Odiseo rey de Ítaca (y de Troya)

No, desde luego que no… ningún hombre con el juicio en sus cabales habría regresado a Ítaca después de la conquista de Ilion. Puedo haber sido temerario y ambicioso, más de lo que me convenía, no lo niego, pero jamás fui sandio de criterio. Permanecí en la orgullosa ciudad del rey Príamo, ya demolida hasta sus cimientos, saqueada, arrasada por los valientes aqueos de largas cabelleras; un erial donde los cadáveres de nuestros enemigos se descomponían bajo el sol tirano del Ponto Dardanelo y en el que erigimos improvisados túmulos para incinerar a nuestros compañeros de milicia antes de que la pudrición mancillase sus nobles cuerpos. Lo de Aquiles fue lamentable, en efecto, pero no cabe muerte más decorosa a un héroe invencible que ser traspasado por una flecha justo en el lugar donde su dulce madre, la ninfa Tetis, asió cuando lo sumergía en la Estigia, recién nacido que era, para volverlo inalcanzable a las armas enemigas. De no haber tenido madre que lo sujetase, Aquiles habría sido inmortal, condición en exceso pimpolluda que sin duda lo alejase del afecto de los hombres. Todo en él fue sublime, perfecto gracias a que poseía la humana imperfección de tener dulce mamá. Lo he llorado mucho.

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