Solenoide

Si no se hubiera escrito y repetido un montón de veces, no lo diría. Pero lo digo porque se ha escrito y repetido un montón de veces: no era para tanto, ni la presumida dificultad del texto ni las comparaciones con Proust, Joyce y Kafka. A ver, entendámonos: es Cartarescu, de nombre Mircea, rumano de toda la vida; en la fugaz actualidad, inaugurador, firmante y departiente con los medios en la Feria del Libro de Madrid. No, no es Joyce. Ni falta que hace.

Solenoide es una novela extensa (no larga), muy bien estructurada y llevada a cabo con una firmeza y pulcritud no habitual en los autores (pocos) que aún quieren ser importantes. Se lee sin dificultad, creo que lo dije antes, porque Cartarescu no es Bernhard, ni el Mussil más empecinado en la retórica burocrática austrohúngara, con perdón por el retruécano. Cartarescu es un autor de nuestro tiempo, concretamente de mi edad (un chaval, uno que está empezando), y sabe levantar un novelón con la materia ligera de la prosa sencilla y la materia pesada de las ideas que horadan la realidad y expanden el mundo hacia los subterráneos de la conciencia. Ese es quizás, según mi humilde criterio, el mayor hallazgo de Solenoide: la (re)creación de una colosal arquitectura onírica, no necesariamente surgida del ensueño sino más bien de la organización literaria de aquel mundo de "vastas emociones y pensamientos imperfectos" donde habitamos, aproximadamente, un tercio de nuestra vida. Todos sabemos, o sospechamos, que en el cosmos paralelo de los sueños ocupamos un escenario concreto, con reiteradas difusas localizaciones que van a durar lo que dure nuestra existencia; tenemos amigos y nos relacionamos con personajes secundarios, con familiares que en el mismo sueño están vivos como nosotros o tan muertos como algún día lo estaremos todos; posiblemente seamos pobladores de alguna incierta ciudad de edificios deslumbrantes, luminosos, con caserones sobrecogedores, subterráneos asfixiantes y cuevas de las mil maravillas y los mil pavores. Lo onírico, tan comentado en la obra de Cartarescu, es casi la mitad de la conciencia, o la inconsciencia, o el yo latente amparado en la bruma noctámbula de quién sabe qué más allá. Ese es su mérito: hablar con precisión y soltura de lo que, por naturaleza, es caótico y evanescente. Hacen falta dos cosas para lograrlo: ambición y oficio. Las tiene. Y talento. Le sobra.

Lo demás de Solenoide es biografía amenamente novelada. Bucarest como escenario tiene el atractivo de lo inmenso desprovisto de atractivo, no digamos glamour, no digamos exotismo. Lo único exótico de la ciudad es su grisáceo, herrumbroso sometimiento al espíritu de unos tiempos lóbregos, los de la dictadura comunista (o si lo prefieren, paraíso proletario) de Ceaucescu y sus compinches: un lugar ideal para sentir la herida de la historia, el vacío del mundo, la desesperación de la enfermedad y el dolor de la medicina entendida como el arte de aterrorizar a un niño bronquítico sin remedio.

No era para tanto. Las casi ochocientas páginas de Solenoide me han costado unas treinta horas de lectura, de las cuales,  mil ochocientos minutos han sido de gratitud hacia el autor, la editorial Impedimenta y la traductora, María Ochoa de Eribe. Desde luego: no era para menos.

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