El vuelo de los halcones en la noche

Los personajes de Edward Hopper rezuman espíritu humano. Llevan los críticos unas cuántas décadas discutiendo sobre si es un pintor impresionista, realista, hiperrealista... Debate sin fondo en torno a la voluntad como fuerza que mueve el mundo y que algunos autores expresan con decisiva contundencia. Los paisajes de Hopper son el fondo estructural, casi unas coordenadas necesarias para albergar la imposición de lo humano: edificios, estructuras, vehículos, ambientes y, sobre todo, personas. Las mujeres de Hopper son pura fuerza inaplicada, conscientes de su enorme potestad para crear un mundo en torno a su aura no desvelada (de nuevo la voluntad). Son recatadas como podrían ser descaradas, elegantes, delicadas como serían seductoras si les apeteciese; leen como podrían acariciar o manejar un arma. Son el aliento que anima la voluntad de ser.

Partiendo de la potencia iconográfica y sugestiva de Hopper, de las mujeres de Hopper, Fernando García Calderón construye un notable relato literario cuyo epicentro gira en torno a esa voluntad de ser mantenida, ansiada, vivida hasta la perdición por una extraordinaria mujer. Josephine ha ido reduciendo su nombre, hasta Jo, al tiempo que ha sido capaz de emerger sobre sí misma y agrandar su existencia y anhelos, la avidez por el amor, la felicidad y el sometimiento al destino marcado por esa renuncia sin condiciones al otro. Su desgracia es que ese "otro", Ícaro (terrible, premonitorio nombre), además de buen amante le sale fatuo, incapaz de aprender de la vida la décima parte de lo que ella ha aprendido y, finalmente, cobarde desalmado fugitivo. Pero Jo no es Enma Bovary. Es, justamente, el envés de Enma Bovary; su dolor es una especie de bovarismo inverso: una purificación que la hará avanzar hacia la dignidad en la derrota. Las mujeres de Hopper son así. Jo es así: dueña y señora de sus sueños, de su gozo, de su ambición y su destierro.

El vuelo de los halcones en la noche obtuvo el premio de novela corta Félix Urabayen en 1997, hace casi 22 años. Se publicó por primera vez en 1998. Gracias a Ediciones Alfar y al entusiasmo del autor por esta obra (más que merecido), la recuperamos cuatro lustros después. Se agradece el esfuerzo tanto como se agradece la prosa directa, concisa, precisa, con que Fernando García Calderón nos cuenta esta poderosa historia de una mujer dueña de lo más valioso que cualquiera tiene en este mundo y en esta vida: a sí misma.


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