motivo de su percance laboral. El caso es que los currantes de la mopa, la fregona y la abrillantadora, todos españoles en sustitución de los empleados fijos, a la sazón de vacaciones, nos pusimos en huelga de solidaridad con el despedido. Y de su consecuencia fuimos todos a la calle, uno detrás de otro. Cuando expuse la situación en casa, los camaradas me felicitaron: "Has hecho muy bien, no se puede ser esquirol", me dijeron.

Eso fue un martes. El jueves ya me estaban preguntando cuándo pensaba encontrar otro empleo, pues las aportaciones al fondo común del tabaco y la manduca eran de obligado cumplimiento. El sábado me achacaron parasitismo social, ellos, que no habían limpiado ningún parking ni doblado el lomo media hora desde que llegaron a París dos meses antes; ellos, que vivían su nirvana comunista-libertario gracias a los fondos recibidos por la Familia, una institución tan desprestigiada en aquellos tiempos y tan opresiva y tan agente de la explotación capitalista como la Propiedad Privada y el Estado. Yo intenté argumentar que necesitaba un tiempo razonable, unos días, para regularizar mi situación económica y volver a tener merecidos (sudados) ingresos. Por fortuna, el jefe de personal de la empresa de limpieza, un gallego muy amable y un poco paternalista (seguramente en su juventud también había leído a Engels), me había ofrecido renovar en agosto como si fuese la primera vez que me contrataban. "Total, yo llevo la lista de eventuales y la dirección no se entera de nada...", me animó. "No importa que te hayan despedido, yo me encargo de que "cueles"".

Resumiendo. El plazo de gracia que me concedieron los camaradas expiró al lunes siguiente. No hacía ni una semana que estaba en paro tras ser puesto de patitas en la calle por insumisión ante la patronal. "La base económica lo determina todo", me explicó el teórico más sólido de los compañeros comunistas. El anarquista estuvo de acuerdo "por no ir en contra de la mayoría". Me largué de aquel piso con la convicción, no creo que desacertada (por una vez) de que los comunistas prosoviétios eran unos ratas y unos miserables, y los anarquistas unos gilipollas. Motivo por el cual, en pura coherencia, decidí hacerme trotskista en cuanto tuviera ocasión. Aunque esa es otra historia, o mejor dicho: la previsible historia de otra estupidez...

Volví a cruzarme con los camaradas comedores de baguettes y fumadores de Gauloises varias veces en París, yo lumbálgico por el maldito parking, ellos absortos en lo último que Progreso hubiera metido en sus cabezas; y pasado el tiempo, algunas veces vi a alguno de ellos por Granada. Nunca hemos vuelto a saludarnos. Las disensiones en la izquierda siempre acaban con mucho drama e incendian rencores insuperables; también desprecio vitalicio.

A todo esto, yo iba a contar mi visita a la librería La Petite Lumière...

Quede para mejor ocasión, que por hoy va el cuento de sobra.

Y esto... Qué poco han cambiado las cosas, ¿no? O qué poco ha cambiado alguna gente de aquella que leía libros de la editorial Progreso como si fuesen la Biblia y citaba párrafos enteros como quien entona salmos. Capaces son de seguir acudiendo a esas mismas páginas cada noche, o similares, antes de dormir, para conciliar el sueño con la conciencia bien tranquila.

Eran así porque son así. Benditas criaturas...


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