Corazonada

Hoy me ha dicho mi médico (que es una médica), que el chocolate es buenísimo para combatir la ansiedad y la tristeza. "¡Qué me va usted a contar!", he estado a punto de responder. Pero he mantenido silencio más o menos digno, propio de un paciente que acaba de confesar, compungido y en absoluto abochornado, una larga temporada de apoltronamiento ante HBO, Netflix, Fox y otros enemigos del alma, los cuales enemigos suelen manifestar su implacable poder conforme vamos ganando kilos ante el televisor, entre resignados y aterrados, bajo la condición de víctimas de nosotros mismos y la pregunta existencial por antonomasia: "¿Hasta cuándo podré engordar sin tener que cambiar de talla de pantalones, sin que se me note mucho, sin que los vecinos me reprueben con el espantoso comentario de Veo Que Has Ensanchado?".

El estómago es como el corazón: se anticipa en el tiempo a las buenas y las malas noticias. Nos pellizca (el estómago) o nos da un vuelco (el corazón), cuando aún no somos del todo conscientes de la ventura (¿chocolate?) o el disgusto que nos espera. Son por así decirlo, órganos con percepción precognitiva.

De vuelta a casa, en ardua penitencia ciclista, me ha dado por pensar que si unas tripas y un músculo son capaces de anticiparse con tanta avidez y tanto aparato sensitivo al futuro próximo, sea de chocolate o de hiel, cuánto más podrá hacer nuestra mente por nosotros. El espíritu ni te cuento. El alma... ni imaginarlo. Siempre y cuando, claro está, la mente, el espíritu y el alma no se encuentren en zozobra sobre tempestades de chocolate, Coca Cola Zero, helados de turrón y otros aliados del segundo mejor pecado capital, eso que los ignorantes llaman pereza.

Entonces, entre pedalada y pedalada (mis pobres kilos como ámbar y resina en el desierto), he tenido la corazonada de que los días de HBO, Netflix, Fox y sofá, tocan a su fin. Por una buena temporada, al menos.

Bye, bye, happiness.







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