Danzando entre la niebla

Miguel de Cervantes. Raúl Arias
Otros tienen petróleo y se dan la gran vida en el Golfo Pérsico a costa de los atascos en Nueva York, de la contaminación en Madrid y la crisis de la minería en Villablino. Nosotros tenemos un idioma, el segundo más hablado en el planeta, el primero como lengua materna. Importante es tener una fuente de riqueza, pero mucho más importante es saber que se tiene y, sobre todo, administrarla. El combustible fósil mueve máquinas. Un idioma genera civilizaciones, mueve a la humanidad y cambia la historia.

Seguimos lastrados —temo—, por la gloriosa ofuscación de los buscadores de oro, los febriles genios de la conquista española que perseguían el sueño del Dorado en laberintos amazónicos sin sospechar que el tesoro viajaba con ellos, en los exabruptos del mozo de mulas y en las canciones que, al anochecer, susurraban los centinelas junto al fuego. “Sé siempre el hombre que lleva consigo su recompensa”, dice el libro del Apocalipsis. Y dice bien. Aquellos pertinaces aventureros pusieron nombre al Pacífico antes de que los ingleses lo llamasen “el lago español”; y mientras los instruidos levantaban iglesias y universidades —tampoco está mal—, ellos, los hombres de acción, esparcían su idioma y su ADN desde la Alta California a la Tierra de Fuego, germinando una cultura y un idioma que hoy son mayoritarios en el mundo. Según el Instituto Cervantes, en 2050 y en ese mismo mundo, habrá 621 millones de hispanohablantes de cuna, por 442 millones de angloparlantes. Los demás idiomas, considerando el chino mandarín como fenómeno local, quedan muy en rezago de estas dos poderosas lenguas. El futuro es nuestro —mejor dicho: vuestro—; la cuestión es cómo vais a tomar lo que os pertenece. O mejor dicho: nos pertenece.

Aprender español está de moda en todas partes. En las grandes economías emergentes, el alumnado sale bilingüe de la escuela primaria, con el inglés de segundo idioma. Pero en esas mismas economías emergentes, y en las no tan boyantes, la gente sabe que para viajar y comerciar con América, el español es visado principal. Tampoco resulta inútil en África y algunos países asiáticos, los más prósperos por cierto. Ahora mismo, hoy, en un paseo de diez minutos por Internet, se pueden localizar decenas de demandas de profesores de español para nativos en Rusia, Noruega, Cantón, Nueva Zelanda y Brasil. Lo interesante sería asumir que esa moda va a convertirse en costumbre, en necesidad para millones de personas que no se conforman con nacer, echar raíces en su pueblo, intentar multiplicarse y morir. El inglés es una herramienta muy útil en el magma de la globalización, pero el mundo no es un mercado, los países no son franquicias, las civilizaciones no son marcas y los individuos no son artefactos consumidores. Si la especie humana hubiese prosperado en la historia con la exclusiva intención de colmar sus necesidades materiales —alimento y cobijo—, habríamos dejado de evolucionar como han hecho todas las demás: en cuanto se llega al equilibrio óptimo entre hábitat y supervivencia. En otras palabras: seguiríamos encendiendo hogueras haciendo chispas con dos pedruscos.

La paradoja —tal vez locura— del ser humano, es la conciencia. Nunca se sacia y nunca retrocede. Muda, clama desde su silencio para conducir nuestro ser adelante, siempre adelante hacia el reino de Quiénsabe, el cual, seguramente, nunca alcanzaremos. ¿A quién le importa? Importa descubrir el porvenir al mismo tiempo que nos descubrimos a nosotros mismos. Eso es la humanidad: una prodigiosa demencia que no tiene pajolera idea de dónde ha salido pero está convencida de que danzar entre la niebla es mejor que morir de indecisión. Lo necesario por tanto, lo inevitable, es avanzar. Para ese camino sólo resulta imprescindible una energía: el pensamiento. Y ya sabemos en qué idioma piensan y van a pensar la mayoría de nuestros congéneres en cuanto pasen unos pocos siglos.

Lo dicho: el futuro es vuestro. Tomadlo por las buenas.


Ideal, Granada, 21/12/2019


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