La verdad es de verdad

No hace falta que se diga la verdad para que la verdad estalle escandalosa, terrible como un cohete de fiesta en un entierro. Sólo es necesario que algunas personas honestas actúen con natural coherencia, se comporten y manifiesten como lo que son y todos esperan que sean, para que la verdad sobre el pensamiento único y la impostura de sus vaporosos dogmas desbarate todo el tinglado.

Durante la última semana, un juez ha tomado la determinación, tan razonable, de no dejarse manipular por el comercio político. Y lo ha explicado con palabras sencillas y plenas de cordura: lo normal en un juez que quiere ser juez y no una marioneta de los políticos, un cómplice en sus chanchullos. Al día siguiente, una actriz ha expuesto ante los medios de comunicación su pequeño drama personal: ser despedida de una serie feminista por estar embarazada. Tan simple, tan difícil de hacer y no digamos digerir por una sociedad como la nuestra, donde el equilibrio entre la integridad personal y la vigilancia perpetua de las masas órquicas es un problema sin solución: uno contra el mundo. Nada se viene abajo porque la verdad es que nada sólido se edificó sobre aquellos cimientos, aquellos "principios" que sólo sirven para los días de fiesta, cuando no pasa nada. Muy cierto: la realidad es reaccionaria.

Todo se convierte en arena, en nada, entre las manos de quienes dicen que quieren cambiar el mundo mientras, con las mismas manos, se rascan el ombligo y aplauden al vacío.


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