Hotel Sudán

Cuando era niño, recién instalados mis padres en Granada, llamaba mi atención —en aquellos tiempos ya predispuesta a la frondosidad—, la cantidad de establecimientos comerciales rotulados con nombres exóticos, una invocación permanente al ensueño viajero y aventuras de ultramar, también rémoras del pasado imperial que en esta ciudad y en virtud de su vínculo orgánico con los Reyes Católicos, el emperador Carlos y Felipe II —como todo el mundo sabe, concebido en la Alhambra— , mantenía solemne potestad de presente, tanto en los silencios sepulcrales de la Capilla Real como en la claridad renacentista del palacio erigido a mayor gloria del César nacido en Gante. Brasilia, Buenos Aires, Casablanca, Roma, La Chilena, La Vienesa… eran nombres que acudían a mi curiosidad infantil con misteriosa tonancia, ilusiones azuzadas por la costumbre, muy de la época, de subrayar locativos remotos con su correspondiente artículo determinado: el Brasil, la Argentina, la China… Sin duda, no era lo mismo un nombre en una lista de accidentes geográficos que conceptos como “el África negra”; no era lo mismo señalar en el mapa escolar el río Nilo que leer sobre “las fuentes del Nilo”.

De aquel compendio de referencias fantásticas —seguramente fantasiosas—, recuerdo la emoción que me producía el nombre de un hotel de fachada majestuosa situado en la acera del Darro: Hotel Sudán. Yo había visto poco antes la película de Basil Dearden titulada “Kartum”, una epopeya británica sobre la defensa de aquella plaza en el otro extremo del planeta, en medio de un desierto aterrador, por las tropas bajo mando del mítico general Gordon en lucha contra los fanáticos seguidores del Mahdi —“El Esperado”—, libertador del yugo colonial; papel de dirigente vernáculo interpretado, por supuesto, por otro inmenso actor británico: Laurence Olivier. Me parecía armonioso y feliz, excitante casi cómplice que alguien en Granada hubiese tenido la buena idea de bautizar un hotel con el nombre de aquel país inmenso y desconocido, un clamor de arenas agotadoras y horizontes rojizos sobre el abrazo del Nilo Blanco y el Nilo Azul. El Sudán, en mi imaginario párvulo, era el hotel de los viajeros con fusil y salacot. Qué detalle empresarial tan primoroso; es decir: tan granadino.

 
Hace un par de semanas, paseando por Granada, señalé a mi mujer el espacio urbano donde se ubicada el viejo hotel, hoy convertido, si no me equivoco, en moderno bloque de apartamentos y oficinas. El mundo ya no es lo que era o yo he cambiado mucho. O las dos cosas. Sudán es hoy una ruina pedregosa, escenario para bandos rivales que se aniquilan por costumbre en una de esas guerras tan frecuentes bajo el sol de la miseria, donde casi todos saben a quiénes matan pero no por lo que mueren. El Brasil es Dios, Patria y Bolsonaro, y la Argentina perdió el artículo determinado en alguna rapiña de sus antepenúltimos gobernantes; en Casablanca hace un siglo que desaparecieron los cafés abiertos hasta el amanecer y la China empieza a la vuelta de la esquina, en la tienda que no cierra los domingos. El mundo era ajeno, grande, lleno de misterio. Ahora es pequeño, al alcance de un clic en el móvil y lleno de riesgo sin aventura, de sufrimiento sin grandeza, de pobreza sin generosidad. Un mundo para el que un servidor no nació, sin duda.

Aunque una cosa es que no dude y otra que tenga razón. No me hagan caso. No he conocido viejo verdadero sin nostalgia, incómodo en la contemporaneidad. No iba yo a ser menos. Vivan y sueñen. Y si el mundo no les deja soñar, lean sobre mundos soñados, que es mejor aún. Cualquier novela de Tayeb Saleh, sudanés desde el día en que nació, puede serles muy útil.

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