El pan de las almas

Por las mañanas voy al Carrefour City de la rue Molière para comprar el pan bendito de cada día. En París, las personas que quieren que París siga siendo París compran la baguette de temprano y sin excusas. Hay costumbres propias de cada ciudad y hay costumbres que hacen a las ciudades. La baguette es sagrada. Pero como Sonia y yo somos de comer poco pan (más bien ningún pan, salvo alguna minúscula tostada con aceite de oliva), las baguettes acumuladas se van endureciendo en la panera como reliquias inmutables de un buen deseo habido allá en tiempos pasados. Una amiga andaluza dice que no importa, que cuanto más pan duro haya mucho mejor, porque piensa preparar cualquier día de estos porra antequerana. Cierto: el orden de las cosas de este mundo, aunque sean trozos de pan duros como ladrillos, son parte necesaria del cosmos y su armonía. Estoy deseando probar la famosa porra antequerana y que el universo vuelva a estar en orden. (Ya puedo esperar sentado).

Cada mañana, a la ida y la vuelta de la tienda del pan, cruzo ante el hotel Rívoli en la calle Molière, donde una placa conmemora la estancia en dicho alojamiento de César Vallejo, su domicilio entre 1924 y 1927. La sobriedad de la lápida contrasta con la magnificencia del monumento a Molière instalado en un ensanche del lugar siempre frecuentado por turistas, aunque esto último no hacía falta decirlo. No creo que muchos de ellos (los turistas) se detengan ante la fachada del Rívoli y dediquen medio minuto de recuerdo a Vallejo, cosa muy natural si consideramos, parafraseando a Rostand, que Molière es un genio y Vallejo era triste. Yo, a pesar de todo, me quedo con mi barra de pan parisino y mi pequeña placa turística en homenaje al peruano. Lo imagino en su habitación, humilde a la fuerza, preparándose discretos bocadillos de sardinas con tomate y lujos similares, templando la fuerza de su espíritu con la frugalidad de los alimentos sencillos, que son comida de héroes y orgullo de supervivientes: conquistas de interior, sublimidades de lo cotidiano. Quien tiene un domicilio donde comer su pan, tiene un lugar en el mundo y, por lo general, un propósito en la vida (esto es lógica de paseo matutino, cuando aún no están bien despiertas la profundidad y la brillantez en las neuronas); y quien tiene un monumento como una casa lo tiene todo pero el pan se lo llevan las palomas a migajas, cada día y todos los días hasta que el mundo diga adiós. Total: la nada.

Y por eso voy cada mañana al Carrefour en busca de la baguette que no voy a comer, y nunca echo migas de pan a las palomas. Cada universo, en su sitio.


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