Contraviento

Ayer, mientras paseaba al perro, una palmera me arreó un guantazo. Las palmeras isleñas bajas y rechonchas son graciosas, no tan esbeltas como las de Arabia, no tan majestuosas como las saharianas, pero quedan resultonas como elementos urbanos decorativos. Tienen el inconveniente, eso sí, de que el viento desatado las convierte en súbitas abofeteadoras de incautos paseantes. Cualquier ráfaga imprevista puede dejarte cara de ecce homo o peor aún: de Cristo de Borja.

Lo mío fue arrebato del alisio, una venganza de impacto sin piedad y, a más inri, un acto gratuito de la naturaleza por golpe de viento al azar. Podía la madre tierra haberse cebado en otro, pagarla con el vecino que me cae gordo, por ejemplo... Pero me tocó a mí, que nunca contamino las playas con plástico, que reciclo la basura y siempre recojo las discretas deyecciones del discretísimo Claudio, nombre al que no responde mi perro. La vida es injusta y la naturaleza cruel por naturaleza.

André Gide siempre mantuvo su fe en la pureza de los actos gratuitos, y los surrealistas aplaudieron esta idea: los crímenes expontáneos y sangrientos, para ellos, eran creación de artistas solitarios y ninguneados por el sistema, un acto grandioso de rebelión contra la moral burguesa. Una obra maestra.

Está claro que a André Gide y a los surrealistas nunca les arreó una palmera canaria una buena hostia, a tiempo y en forma. Les habría recordado que el arte y el capricho, no digamos el azar, tienen que ver lo mismo que el burro con la flauta. Y que hay gente que inventa cualquier teoría absurda para no currarse el argumento. A la historia de la palmera me remito. 

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