El Igualitarión, de Jaime Narbona

Por simplificar: en unas elecciones generales, en un minúsculo país, se presentan tres partidos (A, B y C) y votan mil ciudadanos. El partido A obtiene 400 votos; el B, 350 y el C 250. Los votantes de A jamás votarían a los de B ó C. Los votantes de B nunca votarían a los de A o B; y los de C jamás de los jamases votarían a B y excepcionalmente a A. A, ha ganado las elecciones, pero es el partido que más rechazo despierta en la población. Lo mismo le pasa a B. Lo mismo le pasa a C. Gobernará quien la mayoría de la gente no quiere que gobierne. ¿Les suena de algo esta situación? En matemáticas estadísticas se llama "Paradoja de Condorcet".

De este asunto trata El Igualitarión, de Jaime Narbona: de utopías (como la del sufragio universal) y sobre la posibilidad real de que la soberanía popular se ejerza de manera efectiva. A través de las páginas de este tratado (no muchas, es un libro que se lee en una sentada, aunque te deja pensando un día entero), el autor desmenuza los conceptos universales sobre la "democracia", considerados por el pensamiento tradicional como verdades axiomáticas, inmutables y, por supuesto, impermeables a cualquier revisión. La igualdad ante la ley, mayorías y minorías, el referéndum, la independencia del poder judicial, el "gobierno del pueblo" en puridad etimológica, son conceptos, cierto, pero también elementos concretos en la dinámica de la historia que alcanzan desarrollos distintos, a veces contradictorios, a menudo pintorescos, muy alejados de su, digamos, "esencia" en el significado. Lo cual nos sitúa, sin remedio, en la necesidad de observar estos universales como lo que son: utopías en el pensamiento y tendencias sociales en la realidad; y una tendencia no es una estatua de mármol en el museo de lo eterno.

"El ser humano es un Dios cuando piensa y un gusano cuando se enfrenta a su realidad", dijo quien lo dijo, muy bien dicho por cierto. Jaime Narbona, en este sustancioso opúsculo, nos hace el favor de señalar un poco de realidad bienhechora ante la inquietud (casi histeria) utopista de nuestra época. Porque se piense como se piense el ideal humano (en este caso político), lo cierto es que A seguirá gobernando y ganando elecciones a pesar de que la mayoría detesta a A.

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