Te cuento un sueño que he soñado

Pues nada, que con la ayuda inestimable de una máquina del tiempo viajaba a la Alemania de 1931, en compañía de mi hermano mayor, para buscar a un tal Doctor Adolf Hitler, quien había descubierto un remedio eficacísimo para una enfermedad muy chunga que tiene mucha gente, que suele acabar mal y que, desgraciadamente, a mi querido hermano le hacía falta (en el sueño). El remedio, pócima o lo que fuese, se perdió para la humanidad por culpa del cataclismo denominado II Guerra Mundial, cosa bastante lógica por otra parte. (Los alemanes siempre han sido la rehostia, tanto para poner semáforos como para saltarse los semáforos todos a una).

Total, que llegamos a un hotel de Berlín (bastante moderno, no de época), y nos extraña verlo ocupado por un montón de soldados, agentes de la Gestapo y gente de esa. El recepcionista nos explica que están todos trasvolados, que andan a la pesquisa de un médico, cliente del establecimiento, que se llama Adolf Hitler, el cual se esconde de toda esa peña en su habitación; y además, no se encuentra bien de salud.

Nos plantamos en la habitación que nos indica el recepcionista y allí está el doctor Hitler, tendido sobre la cama, perdida la conciencia y aparentemente muy enfermo. Viste como Chaplin en El Gran Dictador. Es idéntico: la misma cara, su bigotillo, el mismo uniforme... Eso sí, apenas respira.

Entre mi hermano y yo cargamos al moribundo, lo trasladamos a un hospital de la beneficencia alemana que está justo enfrente del hotel. Nada más entrar, mientras mi hermano lleva al doctor Hitler a la sala de urgencias, yo me doy cuenta de que hay un montón de puertas cerradas a conciencia, como si tras de ellas se guardasen secretos terribles o viviera gente espantosa. Empiezo a abrirlas. Nadie. Salas vacías... Hasta que doy con un pabellón atestado de personas decrépitas, en lamentables condiciones higiénicas. Un celador, me dice: "Es el ala de psiquiatría, aquí están los locos que ingresan bajo supervisión del Dr. Freud".

Yo, siempre tan guerrero, me digo: "Esto no puede ser". Abro la puerta de par en par y echo de allí a los locos: "Fuera, fuera, la psiquiatría moderna, en el mundo del que vengo, tiene abolido desde hace mucho este sistema de hacinamiento de enfermos mentales... Venga, venga, todos a la calle". Los locos, como es natural, salen de allí pitando y se desperdigan por el edificio primero, y después por toda la ciudad.

Voy a la sala de urgencias. El doctor Hitler acaba de fallecer. El médico que lo atiende (no mi hermano), me dice: "Estaba muy enfermo, no hemos podido hacer nada. Y encima, con este revuelo que se ha organizado por culpa de los locos sueltos, no he tenido tranquilidad para atenderlo con más esmero".

Metepatas desde siempre, respondo: "A los locos los he soltado yo, porque es inhumano el trato que se les da en este hospital".

--¡¡¡Insensatoooo!!! ¡¡Desgraciado!! ¿Qué ha hechoooo?
--Lo que oye.
--¿Pero no sabe usted, majadero, que entre esos trastornados de la cabeza hay uno peligrosísimo? ¡Ríase usted de Hannibal Leccter! ¡¡Estamos perdidos!!
--¿Pero de quién me habla?
--De uno, muy famoso en Alemania por sus fechorías, que se llama Adolf Hitler... Fíjese qué casualidad, igual que el paciente que han traído y que acaba de fallecer. Claro, ahora el otro Hitler ya habrá cruzado la calle, se habrá reunido con sus secuaces de las SS y la Gestapo y a estas alturas... Nada, no hay nada que hacer...

Y me he despertado rápido para arreglar el malentendido.

Qué mal rollo...

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