Los adioses

Ayer falleció mi tío Vicente Pascual Bertomeu, un hombre encantador en el seno de la familia y un personaje controvertido en "lo público". Los periódicos dirán lo que quieran (seguramente un montón de verdades y otro montón, no más pequeño, de tergiversaciones o llanas mentiras); aunque eso a mí, a estas alturas de la vida, me importa tanto como el color de los pasos de cebra en Surinam. Para mí es un ancestro venerable. Venerable digo, por ancestro y por el exquisito trato y generosidad que siempre mantuvo hacia mi persona. Otro difunto que añadir a la nómina, ya bastante nutrida, de familiares y amigos que han pasado galanamente a ultramundo. Los últimos años han sido especialmente pródigos en esta faceta de los adioses, cosa natural porque durante los últimos años lo que más he hecho ha sido envejecer, menguar el margen estadístico de supervivencia a los que me antecedieron en este mundo y abundar la lista de mis contemporáneos con menos suerte que yo.

Cierto, he dicho adiós a mucha gente, sin remedio. En dos décadas he despedido a mis padres, alguna familia próxima y algunos amigos del alma y de mayor edad, dignidad y gobierno, quienes cubrieron más o menos el hueco paterno, como los maravillosos Felipe Romero y Maripi Morales, o los no menos amados José Fernández Castro, Manolo Villar Raso, Juan de Loxa, Emilio de Santiago, Julio Alfredo Egea... Todo eso era natural, desde luego: eran bastantes los años de diferencia. El desenlace, en estos casos, suele ser muy previsible: hasta siempre, camaradas.

Lo que no es natural es la cantidad de gente amada que ha trascendido sin tener necesidad, pues de nuevo la estadística se impone con toda su ilógica. Y ante esos adioses, que a menudo nos parecen sindioses, sólo queda la resignación; aceptar que la vida es como es y la muerte no digamos. Así, de este modo tajante, inapelable, se marcharon quienes no debían... Aunque las quejas sirven aquí tanto como los responsos. Calma y aceptación.

Lo dije antes porque es verdad: todos dejaron su hueco. Como humanos que nos ha tocado ser, estamos acostumbrados a convivir con la idea de la muerte, manejarla y gestionarla conforme a nuestro interés vital, creencias y aspiraciones; incluso esperanzas, para quien espere algo en el Más Allá. Somos prácticamente profesionales, expertos en la artesanía de la muerte: sin un pacto entre el presente y la evidencia del futuro, que es el acabóse, no se puede vivir un día de sosiego a menos que la cordura nos haya abandonado. Por eso sabemos cómo "rellenar" el hueco que dejan los difuntos. Hay un "nosotros" de afinidades personales, anhelos compartidos y sentimientos enraizados en lo íntimo de cada uno; y ese ser "nosotros"vincula cada experiencia individual a la certeza del devenir como compromiso colectivo. En ese futuro, y desde esa perspectiva, el futuro apareja nuestra extinción pero es, al mismo tiempo, el provenir de "nosotros". Lo uno por lo otro.

Lo malo es cuando la muerte no produce un "hueco" sino una incertidumbre, a veces absoluta: no saber qué hacer con la vida de uno sin la existencia del otro, ya difunto. Ese es cantar distinto. Esa herida no hace sangre sino que asfixia el alma y convierte las horas de cada día, día a día, en un sinsentido perverso; la vida entera, como dijo el maldito francés, desvelada como "un oasis de horror en un desierto de tedio". La incertidumbre mata más que la misma muerte, porque su clientela son los vivos. Contra ella hay mucho que pelear y, temo, muy poco que hacer. Cuando llega a nuestra vida (a la vida de quienes amamos, desde luego), sólo hay una alternativa: seguir amando y seguir caminando, con la última esperanza de amar tanto y caminar tanto que nuestra desaparición, cuando proceda, sea de las que hacen hueco pero no dejan incertidumbre. Porque las huecos, se curan. El vacío de la incertidumbre... no estoy tan seguro.
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About Actas de noviembre

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