La novia griega

Un mi amigo —que espero no lea este artículo—, tenía una novia griega. A decir de él, salió morena de ojos adriáticos, campechana y calipigia. Andaba el hombre preocupado por el futuro de aquella relación cuando la moza resolvió de plano: ahí te quedas, guapo de cara. Él, todo contrito, recurrió a lo que suelen los hombres abandonados: dar pena o al menos intentarlo. “Para mí, esta ruptura supone una catástrofe”, quejumbró ante la bella helena. Ella, reidora y un poco cruel, desatendió su pesar: “<<Catástrofe>> no significa algo malo, sino algo que cambia; en el fondo, una nueva oportunidad para ti y para mí”.

El elemento argumental que fuerza el desenlace de una historia, es catástrofe. Sobre ello nos ilustra la etimología, una ciencia en abandono porque desde hace mucho tratamos al lenguaje como si fuese un amigote en vez de un maestro venerable. La historia de la humanidad está en las palabras, en su forma escrita y hablada y en el uso que hacemos de ellas. Cualquier palabra, por cotidiana y de poco vuelo que nos parezca, encierra un trayecto cultural, civilizador, de milenios. Por eso algunos escritores —espero poder incluirme—, aspiramos a utilizar el lenguaje con esmero y, a ser posible, inmenso respeto. Un idioma no es sagrado, pero sagrado es el camino que hicieron muchos desde la piedra esculpida a golpes de piedra hasta la @ de Olivetti transplantada a Internet. Va de suyo que nuestros antecesores no recorrieron los vericuetos de la historia y construyeron el mundo que habitamos para que ahora, henchidos de megas y cegados por el brillo del televisor, menospreciemos su memoria con un lenguaje inventado y tan ridículo como una boda en el fondo del mar. Del apellido Gutiérrez al “Guti” de la esquina que teclea en su móvil con muchas “kas”, median siglos de leyenda escrita y epopeyas vividas: los mitos de Huter —padre de Arturo el britano—, y su vínculo con el Dios germano al que decían Gott. Todo Gutiérrez lleva impresos en su nombre, y resumidos en su DNI, la historia de Europa y el anhelo tan humano por convertir a cualquier cualquiera en “hijo de Dios”.

Cierto, todos somos hijos de Dios y todos tenemos derecho —sospecho que obligación igualmente—, de cuidar un idioma emergido de la voluntad de los pueblos y las culturas por ser y permanecer en la historia, no de la ocurrencia habida por maestros mondadientes en el laboratorio de las ideas pintorescas. No me apeo del convencimiento: cuando maltratamos el idioma e ingeniamos formas estrambóticas para transformarlo en herramienta de gazmoños, nos maltratamos a nosotros mismos, nuestra íntima individualidad edificada en ese diálogo permanente entre el ser y la conciencia que llamamos pensamiento. Me dirá alguno —y alguna—, que el pensamiento no fluye y se estructura con maneras lingüísticas determinadas. No lo negaré, pero me consuela la idea de que el pensamiento humano, por fortuna, también está desprovisto de arrobas, equis inclusivas y otras chapuzas del género zascandil tirando a hortera.

“Habla como la gente sencilla, no como los ampulosos necios”, dejó escrito Aristoteles. Está de sobra señalar que los “ampulosos necios” piden al lenguaje lo único que no puede darles: cambiar la realidad del mundo por el disparate de su jactancia. Lo cual, aciago por sí, no sería tan malo si no se propusiera como obligación casi moral para todo ciudadano de brega e inexcusable en los políticos. Por ahí no pasa un servidor. El que anhele un idioma con sarpullido de géneros, sexos y palabros, que no me lea. O mejor dicho: que no lea nada ni a nadie. Dedíquese mejor a hablar, cuanto más mejor, pues hablar mucho de todo sin saber de nada es gran arte primoroso de bocazas: cómodo y más barato que los folletos de mano. En fin…

IDEAL, Granada, 15/06/2018


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About Actas de noviembre

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